1. Escribe Tai T’ung en su tratado Liu-shu-ku (c. 1320), traducido al inglés por L. C. Hopkins como The Six Scripts, or the Principles of Chinese Writing (1881): “De esperar a su perfección, un libro nunca se publicaría, por lo que he hecho turnos para reunir los frutos de mis afanes conforme los encuentro. Confucio dijo: ‘En la preparación de las notificaciones gubernamentales, P’i Shan realizaba el primer borrador; Shin Shu examinaba y discutía sus contenidos; Tzû-yü, el jefe de las relaciones exteriores, quitaba y ponía; y por último, Tzû-ch’an originario de Tûng-li les daba su debida elegancia y acabado” [Analectas, XIV, 8]. Tal primer borrador es este trabajo. Para el examen y la discusión de cualesquiera verdad que pueda contener, aguarda el juicio de una inteligencia superior… la de un espíritu sabio y elevado que lo lleve, sin reparar en el autor, a… corregir y eliminar ahí donde el texto incurra en error, a añadir en donde sea defectuoso y a proveer de nuevos hechos donde no diga nada.

Fuente: Thomas Francis Carter, The Invention of Printing in China and Its Spread Westward, Columbia University Press, NY, 1925, p. xviii. (Con las gracias a Antonio Saborit.)

2. Yo incluso puedo recordar los días en que los historiadores dejaban espacios en blanco en sus escritos, quiero decir por cosas que no sabían, pero ese tiempo se va al parecer.

Fuente: The Cantos of Ezra Pound, New Directions, NY, 1996. Ezra Pound, Confucius, New Directions, NY, 1999. (Analectas, XV, 25.)

3. La primera versión occidental de los dichos de Confucio —después conocidos como las Analectas— se publicó en París en 1687, en latín, bajo el título Confucius Sinarum Philosophus, con una breve dedicatoria al rey Luis XIV, agradeciéndole su apoyo a la publicación. Uno de los jesuitas editores del libro, Philippe Couplet, recién vuelto de China, había traído con él a Europa a un joven chino converso de nombre Miguel Shen. Couplet llevó a Shen a visitar al Rey Sol en Versalles en 1684, y sin duda este gesto de astucia aumentó la beneficencia real. El rey Luis estaba muy intrigado por el visitante chino, invitó al delfín y a la delfina a que vinieran a verlo, y le pidió que hiciera una demostración de comer con palillos (la comida se sirvió en platos de oro). El rey pidió también ver una muestra de la caligrafía china de Shen, y le pidió a Shen que recitara el Padre Nuestro en chino. A cambio, el rey ordenó que todas las fuentes recién terminadas en los jardines de Versalles se encendieran a su máxima capacidad para que el visitante chino disfrutara el despliegue. Cuando Shen, agradecido, se embarcó en una larga secuencia de kowtows (el ritual chino de etiqueta consistente en nueve postraciones completas ante la presencia del monarca gobernante), Luis lo detuvo a la mitad con gentileza, diciendo que era suficiente. (Shen, debe añadirse entre paréntesis, era bueno para dejar encantados a los monarcas. Cuando visitó Londres en 1687, fue bien recibido por el rey Jacobo II, quien ordenó un retrato de Shen vestido con todo su ropaje chino al pintor Sir Godfrey Kneller, y lo colgó cerca de las alcobas reales.)

Fuente: Jonathan Spence, “Lo que dijo Confucio”,
The New York Review of Books, abril 10, 1997.