¿Qué tipo de relación debería existir entre la ciencia y el Estado?
Las siguientes páginas abren la discusión analizando modelos que han rendido frutos en otros países

La Royal Society de Gran Bretaña, fundada en 1660, fue la primera comunidad científica del mundo moderno. Con figuras como Robert Boyle, Isaac Newton, Robert Hooke y otros grandes científicos, concibió el ambicioso proyecto de un imperio del conocimiento. El lema de la Royal Soviet —“Nullius in verba”— podría traducirse como “No confiamos en palabras, sino en los datos experimentales”. Era la manera de deslindarse de los escolásticos, quienes pretendían encontrar las verdades científicas mediante la lógica deductiva, las concordancias con las Divinas Escrituras y las citas de autores antiguos, principalmente de Aristóteles. A semejanza de muchas academias actuales, sin exceptuar la nuestra, la Royal Society era y sigue siendo subvencionada por el gobierno.

palmeras

La Académie des Sciences de Francia fue fundada en 1666 por Jean-Baptiste Colbert, ministro del rey Luis XIV. Tuvo grandes glorias y las sigue teniendo. La Academia de Ciencias de Berlín (antes de Prusia) fue fundada en 1700 por un gran científico, Gottfried Wilhelm Leibniz. Es la más antigua de ocho academias regionales que forman la Confederación Alemana de Academias de Ciencias. La National Academy of Sciences de Estados Unidos fue fundada por el presidente Abraham Lincoln; Louis Agassiz fue uno de sus primeros miembros. Siendo la más joven de las grandes academias mundiales, posee su propia tradición. Alrededor de 200 de sus miembros fueron o son premios Nobel. Su ley orgánica le prohíbe cobrar por sus eventuales servicios al gobierno, pero su presupuesto es otorgado anualmente por el
Congreso. Actualmente tiene unos dos mil 100 miembros vitalicios que son elegidos directamente por la membresía, más un personal de mil 100 funcionarios.

Nuestra academia no se queda atrás aun cuando fue fundada apenas en 1959. Nuestro siglo XIX fue una época de inestabilidad y hubo poco impulso a la ciencia. Hoy la Academia Mexicana de Ciencias (AMC) tiene más de dos mil 100 miembros. El ingreso depende de comités elegidos por la membresía. El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), fundado en 1971, es el organismo descentralizado del gobierno federal que financia y dirige la investigación científica en México. Unos 14 mil científicos activos son subvencionados por becas especiales otorgadas por el Sistema Nacional de Investigadores, organismo que depende del Conacyt. El director general del Conacyt es designado por el presidente de la República pero los miembros del SNI son designados por comisiones de pares; la membresía es renovable cada tres años.

El desarrollo científico y tecnológico de México es promovido y coordinado por la Ley de Ciencia y Tecnología de 2002 que prescribe un apoyo al desarrollo científico y tecnológico no menor a 1% del PIB, meta que por cierto no ha podido cumplirse. Sin embargo, todo este desarrollo constituye un avance muy importante y respetable, que se ha logrado en el curso de apenas una o dos generaciones y superando muchas dificultades.

Políticos e intelectuales

El problema de las políticas científicas se presenta en todos los países avanzados. En un número anterior nos hemos ocupado de enumerar las principales alternativas que se presentan a los gobiernos. Hoy vamos a comenzar a pasar revista de algunas soluciones que se han propuesto recientemente en otros países.

¿Qué tipo de relación existe o podría existir entre la comunidad científica y el Estado? Las respuestas varían. En general, los científicos nos quejamos cuando el gobierno no nos toma en cuenta, pero tampoco nos gusta que nos controle y nos diga qué hacer y cómo pensar. Frank-Walter Steinmeier es un destacado político alemán que ha reflexionado profundamente sobre esta problemática. Si bien perdió las elecciones de septiembre de 2009, este hombre sigue ocupando un lugar importante en el Partido Social Demócrata (SPD).

