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Durante la última década, Ludwig Minelli ha ayudado a más de mil personas a suicidarse. Esta es su historia.

Ludwig Minelli, abogado que se autodescribe como hombre humanitario, ayuda a las personas a suicidarse. El verano pasado me invitó a la fiesta de inauguración del Blue Oasis, la última de una serie de propiedades que ha convertido en casas de la muerte improvisadas al servicio de Dignitas, la organización que fundó en 1998.

Ilustraciones: Diego Molina

El Blue Oasis es una casa azul de dos pisos y techo plano, situada junto a una fábrica de maquinaria y frente a un campo de futbol; está en una zona industrial media hora al este de Zurich. En el patio, los árboles floreados y el pasto crecido enmarcan un estanque redondo bordeado por lilis y repleto de peces dorados. Un camino de grava sale de la puerta principal, atraviesa el patio y llega hasta un pequeño restaurante de comida para llevar que vende sándwiches y refrescos. La calurosa tarde de mi llegada la dueña del restaurante, una mujer croata de mediana edad, estaba rebanando jitomates detrás de la barra. Le pregunte cómo iba el negocio. No muy bien, contestó, y me explicó que las cosas habían marchado hasta hace dos meses, cuando Minelli compró el Blue Oasis. “Minelli es un buen hombre”, dijo, “pero su presencia aquí ha sido una desgracia para mí”. Había perdido a más de la mitad de su clientela, y la mayor parte de la que quedaba eran visitantes del Oasis. Es más, los jitomates que estaba cortando eran para unas especialidades croatas que Minelli le había encargado para la celebración de esa noche.

Horas después, ya con la fiesta en marcha, Minelli dio una visita guiada por el Oasis a sus empleados —cinco hombres y nueve mujeres, una mezcla de estudiantes, profesionistas y jubilados; todos trabajan medio tiempo en Dignitas—. Minelli tiene 77 años, cabello blanco, lentes gruesos y usa un aparato para la sordera en su oído derecho, pero mientras conocíamos las instalaciones desplegaba un entusiasmo juvenil. Era una casa limpia y nueva, con pisos de madera y paredes blancas decoradas con acuarelas de paisajes rurales de Suiza. En el pasillo principal estaba colgada la caricatura de un hombre que escondía un frasco de veneno en una mano, mientras con la otra saludaba amablemente a gente en silla de ruedas que cargaba una caja de pañales. Una nevera llena de botellas de champaña descansaba junto a la cama de hospital de uno de los dos cuartos especialmente acondicionados para la gente que quería matarse.

El eslogan de Dignitas reza: “Vive con dignidad, muere con dignidad”, y a lo largo de 12 años el grupo ha servido cocteles de pentobarbital, un barbitúrico altamente letal, a clientes de todo el mundo. Durante ese tiempo Minelli ha ayudado a más de mil personas a matarse, y ha acaparado el mercado de lo que se ha dado en llamar “turismo suicida”, transformando su ciudad natal, Zurich, en la indiscutible capital de suicidio asistido.

El suicidio asistido también es legal en Holanda, Bélgica y Luxemburgo, así como en los estados de Oregon, Washington y Montana. Pero en todos esos lugares la práctica está restringida a gente con enfermedades terminales, involucra exámenes médicos extensos, consultas con doctores, y requiere que quien lo aplica sea un medico residente. En contraste, el código penal suizo fue diseñado para que, sin miedo a ser procesado legalmente, puedas darle una pistola a cualquiera y ver cómo se vuela la tapa de los sesos en tu sala. Y no hay ningún requisito de residencia, sólo dos condiciones: que no tengas ningún interés personal en la muerte de la víctima, y que ésta verifique una mente lúcida cuando jale el gatillo.

El clima permisivo legal de Suiza es único, y ha dado espacio al surgimiento de al menos cuatro organizaciones de suicidio asistido. Las dos más grandes, ambas llamadas Exit, limitan sus servicios a ciudadanos suizos; una está ubicada en la parte germanoparlante de Zurich, la otra en la zona francoparlante de Ginebra. Otro grupo, llamado Exit Internacional, ubicado en Berna, acepta ocasionalmente a pacientes extranjeros, pero sólo en casos extraordinarios. Esto deja a Dignitas como la única organización en Suiza —y, por tanto, en el mundo— que expide la muerte casi de cualquiera que la solicite. Minelli dice que el suicidio es “el último derecho humano” y ha dedicado su vida a defenderlo.

Mientras algunos miembros del equipo de Minelli deambulaban en el estanque del Blue Oasis, chocando copas de champaña y Burdeos, entablé conversación con un antiguo estudiante de leyes de 39 años llamado Silvan Luley. Le pregunté por qué había decidido trabajar en Dignitas. “La mayoría de nosotros llegamos aquí a través de nuestra familia o amigos” dijo, y agregó que su madre fue una de las primeras empleadas de Minelli. En su trabajo como “acompañante” de Dignitas ella sirvió vasos de pentobarbital, recetado por médicos simpatizantes, y se sentó al lado de los pacientes en las casas de la muerte mientras fallecían. Otros voluntarios habían entrado en contacto con Dignitas para suicidarse y acabaron trabajando ahí. “Hay mucha gente que iba en esa dirección”, dijo Luley, señalando a dos de sus colegas. “Minelli siempre motiva a la gente para que haga algo con su vida”, continuó. “Por eso trabajo con él, por su perspectiva humanitaria”.

Pero lo que le preocupa a Dignitas es la muerte, no la vida —hecho que Luley no sólo acepta, sino que promueve con entusiasmo—. “El suicidio no es malo”, explica. “No tiene nada de malo querer acabar con tu vida. A veces la vida es grandiosa, a veces es una mierda. Yo tengo el derecho a decir que estoy enojado con mi vida y que la quiero terminar”. Bien, le dije, pero por qué involucrar a otros en tu autodestrucción. Por qué no encerrarte en el garaje y encender el coche.

