Benito

En Un hombre en la oscuridad (Anagrama, 2008, traducción de Benito Gómez Ibáñez) Paul Auster pone en boca de su personaje principal la trama de la novela: “La historia trata de un hombre que debe matar a la persona que lo ha creado”. Pero, fundamentalmente, la historia trata de la parte oscura de la vida: el insomnio, la guerra, la soledad y la muerte.

Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche en blanco en la gran desolación americana. Arriba, mi hija y mi nieta están cada una en su habitación, también a solas: mi hija única, Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado.

[…] aunque mi hija es una persona extraordinaria, hay en ella algo ingenuo y frágil, y ojalá aprenda que los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones, sino parte esencial de lo que somos. Así sufrirá menos. El mundo no se le caería encima cada vez que le ocurriera algo malo, y no se dormiría llorando todas las noches.

¿No comprendió Miriam que con el tiempo Richard acabaría siéndole infiel? ¿Acaso no intuía que un profesor de cuarenta años podría extasiarse en el aula ante la contemplación de los jóvenes cuerpos de sus alumnas? Es la historia más vieja del mundo, pero la trabajadora, la leal, la nerviosa Miriam no prestaba atención. Ni siquiera cuando el drama de su propia madre la consumía por dentro: aquel horrible momento en que su padre, después de dieciocho años de matrimonio, se marchó con una mujer de veintiséis. Yo andaba por los cuarenta entonces. Cuidado con los hombres de cuarenta años.

A Hawthorne no le importaba. Si el sur quiere separarse del país, decía, pues que se vayan y adiós, muy buenas. El extraño, el maltrecho, el retorcido mundo que sigue girando mientras la guerra estalla a nuestro alrededor: los brazos arrancados a machetazos en África, las decapitaciones en Irak, y esa otra contienda que se libra en mi cabeza, un conflicto imaginario en territorio nacional, Norteamérica resquebrajándose, el noble experimento definitivamente acabado.                

No hay una sola realidad. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo. Sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo.

Dejé de fumar hace quince años, pero ahora que Katya está en la casa con sus omnipresentes American Spirits, he empezado a recaer en los viejos y sucios placeres, gorroneando sus colillas mientras nos zambullimos en el corpus total de la cinematografía planetaria, sentados juntos en el sofá, soltando humo en tándem, dos resoplantes locomotoras alejándose de este mundo asqueroso e insufrible, pero sin pesar, cabría añadir, sin vacilaciones, sin una sola punzada de remordimiento. Lo que cuenta es la compañía, el vínculo cómplice, esa solidaridad del a la mierda todo de los condenados.

Betty murió de tristeza. Algunos se ríen al oír esta frase, pero eso es porque no saben nada de las cosas de la vida. La gente se muere de tristeza. Ocurre todos los días, y seguirá sucediendo hasta el final de los tiempos.

Los ociosos pensamientos del insomne, mientras busca en los armarios un vaso y una botella de whisky: las interminables trivialidades que pasan fugazmente por la cabeza a medida que una idea se va transformando en la siguiente. Así nos ocurre a todos, jóvenes y viejos, ricos y pobres, hasta que un acontecimiento inesperado cae sobre nosotros para sacarnos de golpe de nuestra modorra.

[…] a los treinta y cinco, treinta y ocho, cuarenta, iba por ahí con la sensación de que mi vida nunca me había pertenecido de verdad, de que siempre había estado ausente de mí mismo, de que jamás había tenido una personalidad real. Y al carecer de realidad, no comprendía el efecto que producía en los demás, el daño que podía causar, el dolor que podía infligir a las personas que me querían.

Empecé a parecer un personaje de novela del siglo diecinueve: matrimonio inquebrantable en un baúl, estimulante querida en otro, y yo, el gran ilusionista, plantado entre los dos, con la astucia y la habilidad de no abrirlos nunca al mismo tiempo. Durante unos meses logré que aquello funcionara, y ya no era un simple mago, sino también un funámbulo, que hacía acrobacias a lo largo de la cuerda floja, pasando todos los días del éxtasis a la angustia, adquiriendo cada vez más certidumbres de que nunca me caería.

Qué deprisa va todo. Ayer un niño, hoy un anciano, y desde entonces hasta ahora, ¿cuántos latidos del corazón, cuántas respiraciones, cuántas palabras dichas y escuchadas? Que me toque alguien. Que me pongan la mano en la cara y me hablen…

Selección de Delia Juárez G.

Delia Juárez G. Editora y traductora. Su libro más reciente es Gajes del oficio. La pasión de escribir.