El doctor Steinmeier fue jefe de gabinete en el gobierno del canciller Gerhard Schröder y su discreción política es proverbial. Le dicen “la eficiencia gris”. Hace una década, a sugerencia del mismo Steinmeier, Schröder creó en la Cancillería federal un nuevo Departamento de Asuntos Culturales y Medios, donde monitorean el desarrollo de las empresas culturales y creadoras del país. El número de trabajadores culturales se incrementó en 8% en sólo dos años (2006-2008) y las industrias culturales y medios electrónicos contribuyen al producto nacional bruto con 132 mil millones de euros anuales. La cultura hoy rebasa en importancia a la industria química. Se están creando puestos de trabajo a un ritmo tal que el rubro cultural ocupa a más trabajadores que la industria automotriz. Gracias a sus destacados creadores culturales, Alemania ha ganado importantes premios internacionales en arte, en música, en cine y en muchos campos de la innovación.

En otros países parece que sucede algo similar. México no tiene estadísticas al respecto pero los miembros de nuestro Sistema Nacional de Creadores —escritores, cineastas y pintores— superan en reputación internacional a los del Sistema Nacional de Investigadores. Entre ambos sistemas, México mantiene un elevado prestigio en el mundo. Nuestra tradición cultural se ha mantenido de alguna manera sin necesidad de implorar continuamente al gobierno por subsidios. A los políticos poco les importa mantener un sistema rígido de autoevaluaciones, de calificaciones o de controles de productividad pues se están dando cuenta que la industria de la ciencia y la cultura es barata y representa una aportación que pesa cada vez más en la sociedad.

Las empresas culturales también promueven el cambio social. Esto no parece impresionar a los empresarios, pero los festivales promueven el turismo. Alemania ha alcanzado la igualdad de género gracias al turismo, ya que el 44% de los empresarios culturales son mujeres. En números, la cultura emplea a más mujeres que hombres. No sólo eso: el negocio de la cultura también emplea una proporción elevada de migrantes. En Alemania el 10% de los derechohabientes del Seguro Social para Artistas proviene de otros países.

Un ejemplo es lo que está sucediendo en Salzburgo, ciudad austriaca que reclama a Mozart como uno de sus ciudadanos más ilustres. El Festival Mozart anualmente significa un ingreso superior a toda la actividad económica restante de la ciudad. El ambiente académico e intelectual provee el resto: hay chocolates Mozart, hoteles Mozart y restaurantes Mozart que sirven pasteles Mozart. Y el Festival, por supuesto, contrata a los mejores exponentes de la música de Mozart. La antigua Universidad de Salzburgo ha inaugurado un moderno Conservatorio de Música que atiende a centenas de estudiantes extranjeros, provenientes de lugares tan remotos como Iowa y Mongolia.

Más de 20 millones de turistas nos visitan anualmente y ¿qué les ofrecemos? Frida Kahlo ya está sobrevendida y el sol y el mar son gratuitos. El turista también merece un cambio. Los políticos alemanes, ellos sí, están atentos al cambio social. Votan a favor de la innovación. El doctor Steinmeier prometió, como parte de su plataforma electoral, promover un “pacto de creatividad” con la participación de intelectuales, políticos e industriales. Hay antecedentes para esta nueva política y no dejan de ser convincentes. El Partido Social Demócrata presentó una iniciativa interpartidista cuyos firmantes incluyen a creadores como el director de cine Pepe Danquart, el productor musical Paul Van Dyk, la escritora Louise Jacobs, el diseñador Axel Kufus, el arquitecto Meinhard von Gerkan y otros, pertenecientes a diferentes partidos. La principal motivación es la consideración que las empresas culturales disfrutan de popularidad y de apoyo social en medio de la crisis. No es sólo cuestión de patriotismo: es un buen negocio. Aunque no se mencione en la iniciativa, es evidente que el voto de los trabajadores culturales influye en los resultados electorales.

Desafortunadamente, no bastó con que el asesor de Steinmeier, Tim Renner, se reuniera con nueve intelectuales alemanes prominentes para discutir las condiciones políticas, económicas y sociales que podrían favorecer una vinculación de este tipo. El problema era que tales condiciones dependían de la evolución de la crisis económica. México, al igual que Alemania, está atravesando un periodo de transición. Los mexicanos podemos observar cambios a diario y no somos ajenos a la nueva prominencia de una economía basada en la innovación. Hay grandes modificaciones en el proceso de producción, consistentes en la reorganización del trabajo en redes. Paralelamente, cambia la estructura de la familia y la función de la propiedad y de los valores, tanto en lo material como en el modo de vida. Es necesario reconocer la existencia de estos procesos por su relevancia a la sociedad.