Luley sonrió. Los modelos nuevos no hacen ese truco, dijo. A principios de los setenta las armadoras empezaron a instalar convertidores catalíticos que filtran el 99 por ciento del monóxido de carbono que emiten los coches. Igual te da tos, pero es poco probable que mueras. Otros métodos de hágalo-usted-mismo pueden ser aún más problemáticos. Luley habló de varia gente que, después de sus intentos fallidos, se puso en contacto con Dignitas para terminar el trabajo. “Una señora saltó de un octavo piso y cayó en un estacionamiento pavimentado. Ahora está en una silla de ruedas. Un hombre se disparó en la cara y se salvó. Otro saltó a las vías del tren y perdió ambas piernas”. Dignitas existe para prevenir estos desenlaces, para asegurarse de que aquellos que quieren matarse lo hagan sin miedo al dolor, o al fracaso. El hecho de que la mayoría de la gente carezca de medios legales para tener una muerte así es el principio organizativo de este grupo. “Nuestra meta es volvernos obsoletos”, dice Luley. “No debería pasar mucho tiempo para que la gente deje de tener que viajar hasta Suiza para acabar con su vida”.

Si usted decide viajar a Suiza para terminar con su vida probablemente conocerá a un hombre que llamaré Arnold. Lo encontré fumando un cigarro tras otro en una mesa de picnic cerca del estanque. Era chaparro, con el pelo gris, enmarañado y grasiento, peinado hacia atrás. Desde que empezó a colaborar con Dignitas en 2004, Arnold calcula que tal vez haya ayudado a morir a unas 200 personas. Tal vez más. No podía estar seguro de la cifra. El primero fue un ex oficial del ejército británico que padecía los achaques de la vejez. “Era un viejito bastante simpático”, recordó Arnold. “Nos contó su vida, que estuvo en Palestina, en Burma”. Arnold y el oficial pasaron el día juntos, fumando y conversando hasta que, en la noche, el hombre bebió el veneno. Después de eso, Arnold se fue a bailar. “No podía irme a dormir”, dijo. “Sólo podía salir y bailar”. Hizo lo mismo después de los siguientes “acompañamientos” —el término que usa Dignitas para los suicidios asistidos que conduce—. Me explicó que ésa era la forma de expresar los sentimientos que lo invadían en su proximidad con la muerte. “Existe una conexión entre los seres humanos. Quizá uno generalmente no es consciente de ello, pero hay algo que nos conecta. No estás solo, aunque te sientas así”. Cualquier duda que Arnold pudiera tener sobre Dignitas se evaporó rápidamente. “Creo que es bueno que la gente tome una ruta segura”, dijo, “y es por eso que yo hago este trabajo”.

Los caseros de Arnold piensan distinto. En octubre de 2008 la televisión suiza emitió un documental sobre Dignitas en el que Arnold aparecía dándole un vaso de pentobarbital a un estadunidense que padecía una enfermedad motriz de orden neuronal. Sus caseros respondieron cambiándole la cerradura de su departamento. A Arnold no le sorprende la reacción. “Existen fuerzas que quieren detenernos, sobre todo en la esquina religiosa”, me contó. “Es muy difícil discutir el tema con ellos”.

Discutir esta práctica con cualquiera puede ser difícil, no sólo por diferencias religiosas o morales, sino por el amplio rango de términos usados para describirla. Las variaciones incluyen suicidio asistido, suicidio médicamente asistido, eutanasia por acción, eutanasia por omisión, eutanasia pasiva, eutanasia activa, eutanasia voluntaria, eutanasia involuntaria, eutanasia pasiva voluntaria, eutanasia pasiva involuntaria, eutanasia activa voluntaria y eutanasia activa involuntaria. A esto agréguese el correspondiente eslogan ideológico como “el derecho a morir”, “morir con dignidad” y “la decisión de acabar con tu vida”. Esta multitud de términos es el fruto de más de dos mil años de discusiones durante los cuales las opiniones han cambiado de manera dramática.

El suicidio asistido no siempre ha estado tan estigmatizado como hoy. Era una práctica aceptada en el mundo antiguo. Los magistrados atenienses almacenaban veneno para sus ciudadanos con la siguiente admonición: “Si consideras que tu vida es odiosa, si el destino te abruma, toma la cicuta”. El juramento hipocrático, escrito entre los siglos cinco y tres a.C., comprometía a los doctores para que se abstuvieran de acelerar la muerte de sus pacientes, y prohibía específicamente la prescripción de medicinas letales. El juramento constituye parte seminal de la ética médica, pero era ignorado por la mayoría de los doctores de la antigüedad. No fue sino hasta siglos después, con el auge del cristianismo y su creencia en la santidad de la vida humana, que las actitudes hacia la eutanasia viraron por completo. Para el siglo XII el asesinato misericordioso estaba prohibido en el mundo occidental. La Utopía de Tomás Moro, publicada en 1516, revitalizó el debate con su visión de una sociedad en la cual “los curas y los magistrados no dudan en prescribir la eutanasia” y donde los enfermos “acaban con su vida por voluntad propia, bien sea por hambre o mediante medicinas”. Más tarde, durante la Ilustración, pensadores como Francis Bacon, David Hume y Montesquieu, entre otros, también defendieron esta práctica, aunque sus escritos no lograron modificar el juicio prevaleciente.

