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Dirección: Ethan y Joel Coen.        
Guión: Joel y Ethan Coen.
Reparto: Michael Stuhlbarg, Richard Kind, Fred Melamed.
Duración: 105 minutos.

Larry Gopnik es un profesor de física en una universidad del medio oeste americano, es decir, en medio de ninguna parte. Hijo de la posguerra, vive en una casa estándar en un suburbio de Minneapolis, Minnesota, en compañía de su mujer, sus dos hijos y un hermano tránsfuga de la normalidad que la sociedad le demanda. Luego de un chequeo médico que revela su salud como inmejorable, Gopnik imparte una clase sobre la paradoja del gato de Schrödinger ante los ojos a la vez azorados y desentendidos de sus pupilos. Luego de la cátedra, el profesor es confrontado por uno de sus alumnos, un coreano que, acreedor de una nota reprobatoria, exige un cambio de calificación. Gopnik se niega y le explica, intransigente, que sin matemáticas no hay física. El alumno coreano abandona su oficina y, sólo entonces, el profesor descubre un sobre lleno de billetes de 100 dólares sobre su escritorio.

En paralelo al episodio del profesor de física y el soborno no consumado al que se ve sujeto, sucede la historia de su hijo Danny, estudiante de un colegio hebreo que, ajeno a las explicaciones de su maestro, escucha “Somebody to Love” de Jefferson Airplane, canción que marca la fecha del evento: 1967, el año del verano del amor en Estados Unidos. Al mismo tiempo que su padre intenta alcanzar al alumno coreano para devolverle el dinero que pareció olvidar en su oficina, Danny Gopnik intenta saldar una cuenta de 20 dólares con uno de sus compañeros de clase, el rufián que hace la vez de dealer de mariguana. El maestro descubre al pupilo enchufado al auricular del que mana la voz de Grace Slick y lo manda con el director del colegio, para que el radio —y el dinero escondido en su funda— le sea confiscado.

Lo anterior es la glosa del arranque de Un hombre serio, obra más reciente de los hermanos Ethan y Joel Coen (1957 y 1954, Minneapolis, Minnesota), acaso su mejor película junto con Barton Fink (1991) y The Big Lebowski (que en México se estrenó bajo el inexplicable título de Identidad peligrosa, en 1998). En un regreso a la factura de sus filmes más originales —y luego del éxito y los Oscar de No es país para viejos (2007)—, los Coen abordan un tema que no puede ser más que personal en extremo: su judaísmo, vertido en la súbita caída en desgracia de Larry Gopnik, hombre racional que ha remplazado la religión con la ciencia y los dados de Dios con la incertidumbre de Heisenberg.

Así como en ¿Dónde estás hermano? la dupla de cineastas trasladó la Odisea de Homero al sur profundo de Estados Unidos durante la recesión de principios del siglo XX, en esta ocasión recrearon la Hus de Job en un escenario tan límpido como anodino —y que recuerda, sin forzarlo, a los escenarios brechtianos ofrecidos por Lars von Trier en las dos primeras entregas de su aún inconclusa trilogía estadunidense, Dogville (2003) y Manderlay (2006)—: la suburbia americana, esa tierra de nadie en la que detonó la oleada de divorcios que no fue sino la marca de agua de los descendientes de los hijos de la Segunda Gran Guerra, entre la llamada al pacifismo de los hippies y la consolidación del libre mercado y sus derroteros.

A diferencia de su pariente bíblico, sin embargo, Gopnik no es un hombre de fe, pero sí es un hombre de una corrección moral intachable, es decir, un hombre serio que lleva una vida seria, sin mayores sobresaltos que el pago puntual de la hipoteca de la casa que será su patrimonio. Un judío secular y moderno, pues, fiel a su comunidad y lo necesariamente distanciado del Innombrable, ante el que su hijo Danny estará a punto de demostrar su mayoría de edad en su inminente Bar Mitzvah.
Pero más allá de la rectitud de Gopnik se encuentra el designio que, de pronto, amenaza con que su vida apacible se derrumbe: su esposa le pide el divorcio y el padre de su alumno coreano amenaza con demandarlo si no cambia la nota reprobatoria de su hijo, par de sucesos que marcan la caída libre de una abrumadora bola de nieve que rueda tras de nuestro protagonista, que no parece más que dejado de la mano del Dios en el que no cree, Job moderno que resistirá una y otra pruebas venidas de quién sabe dónde.

Confrontado por el desastre, Gopnik recurre a tres rabinos, cuyos consejos crípticos no harán más que dejarlo patidifuso, más confundido con cada día que pasa. Y junto con el desastre, vendrán las tentaciones: acostarse con su guapa vecina que se asolea desnuda y a la que contempla desde la azotea de su morada, rebelarse ante la demanda de divorcio no sólo legal sino religioso de su mujer, cambiar la calificación y utilizar los billetes prisioneros del sobre olvidado por el alumno coreano, resguardados en el cajón del escritorio de su oficina… O bien acatar el mandato de su titiritero y conformarse con exclamar: ¿Qué hice yo para merecer esto?
Gopnik, sin embargo, no tendrá alternativa —su hijo tampoco: comparten la misma sangre, el mismo linaje— ante la suerte para él echada: su demiurgo es bicéfalo y se encuentra, lo mismo que los espectadores que lo contemplamos, del otro lado de la pantalla. Así las cosas, serán los Coen, geniales prestidigitadores del cine, los que carguen los dados de esta obra maestra, notable retrato y caricatura del judaísmo que los define.

David Miklos. Escritor. Su libro más reciente
es La hermana falsa.