Si se desea aprovechar la actual coyuntura de cambio, este sería el momento de incluir la ciencia en la perspectiva. Para México no hay innovación sin ciencia, y hay que partir del hecho que la economía de la creatividad será pionera en promover el cambio. Un pacto de creatividad tiene que rebasar los aspectos puramente económicos: tiene que abarcar el cambio social y cultural.

Muerte de una vieja palmera

Frente a nuestra casa de San Ángel había una vieja residencia para niños con capacidades diferentes. En medio de su amplio jardín se erguía una magnífica palmera. Tenía más de medio siglo y más de 10 metros de alto, y entre sus ramas anidaban aves de todo tamaño y color. Había águilas, centzontles y primaveras. Había una especie de petirrojo y otro más grande, de pecho amarillo. También había una especie de loro de plumaje azul brillante. Al amanecer aquello era un concierto.

La residencia fue vendida como terreno. No se sabe qué pasó con los niños pero sí sabemos en qué paró el terreno. Fue dividido en cuatro parcelas y se construyeron unas residencias enormes, unifamiliares sin ventanas a la calle: los vecinos las denominamos “los búnkers”. Poco le importó al arquitecto que la zona fuera “típica” y no debiera desentonar con el estilo de viejo pueblo colonial que aún conserva San Ángel. Sí parece que le molestó al hombre la palmera, pues le estorbaba. Estaba plantada en medio de un predio que él había destinado a la construcción de otro “búnker”.

Un día apareció una gran grúa. De nada valieron las protestas: la vieja palmera fue arrancada de cuajo. Quedó tirada más de una semana con las raíces al aire. Luego la grúa la levantó y la implantó sin miramiento en un hoyo, cerca de la caseta del policía. Las palmeras son orgullosas: no aceptan que se las transplante así, sin respeto alguno. Todos los días amanecíamos viendo la palmera cuyas ramas estaban cada vez un poco más amarillentas. Las aves trataban de darle ánimo, pero en vano. La vieja palmera ya murió. 50 años no pasan en vano.

Pero ahí seguía la palmera. Con apenas dos ramas amarillas, pero eso sí, con un nido. Una pareja de gorriones construyó su residencia familiar en su cima calva. Por los cuatro costados había muros de concreto: la palmera estaba presa en cemento y sin embargo seguía dominando con su altura. En la madrugada los pájaros le cantaban las mañanitas.

El que murió primero fue el arquitecto. Entonces la palmera se sintió satisfecha. Había logrado persistir más tiempo que su enemigo. Ya sin ramas, como un monumento a su propio heroísmo, el tronco del árbol más altivo de San Ángel se dispuso a sobrevivirse a sí mismo.

Vinieron los hombres, levantaron un andamio frente a la majestad de la vieja palmera y sacando fuerza de flaqueza, tímidamente, empezaron a rebanar su tronco con una sierra mecánica. Le amarraron la orgullosa testa con mecates y jalaron, pero la palmera no cedía. A pesar del ruido infernal. A pesar de nuestras llamadas a la Secretaría del Ambiente. Las aves ya no cantaban igual pero el árbol resistía. Finalmente, la vieja palmera perdió la cabeza y se la aventó con un graznido desafiante a los pies de los hombres sudorosos. El andamio quedó maltrecho con el golpe pero la palmera no podía luchar. Su madera estaba durísima pero la fueron reduciendo a rebanadas.

Desde la ventana, nuestra vista también ha cambiado. La vieja palmera ya nunca estará allí. Nos dejó su sombra, su fantasma en el muro. ¿Habrá palmeras en la eternidad? Si así fuera, palmera, nos veremos en un mundo donde el sol no se pone y no entran los serruchos.

Heriberta Castaños. Miembro del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Entre sus libros: La Torre y la Calle. Vinculación de la universidad con la industria y el Estado.
Cinna Lomnitz. Sismólogo. Investigador emérito del Instituto de Geofísica de la UNAM. Autor de Los temblores.