Los argumentos modernos en favor de la eutanasia no empezaron sino hasta el siglo XIX con la llegada de anestésicos como el éter y la morfina. En 1870 un maestro de escuela llamado Samuel D. Williams dio una conferencia en el Club Especulativo de Birmingham, Inglaterra. Ahí argumentó que, con los pacientes que sufrían enfermedades terminales, los doctores debían utilizar cloroformo no sólo para mitigar el dolor sino para “destruir la conciencia de un golpe y acabar con su sufrimiento mediante una muerte rápida e indolora”. Sus comentarios fueron recogidos en un libro que recibió una aceptación favorable por parte de prestigiosas revistas políticas y científicas, e inauguró un periodo de ávidas discusiones, tanto en Europa como en Estados Unidos, sobre el potencial de la eutanasia para remediar ciertas enfermedades sociales. La racionalidad científica era la piedra de toque de la época. Incluso la teoría evolucionista de Darwin había devenido la noción sociológica de la “supervivencia del más apto”. La eutanasia prometía la posibilidad de una sociedad más sana y productiva, libre de la carga de arrastrar a sus miembros más débiles —los enfermos, los viejos y los locos—. En 1906 dos proyectos de ley introducidos en el estado de Ohio intentaron obtener la legalización de la eutanasia para adultos con enfermedades terminales y para “niños deformes e idiotas”. Ambos fueron rechazados.

Más rechazos a la legalización se sucedieron en ambos lados del Atlántico. En 1920 los científicos alemanes comenzaron a abrir el camino con el establecimiento de numerosos centros académicos destinados al estudio de la eugenesia, un campo floreciente que, entre otras cosas, promovía la eutanasia como método efectivo para eliminar las imperfecciones físicas y psíquicas de la alberca genética. Los nazis fueron ávidos estudiantes de estas teorías. Encontraron en la eutanasia la herramienta ideal para implementar su política de “higiene racial” —no sólo para aliviar el sufrimiento humano, sino para darle muerte a quienes estimaban “indignos de la vida”—. Esa categoría estaba definida en líneas muy generales. Para 1945 las imágenes de los campos de concentración silenciaron cualquier discusión sobre eutanasia, al menos por un tiempo.

El Holocausto estaba en marcha cuando, en 1942, Suiza legalizó el suicidio asistido. (Los suizos siempre han distinguido entre “eutanasia voluntaria” y “eutanasia involuntaria”; esta última —lo que hicieron los nazis— es ilegal.) Ludwig Minelli tenía nueve años. Hijo de un pintor de casas, era el mayor de dos hombres y dos mujeres. La familia vivía en Küsnatch, un pueblo de estuco blanco y terracota a la orilla del lago Zurich. Hoy Minelli es un férreo ateo, pero de niño soñaba en convertirse en cura, no tanto para honrar a Dios sino para obtener una posición, como él mismo dice, en la que pudiera “enseñar a pensar a la gente”. Como estudiante coqueteó con la idea de volverse actor, pero la abandonó pronto para convertirse en periodista. Trabajó por su cuenta varios años, escribiendo sobre política en periódicos suizos, para la radio alemana y servicios internacionales de cables, antes de ser contratado, en 1964, como el primer corresponsal suizo del prestigioso semanario alemán Der Spiegel.

Minelli pudo haberse quedado felizmente como reportero por el resto de su vida pero dos sucesos cambiaron todo. Poco después de entrar a Der Spiegel su abuela murió de un problema renal. Minelli recuerda estar con ella en el hospital cuando el doctor pasó a revisarla. “Ella había aceptado que iba a morir y le dijo al médico, ‘Escuche, ¿no hay nada que pueda hacer para acelerar esto?’. El doctor contestó que no estaba permitido, y sólo le prometió que no haría nada para prolongar su vida. Yo quedé muy impresionado con mi abuela y también muy decepcionado por el hecho de que no hubiera manera de ayudarla a morir”.

Varios años después Minelli estaba cubriendo una lectura sobre la inminente ratificación de la Convención Europea de Derechos Humanos. Para mucha gente esto hubiera sido un somnífero. Para Minelli fue un “momento electrizante” en el que entendió que la lucha por los derechos humanos, incluido el derecho a una muerte digna, debía convertirse en la labor de su vida. Poco después, en 1977, empezó la carrera de Derecho. Cuatro años después, a los 49, empezó a ejercer como abogado especialista en derechos humanos.

El timing de Minelli no pudo ser mejor. Las dos organizaciones Exit estaban en pañales, ocupadas principalmente en redactar testamentos y repartir libritos de suicídese-usted-mismo a sus miembros a cambio de una cuota anual. Comenzaron abiertamente con lo de los suicidios asistidos hasta principios de los noventa. Minelli se apuntó como asesor legal del grupo en 1992, pero pronto se desilusionó con, según él, su difusa estructura de poder. Las disputas entre los miembros de la junta directiva lo convencieron de que estaría mejor por su cuenta. En mayo de 1998, después de una reunión particularmente ríspida, renunció. Esa misma noche trazó los parámetros de Dignitas, nombrándose “secretario general”. Acompañado por otros dos desertores de Exit, se puso a trabajar de inmediato y, al final del año, ya había ayudado a suicidarse a seis personas, todos ciudadanos suizos.

Pero la visión de Minelli nunca estuvo confinada a las líneas de un mapa. “Siempre he estado convencido de que el derecho a morir es, de hecho, el último derecho humano”, dice. “Por qué sí puedo decirle a una suiza que padece cáncer de pecho con metástasis que le puedo ayudar, pero no puedo hacer eso con una mujer francesa que está al otro lado de la frontera”. Y así fue como, de entre los cinco suicidios que asistió al año siguiente, uno fue el de una alemana de la tercera edad llamada María Ohmsberger, la primera extranjera que murió en Dignitas. Minelli había cruzado el Rubicón. Aún así, su organización no fue conocida hasta que en noviembre de 2000 Der Spiegel publicó un amplio reportaje sobre la muerte de Ohmsberger. Incluía sus últimas palabras: “Oh, qué forma más maravillosa de irse”. De pronto, cientos de personas de todo el mundo hacían cola en Dignitas para suicidarse. Hoy, el grupo tiene unos seis mil afiliados, muchos de los cuales presumiblemente esperan morir en Suiza cuando sus enfermedades se tornen demasiado dolorosas.

En una tarde soleada de agosto pasado compartí un trago con uno de ellos en la terraza de un hotel en Basel, la ciudad medieval suiza a orillas del Rin. Su nombre era Jenny Geary. A sus 61, tenía los ojos azules y el cabello rubio le caía en los hombros mientras se sentaba, silenciosa, al otro lado de la mesa, sonriendo y sorbiendo un spritzer. Su suicidio en el Blue Oasis estaba programado para la mañana siguiente. “Me quiero ir”, me dijo. “Estoy contenta, es un alivio que vaya a morir”. Jenny y su esposo Richard habían llegado con varios días de anticipación en coche desde el sur de Inglaterra. Llevaban casados casi 42 años, habían criado dos hijos, se habían convertido en abuelos y, en los últimos años, querían viajar juntos por el mundo. Pero el día anterior a que Richard se jubilara de su trabajo como experto en logística marítima, en 2007, un doctor diagnosticó a Jenny con una atrofia sistémica múltiple, una condición neuronal incurable parecida al Parkinson que afecta el movimiento y las funciones de los músculos involuntarios. Los pacientes pueden sobrevivir meses, a veces años, antes de morir. Los debilitados músculos de la garganta de Jenny le dificultaban hablar, y sólo podía caminar con la ayuda de Richard. Aun así, mientras la observaba tomar su spritzer, se me ocurrió que aún podía tragar y que por lo tanto no tendría problema en ingerir el pentobarbital.

Dada la frágil condición de Jenny, Richard hizo todos los arreglos con Dignitas, incluyendo una serie de pagos que sumaron 10 mil dólares. La ley local obliga a que los extranjeros vean dos veces a un doctor, dejando pasar al menos un día entre ambas citas, antes de que el médico pueda prescribir la dosis letal que luego será administrada por los acompañantes de Dignitas. El intervalo está pensado para que los pacientes puedan reconsiderar su decisión, pero en este caso no sirvió para cambiar la de los Geary.

“No dejarías a tu perro tirado en la cocina si ya no pudiera caminar, ni comer, ni ir al baño. Transmuta esa forma de vida a la humana y podrás imaginarte a Jenny en seis meses”, me explicó Richard. Comparaba su matrimonio con el viaje de un gran bote a través de un río enorme. Poco a poco, las orillas se estrecharon y ahora había una catarata frente a ellos. Él tenía salvavidas, ella no. De hecho, antes de venir a Suiza, Jenny había considerado la idea de saltar al mar desde los peñascos que están cerca de su casa en Inglaterra. También pensó saltar frente a un tren. Esta última opción, decidió, sería injusta para el maquinista, y ninguna de las dos sería buena para la familia. En vez de eso, después de platicarlo con sus dos hijos, que aceptaron a regañadientes, acordaron que Dignitas era la mejor opción. Le pregunté a Richard por qué Jenny no decidió afrontar su enfermedad y aprovechar al máximo el tiempo que le quedara de vida. Richard dijo que eso sólo le traería más sufrimiento. “El tigre y el león matan al más débil de su manada. Algunos animales matan a su cría más débil. Pero, por alguna razón, por nuestra inteligencia, nosotros nos revelamos ante eso y tratamos de perpetuar el sufrimiento manteniendo viva a la gente con métodos artificiales… Siento que, con todos nuestros avances científicos, tiene que haber alguna mejor forma para controlar la muerte”. Jenny asintió. Parecía en paz con la manera en que se habían dado las cosas. Le pregunté si tenía miedo. “Soy aprensiva”, admitió. “Tengo miedo de que el brebaje no sea suficientemente fuerte”.

La creencia en el suicidio asistido no es ni mucho menos algo marginal en Europa Occidental. Existe un amplio consenso, asociado a nociones como modernidad y pensamiento evolucionado, de que el suicidio es apropiado en algunos casos y que debería estar permitido por la ley. En ningún lugar esto es más cierto que en Suiza. Juntas, las dos organizaciones Exit dicen tener unos 70 mil afiliados, más o menos el tamaño de un partido político de nivel nacional, y las encuestas de opinión indican rutinariamente que el 80 por ciento de la población aprueba esta práctica. Puede parecer extraño, entonces, que Ludwig Minelli, que opera como lo hace dentro de un ambiente permisivo, es casi universalmente vilipendiado. A cualquier parte de Suiza que fuera, mencionar su nombre evocaba muecas de disgusto seguidas de insultos. La pregunta era por qué.

Visité a Minelli en su casa, a unas cuadras de la oficina administrativa de Dignitas, en Forch, un tranquilo suburbio de Zurich, 15 kilómetros al oeste de la nueva casa de la muerte. Nos sentamos en un sofá tapizado con cuadros escoceses y tomamos té con galletas. Las grandes obras del humanismo occidental estaban alineadas en libreros empotrados. La Utopía de Tomás Moro destacaba prominentemente, la portada estaba de frente, mientras que del resto de las obras sólo se veía el lomo. Le pregunté a Minelli por qué era tan repudiado a pesar del apoyo general al suicidio asistido. “Es algo muy conocido en sociología: no lo hagas en mi jardín”. El problema es el siguiente: como las dos organizaciones Exit sólo atienden a ciudadanos suizos, pueden hacer llamadas locales y ayudar a la gente a morir en sus hogares. Pero Dignitas, con su cartera internacional, necesita un espacio donde llevar a cabo su negocio. Y el continuo desfile de gente que llega viva y sale muerta dota a la operación de Minelli de un aire ligeramente industrial.

Durante años Dignitas utilizó un departamento en un pequeño edificio residencial de Zurich para llevar a cabo sus “acompañamientos”. El grupo fue forzado a irse en septiembre de 2007 debido a la presión de un político local, y desde entonces se comportan como una guerrilla, siempre en movimiento. Dignitas reubicó brevemente su casa de la muerte en otro complejo de departamentos, pero perdió su arrendamiento después de que los vecinos se quejaron ante la visión de paramédicos sacando cadáveres a la calle. Así que Minelli ofreció su propia sala. “Aquí había una cama”, me dijo, señalando la mesa. “Tuvimos dos ‘acompañamientos’ justo aquí”. Aún así, una vez más, Dignitas tuvo que reubicarse cuando el ayuntamiento le prohibió al grupo auspiciar más suicidios.

Minelli causó más escándalo cuando respondió ordenando a su equipo administrar el pentobarbital en hoteles. Quizá unas 20 personas murieron en sus cuartos, provocando protestas de las asociaciones hoteleras locales. La sensibilidad suiza se ofendió todavía más cuando se supo que Dignitas había arreglado que dos alemanes se suicidaran en sus coches a la orilla de la carretera. Minelli se irritó ante las crecientes críticas que suscitaron esas muertes. Cuando una mañana le pregunté sobre el asunto, insistió en llevarme al lugar donde los dos alemanes se habían matado, para probar que no estaba cerca de ninguna carretera principal, como argumentaron los periódicos. Estacionándonos en un restaurante abandonado en el campo, cerca de su casa, donde mucha gente estaba corriendo o paseando a sus perros, hizo un gesto hacia el bosque y los prados cercanos. “No hay carreteras”, me dijo. Años atrás, cuando el restaurante quebró, el título de propiedad se quedó en manos de un banco de Zurich. Después de saber de los suicidios, los abogados del banco le advirtieron a Minelli que se mantuviera lejos de ahí. Esbozó una sonrisa mientras pasamos por el lugar, anotando que todavía no habían levantado ninguna cerca para mantenerlo a raya.

Por lo menos temporalmente, la compra del Blue Oasis acabó con la necesidad de Minelli de utilizar cuartos de hotel y estacionamientos vacíos, pero la rabia pública que levanta su figura ha alimentado muchas otras historias escandalosas. La gente asegura que le quita la cartera a los muertos y que les roba sus relojes, joyas y celulares, incluso la pelucas de los pacientes con cáncer, para revenderlos en tiendas de caridad locales. Aunque Minelli no muestra signos de ostentación, muchos suizos creen, sin ninguna evidencia, que ha amasado una fortuna con las cuotas que cobra a aquellos a los que ayuda a morir. Incluso los rumores más descabellados sugieren que tiene una reserva personal de pentobarbital para usarlo como droga, y que los acompañantes de Dignitas administran una dosis inferior a la recomendada para revender lo que sobra en el mercado negro. (El pentobarbital sódico posee efectos narcóticos en dosis pequeñas.) Estas versiones, muchas de las cuales han llegado a los periódicos europeos, seguramente son el producto de una vendetta personal en contra de Minelli llevada a cabo por un ex empleado descontento de Dignitas, que es considerado como un fanático incluso por los mismos fiscales que investigan las actividades de la organización.

Pero al menos un rumor parece ser cierto. La gente que se suicida en Dignitas generalmente pide ser incinerada. Minelli me contó que almacena las urnas hasta que tiene suficientes para llenar su coche. Después maneja, generalmente de noche, a un lugar tranquilo, cobijado entre las casas multimillonarias del lago Zurich, y echa los restos al agua, urnas incluidas. Insiste que estos entierros son inofensivos, pero el año pasado recibió una carta amenazante de las autoridades portuarias de Zurich después de que los propietarios de la zona se quejaran de las cenizas y de lo que aparentemente eran fragmentos de huesos humanos bañando la orilla.

¿Puede una historia así, ampliamente difundida en la prensa suiza, ser suficiente para explicar la reputación tóxica de Minelli? Posiblemente. Pero existe algo intrínsecamente incómodo sobre hasta dónde ha llevado su idealismo. Él ve su trabajo con Dignitas como la lucha por un derecho humano básico. Pero incluso si se le otorga justicia a esta causa, es difícil no concluir que su búsqueda —expresada en ayudar a más y más gente a morir— lo ha conducido a una jungla ética.

Minelli no tiene pelos en la lengua al hablar de su deseo por eliminar todo aquello que pueda restringir la práctica del suicidio asistido. En abril del año pasado, durante una entrevista con la BBC, fue tan lejos que lo llamó “una increíble posibilidad que se le puede dar al ser humano” para escapar del sufrimiento. En Suiza esa posibilidad no está delimitada a enfermedades terminales. Los grupos de suicidio asistido admiten pacientes con enfermedades incurables pero que pueden, con los cuidados apropiados, vivir muchos años. A veces también asisten la muerte de gente con enfermedades mentales como esquizofrenia o bipolaridad. Esto es perfectamente legal mientras un médico dictamine que su intención de morir no es un síntoma de su enfermedad. Minelli es el único que piensa que el pentobarbital debería estar disponible para cualquier persona.

Tomemos el caso de una anciana canadiense llamada Betty Coumbias. Aunque su esposo padecía un mal cardiaco, ella estaba sana cuando viajaron a Suiza en 2007. Un documental que registra su viaje muestra a la pareja sentada en la sala de Minelli, preguntándole si puede arreglar un suicidio doble. “Desde el día en que nos casamos [mi marido] ha sido toda mi vida”, explica Coumbias. “Amo a mis dos hijas, pero amo más a mi marido y no creo que pueda enfrentar la vida sin él, y desde que nos enteramos de Dignitas pensamos, ¿qué mejor que morir juntos, sabe, morir en los brazos del otro?”. Eventualmente, la pareja regresó a Vancouver después de que un doctor suizo se negara a recetar la cantidad necesaria de pentobarbital, argumentando que la pareja estaba sana. Pero Minelli está usando su caso para presionar a las autoridades médicas de Zurich para que los doctores puedan prescribir drogas letales virtualmente a cualquiera que las solicite.

La escasez de pentobarbital es un problema recurrente para Dignitas y lo que vulnera periódicamente su capacidad de operar. Los médicos suizos funcionan como custodios de la sustancia, y casi todos se niegan a trabajar con Minelli. Hoy sólo cuatro doctores en todo el país lo hacen; uno de ellos me contó que, durante un breve periodo del año pasado, nadie apoyó a Minelli.

La reputación de Minelli tiene que ver mucho con todo esto, pero también es el reflejo de una creciente preocupación sobre los dilemas éticos del turismo suicida. Los grupos que atienden sólo a suizos generalmente obtienen prescripciones letales de doctores que conocen a sus pacientes desde hace años y que poseen un conocimiento íntimo de sus historiales médicos. Como la mayoría de los clientes de Dignitas son extranjeros, la organización no puede hacer esto, y entonces los médicos se ven obligados a tomar decisiones apresuradas que tienen que ver con la vida y la muerte. Durante la mayor parte de su historia el grupo ha facilitado suicidios básicamente con una sola cita. Los pacientes van del aeropuerto al consultorio y a la casa de la muerte en el mismo día. Esta práctica atrajo duras críticas en la prensa internacional, así que, en diciembre de 2007, el médico en jefe de Zurich elevó el número de consultas previas a dos. En términos regulatorios, la diferencia era absurdamente trivial, pero fue suficiente para hacer estallar la furia de Minelli. Entendió la medida como un ataque personal, y su respuesta fue tan rápida como extrema: una serie de cuatro “demostraciones” con helio. Los suicidios le dieron la oportunidad a Minelli de probar otros métodos y sirvió como un recordatorio poco sutil de que, si era necesario, continuaría incluso sin los doctores y su pentobarbital.

Minelli nunca está presente en las casas de la muerte, prefiere dejar ese trabajo a sus ayudantes. Insiste en que no hace eso porque sea aprensivo. “Sé que no me sentiría incómodo al ver morir a la gente”, me dijo. En lugar de eso, opina que “la buena administración no mezcla supervisión con acción en el nivel inferior de la organización”. Minelli niega que estos arreglos tengan que ver con asegurarse cierta cobertura legal, pero reconoció: “en caso de que ocurra algo en los niveles inferiores que no esté de acuerdo a la ley, no sería fácil que las autoridades emprendieran alguna acción legal en contra [mía]”. Estuvo ausente incluso durante los dos “acompañamientos” que tuvieron lugar en su propia sala. Pero durante las demostraciones en las que empleó helio, Minelli rompió la regla y presenció por primera vez un suicidio asistido, aunque fue cuidadoso al aclarar que abandonó el lugar antes de que el paciente fuera pronunciado oficialmente muerto. Estaba satisfecho con los resultados. “Creo que es el mejor método”, me dijo. “Pero no es agradable de ver… los músculos se agitan. Los ojos se abren y cierran. Los brazos y las piernas se retuercen desarticuladamente. Y si no estás bien informado, podrías pensar que el paciente está luchando contra la muerte, pero no. Es igual que cuando le cortas la cabeza a una gallina”.

La muerte por gas venenoso entraña cierta asociación histórica en esta parte del mundo, así que el público respondió con asco. En Zurich le pregunté a un doctor que ha investigado mucho el tema del suicidio asistido qué opinaba de las demostraciones de Minelli. “Los casos con helio son lo peor que ha hecho”, dijo. “Es muy extraño porque el gas, claro, está asociado con los campos de concentración nazis. Minelli lo sabía pero no le importó”.

Después me pregunté si fue esa misma negligencia la que llevó a Minelli a presentarme a un médico alemán de 97 años llamado Herbert Mataré. Conocí a Mataré en agosto pasado en el pueblo alemán de Hückelhoven, cerca de la frontera. Vive en una casa de ladrillo sombreada por árboles altos cubiertos de hiedra. Me dio la bienvenida en el porche, tenía un traje gris impecable y camisa blanca de cuello abierto. Caminaba ágilmente y no tenía canas, poseía un carisma natural y parecía sorpresivamente energético para su edad. Era sobrino del famoso escultor Ewald Mataré, cuyas obras fueron consideradas “degeneradas” por los nazis, y había heredado el entusiasmo artístico de su tío, patente en la impresionante colección de pinturas y esculturas que poblaban su sala. Mataré me llevó a su estudio y se sentó en un viejo sillón cubierto con gruesas mantas. Hileras de títulos académicos y técnicos competían por espacio con pilas desordenadas de papeles y números atrasados de Science y Scientific American. No cabe duda de los logros que alcanzó Mataré en el campo de la física aplicada. Hace un año recibió el reconocimiento a toda una vida de trabajo a manos de la prestigiosa Fundación Eduard Rhein. Se lo dieron en reconocimiento a su invento de 1948, el amplificador sólido o “transistor francés”, un avance que allanó el camino a los siguientes adelantos en el campo de la miniaturización de sistemas informáticos y computarizados. La tecnología estaba parcialmente basada en una investigación anterior que él mismo condujo para la firma alemana Telefunken de Berlín durante la Segunda Guerra Mundial. Mataré dirigió un equipo de unos 20 científicos que trataban de fortalecer la sensibilidad de los radares alemanes para detectar bombarderos aliados. Aun así aclara que nunca fue nazi. “Lo puedo probar”, dice, y recuerda que fue interrogado por la SS supuestamente por sugerirle a un vecino que Hitler debería ser asesinado para acelerar el fin de la guerra. Sin duda hubiera terminado en un campo de concentración, asegura, de no haber sido una pieza clave del laboratorio. Después de la guerra Mataré emigró a Estados Unidos, pero regresó a Alemania hace algunos años cuando su esposa obtuvo una plaza de maestra en Hückelhoven. Cuando lo visité todavía se mantenía activo como consutor de alta tecnología. “Apenas ayer”, dijo “recibí a unos colegas que querían asesoría para construir un concentrador solar para una planta de energía”.

Con los años, la curiosidad científica de Mataré pasó de la física a la eugenesia. Ha escrito dos libros sobre el tema y se ha vuelto colaborador habitual de una publicación seudocientífica llamada Mankind Quarterly. Entre sus fundadores se encuentra un doctor nazi que condujo investigaciones genéticas experimentales con cadáveres obtenidos de Auschwitz. “Son muy abiertos con temas que no se pueden tratar hoy en día; cuestiones de inteligencia y raza”, explicó Mataré sobre la publicación. Sus propias preocupaciones eugénicas parecen reflejar un miedo profundo de que las poblaciones emergentes del planeta algún día destruirán Occidente. Aunado a sus preocupaciones, dice que es un “hecho contundente” que las personas de África, Medio Oriente y Asia no son tan inteligentes como las de descendencia europea. “Hay un gen que puedes revisar, tiene que ver con el desarrollo del cerebro; y ese gen no está ahí”, me dijo. Mientras más se le permita desarrollarse a esas poblaciones, es más probable que contaminen la alberca genética y, al hacerlo, impedirán el progreso humano. O al menos eso dice su teoría. Mataré comenzó a argumentar sobre lo que él llama “evolución consciente”, definida como un esfuerzo por “frenar o eliminar la multiplicación innecesaria de stock genético que contribuya a una progenie menos cualificada”.

Dada su oposición a los nazis, le pregunté cómo conciliaba su punto de vista con el de ellos y si no le preocupaba hacia dónde podía conducir. Evadió la pregunta. “Siempre puedes hacer algo de manera exagerada”, contestó. “El Tercer Reich se salió de borda porque no tuvieron las agallas para decidir realmente quién era inservible y quién no… La gente dice que lo que hicieron fue eugénico. ¡Fue disgénico! Fue disgénico porque los judíos eran más inteligentes que los alemanes”. Existen sólo dos acercamientos al problema de la sobrepoblación, continuó. Uno es controlar las tasas de natalidad en el mundo subdesarrollado. La otra, muy sencilla, consiste en que la gente sepa cuándo debe morir. “La vida no es algo sagrado, para nada”, dijo. “Cuando ya no eres útil, te tienes que ir”.

Mataré cree que ya forma parte de esa categoría. Ha perdido algo de vista, se queja de sus rodillas, y está cansado de tener que levantarse a orinar por las noches. Ha contemplado el suicidio varias veces a lo largo de los años; incluso llegó a comprar una soga para ahorcarse y una pistola en caso de fallar. “Aún los guardo en el armario”, dijo. Entonces escuchó hablar de Dignitas. Vio en Minelli a un aliado natural y se convirtió en un entusiasta partidario de su trabajo. “Concuerda con la solución de la sobrepoblación”, dijo, “porque es un derecho de cualquiera, un derecho humano, decir ‘alto, no quiero vivir más’ ”. Mataré me explicó que estaba en proceso de arreglar su propio viaje a Dignitas. No iba a ser la primera vez. Ya ha viajado a Zurich en dos ocasiones con la intención de matarse, pero se ha arrepentido en el último minuto. A pesar de que la gente de Dignitas ve con humor su indecisión crónica, Minelli no. “Se puso furioso”, recuerda Mataré. “Me llamó y me escribió y me dijo que tenía todo listo, que hubo gente que se quedó esperando por mí con el coctel en la mano, y que no había llegado”. Mataré dijo que Minelli le pidió una compensación por el esfuerzo perdido.

Tiempo después le mandé un correo a Minelli preguntándole sobre esto. Negó que hubiese demandado algún pago y aseguró que nunca presionó a Mataré para que siguiera sus planes. “Le hemos dicho durante años que es un miembro de la organización y que será completamente libre de retractarse incluso si ya tiene cita para suicidarse”, me contestó Minelli. Cuando nos conocimos, Mataré insistió que finalmente estaba decidido y que esperaba morir en Dignitas. Su esposa, una alemana sana 32 años más joven, le rogaba constantemente que reconsiderara, pero hasta ahora sus plegarias no lograban persuadirlo. Le pregunté si ya había comprado un nicho funerario. “No necesito una tumba. Odio esas cosas. Mi esposa sigue yendo al cementerio, pagándole a otra gente para que ponga flores en la tumba de mi hermana y de sus padres. Es ridículo. Si eres un hombre moderno y sabes lo que está enfrentando la humanidad… es completamente estúpido hacer algo así cuando una persona desaparece”. Mataré había determinado que la cremación era la mejor forma de irse. “Minelli me prometió que tiraría mis cenizas en el lago Zurich”.

Jenny Geary se convirtió en la persona número 998 en suicidarse en Dignitas. En pocos días más visitantes del Blue Oasis empujarían ese número a más de mil. “Por supuesto, no celebraremos”, me aseguró Minelli. Desde que conocí a Jenny en el hotel de Basel he estado muy intrigado con su inquietante calma ante la inminencia de la muerte; he tratado de reemplazar la imagen del vaso de spritzer que sostenía ese día con uno de plástico lleno de pentobarbital. Me pregunté si habría dudado antes de tragarlo, si fue tan poderoso como ella había querido, y si habría sufrido algún dolor. Eventualmente, de regreso en Inglaterra, su esposo Richard me escribió el siguiente recuento de su muerte:

Llegamos a las 11:00 a.m. como estaba programado. Jenny tenía que firmar algunos papeles. Después nos volvieron a explicar el proceso, y nos dijeron que lo grabarían para que la policía pudiera verlo. Le dieron un medicamento para el estómago, para que no fuera a vomitar la medicina principal, que es muy amarga. Se lo tomó como a las 11:20 y tuvo que esperar 30 minutos, que pasamos bajo el sol en el pequeño jardín, junto al estanque… regresamos a las 11:50 y ella dijo que el momento había llegado, así que se tomó la medicina, como estaba prescrito, de un trago, como si fuera una copa de schnapps. Se quedó dormida en dos minutos, y murió ocho después. Fue tan pacífico y, al menos para nosotros, el mejor modo de morir.

Si la experiencia de los Geary es representativa, entonces Dignitas sí tiene la habilidad de proporcionar un final misericordioso al sufrimiento humano. Pero el apetito de confrontación de Minelli y su inclinación a ir más allá de lo que la sociedad puede aceptar, o de lo que puede permitir, lo ha conducido a algo significativamente más amenazante que una simple mala reputación. Durante mi visita, miembros del gobierno suizo veían a Dignitas como una vergüenza nacional y estaban sopesando la posibilidad de eliminar cualquier tipo de turismo suicida.

El fiscal general de Zurich, Andreas Brunner, también ha puesto toda su atención en el trabajo de Minelli. A principios de ese verano había firmado un acuerdo bilateral altamente publicitado con Exit, codificando una serie de “estándares profesionales” para guiar la práctica del suicidio asistido. Aunque Minelli no había formado parte de esas negociaciones, éstas encerraban nuevas previsiones que parecían hechas pensando en él, incluyendo mayores tiempos de espera para la gente que quisiera suicidarse y límites estrictos sobre el número de “acompañamientos” que un voluntario podía efectuar en un año, una disposición especialmente problemática para una organización tan pequeña como Dignitas. De hecho, el documento significaba poco para Exit, ya que los nuevos procedimientos formaban parte de su conducta habitual. Minelli, que ve en cualquier intento de regulación, por mínimo que sea, un atentado a su capacidad de operación, desacreditó inmediatamente el documento, argumentando que era un complot para presionarlo para adoptar medidas similares. “Nos quieren neutralizar”, dijo. “Si Dignitas no existiera, este acuerdo nunca se habría discutido”. Aun así, aunque Minelli estaba ofendido por sus implicaciones, parecía que el acuerdo no le causó gran angustia y, más bien, sirvió para subrayar la impotencia de Brunner. La ley estaba de su lado, insistía Minelli, y no había nada que nadie pudiera hacer para detenerlo.

Otras personas con las que hablé no estaban tan seguras. En Basel me entrevisté con la doctora que había recetado el pentobarbital a Jenny. Era pequeña, tenía los brazos torneados de un atleta y una larga trenza negro azabache. Quedamos en tomar café en su casa, pero tuvimos que cambiar de plan porque su hijo adolescente, cuando supo que yo era periodista, pidió que me mantuviera lejos. La doctora se disculpó por él, explicando que le preocupaba que lo fueran a molestar en la escuela si se enteraban que su madre trabajaba para Dignitas. Así que nos encontramos en la estación de trenes y de ahí manejamos hasta un parque. Ella tampoco quería que se hiciera pública su colaboración con Minelli y escogió ese lugar para reducir la posibilidad de que alguien nos oyera. Había niños jugando a la pelota alrededor de la mesa en la que estábamos sentados. La doctora, que empezó a trabajar con Dignitas después de que la organización facilitara la muerte de su padre en 2005, dijo que apoyaba la misión de Minelli, pero que al mismo tiempo le preocupaba que sus histrionismos arriesgaran la existencia de la organización. Las demostraciones con helio habían resultado particularmente nocivas, al igual que las declaraciones en el sentido de que la gente sana debía tener acceso ilimitado a drogas letales. “Si Dignitas no se cuida y empieza a hacer locuras, puede que los extranjeros ya no puedan venir a Suiza, lo que sería muy malo”, dijo. “Minelli tiene una mente estrecha. Es muy difícil hablar con él sobre qué es razonable y qué no… Está peleando contra todos y contra todo”. Parecía no estar segura de que Dignitas lo sobreviviría. “No puedo imaginar que le ceda ese poder a alguien, a menos que enfermara o se volviera demasiado viejo”, dijo, “pero espero que deje de trabajar pronto”.

Brunner, el fiscal, desea lo mismo. Hace algunos años, mencionando la edad de Minelli, le dijo en broma a algunos amigos que su querella con Dignitas se resolvería de forma biológica. Minelli se rió cuando le platiqué la anécdota y subrayó que, durante años, Brunner ha sido fumador crónico. “Creo que nuestras oportunidades son bastante parejas”, me contestó. Aun así, no se puede evitar lo inevitable. Dentro de poco, después de enviar a muchos al otro lado, será el turno de Minelli. Me preguntaba si había pensado en eso. “Claro”, contestó. “Le voy a pedir a Dignitas que me acompañe”.

Bruce Falconer. Periodista.

©The Atlantic Media Co.
Publicado originalmente en The Atlantic Magazine.

Traducción de César Blanco