Para los lectores de Henning Mankell no pudo haber mejor regalo de Navidad que la transmisión por BBC Entertainment (206 Cable, 203 Sky) de los primeros tres episodios de Wallander, adaptación de otras tantas novelas del inspector de la ciudad de Ystad, cerca de Malmö: La falsa pista, Cortafuegos y Pisando los talones, todas publicadas por Tusquets. Una serie rodada en Suecia, con un elenco inglés encabezado por Kenneth Branagh. Pero para esos mismos fans, y aun para los que no hemos gozado de su particular alcaloide literario, pocas transmisiones pueden haber resultado más infames: nadie entiende cómo un canal que se dice parte de la oferta de la venerable BBC se atreve a interrumpir de la forma más disparatada un thriller con tantos cortes como una telenovela del Canal de las Estrellas, cuya duración incluía, com-ple-ti-tas, las presentaciones musicales del talk-show de Jonathan Ross. Infernal. Así que bien a bien no se puede recomendar la serie porque el televidente no sabe a qué atenerse. El premio de consolación podría ser que el 11 o el 22, o los canales EuropaEuropa o Eurochannel, pasaran la adaptación sueca de este mismo ciclo novelístico: dos temporadas de 13 episodios cada una, con Krister Henriksson en el papel protagónico (en Eurochannel la celebración de Simenon y su Maigret se extendió hasta diciembre, así que hay esperanza). Mientras tanto, el lector puede devorar el que Mankell ha decidido es el último libro de su héroe insignia, El hombre inquieto (también en Tusquets).

A fines del año pasado se celebró la jornada internacional contra la violencia sexista. Poco antes, los admiradores de ese rincón del cielo en la tierra conocido como Brasil asistíamos, estupefactos, al linchamiento de una escolapia de nombre irrepetible, Geysi Villa Nova Arruda, a manos de unos descerebrados (cientos de alumnos universitarios de ambos sexos) que la corrieron de una escuela en Sao Paulo entre alaridos de “¡Puta!”, por llevar un vestido demasiado corto. El impacto mediático del auto de fe regresó las aguas a su cauce e impidió la expulsión de la estudiante que las autoridades habían decretado sin el mínimo titubeo lúcido. En marzo, París asistió a la transmisión por el canal Arte de La journée de la jupe (La jornada de la falda), una película de Jean-Paul Lilienfeld con Isabelle Adjani, sobre la trágica rebelión de una maestra de secundaria de origen maghrebí que, harta de las condiciones en que tiene que trabajar —alumnos monopolizando todos los derechos y ninguna obligación, autoridades y padres de familia en contubernio politiquero e ideológico, hegemonía de taras culturales y religiosas que entre muchas otras cosas impiden que las mujeres asistan al colegio vestidas con falda—, secuestra al grupo al que le está dando clase luego de que el lacra del salón la llama puta. El secuestro culmina un forcejeo con el mozalbete durante el cual la maestra descubre que el chico lleva un revólver. El secuestro obliga a los alumnos a atender la clase sobre Molière que la maestra se disponía a impartir. El rescate que la maestra exige por la liberación de sus alumnos es una jornada nacional de mujeres vistiendo falda. El desenlace es trágico.

La película fue primero un proyecto destinado a la pantalla grande, pero ningún productor se atrevió a financiar una historia tan delicada. La historia se le ocurrió a Lilienfeld durante los disturbios de 2005 en la periferia parisiense, al notar que no había mujeres en los rifirrafes —el propio autor creció en Creteil, lugar que ahora sólo existe en su memoria, a tal grado han cambiado sus condiciones de vida—. La transmisión de La journée de la jupe fue un éxito de público y abrió un debate en los medios, tanto por la autocensura que signó su producción, como por su manera peculiar de abordar un tema que Entre los muros (Laurent Cantet 2008) no sólo había tratado, sino que incluso le había merecido la Palma de Oro en Cannes. Como de costumbre, varios especialistas fueron consultados al respecto, ninguno de ellos atribuyó el hecho ni a la autocensura, ni a la corrección política, ni mucho menos a las derivas multiculturalistas y vicios religiosos que las distinguen. Con excepción de Alain Finkielkraut, quien luego de señalar a Radio France Intérnationale que la película de Lilienfeld constituye “un hecho político de una importancia extrema, histórica”, subrayó que en los colegios periféricos “confluyen a la vez el arcaísmo de cierta civilización [el islam] y el postmodernismo de la pornografía permanentemente disponible […] Antes que hacer una Conferencia de Durban [en la que se consagró el concepto de islamofobia] habría que hacer una conferencia de la falda para luchar contra uno de los fenómenos más graves de hoy, cuyas consecuencias políticas son abismales, es decir, la misoginia en los países musulmanes”.

Otra voz disidente
fue la de Sihem Habchi, presidenta de la asociación Ni Putas Ni Sumisas: “Aquí en Europa, desde los años noventa, estamos frente al surgimiento de un movimiento radical que con el velo islámico utiliza el cuerpo de la mujer como estandarte. Esta lectura es apoyada por algunos movimientos políticos en Francia y en Europa, sobre todo por la extrema izquierda: es lo que se ha dado en llamar el islamoizquierdismo. Cuando uno ve la recepción que le dan a Tariq Ramadan en varias universidades y partidos políticos europeos, hay que preocuparse. No es un integrismo que se origine entre la población. En los noventa hubo una voluntad de hacer daño desde dentro, utilizando a las clases populares, pero poco a poco vimos cómo a algunos les convenía más tener como interlocutores a predicadores religiosos para manejar a las masas. Tenemos por un lado a los islamoizquierdistas y por el otro a los predicadores radicales de extrema derecha: antiaborto, antiestado, antidemócratas, como el predicador del Reino Unido que pidió la ejecución de las adúlteras. Hay una complicidad entre la extrema izquierda y la extrema derecha muy evidente. Y todo esto sólo puede ocurrir con la complicidad del poder público, que pensó que para controlar a las masas necesitaba un interlocutor religioso” —no puede uno dejar de pensar en la estrategia electorera que ha hecho de la provincia mexicana (¡ay!, tan nuestra) el abuso multitudinario de la filosofía provida.

Entre tanto, Lubna Hussein, periodista sudanesa recién liberada a fines de noviembre pasado después de pasar algunos días a la sombra por vestir pantalones, ha declarado al Washington Post que de ahora en adelante jamás dejará de usar pantalones hasta que las autoridades levanten su prohibición absurda. Ello a pesar de las amenazas de muerte, del tratamiento de puta que ha recibido en diversos periódicos, de los hombres y mujeres que blandiendo recipientes con líquidos le anunciaban su inminente bautizo con ácido —Lubna Hussein había invitado a varios reporteros a atestiguar la sesión de latigazos a la que se hizo merecedora por haber quebrantado la sharia impuesta por el gobierno islamista. Presionado, el juez optó por cambiar los azotes por la prisión.

Pero volviendo al viejo patio escolar donde Bruno, Delius y Silvio continúan tratando de ententeder las estrategias de la vida, Umberto Eco dejó claro el peligro que Google entraña para los escolapios de la actualidad: “Google hace una lista, pero un minuto después esa lista ya no es la misma. Esas listas pueden ser peligrosas, no para viejos como yo que adquirieron sus conocimientos de otro modo, sino para los jóvenes, para los cuales Google es una tragedia. Las escuelas deben enseñar el gran arte de la discriminación. […] La escuela debería volver a los talleres del Renacimiento, donde los maestros tal vez no fueran capaces de explicar a sus estudiantes por qué era buena una pintura en términos teóricos, pero entonces lo hacían de forma práctica: miren, así es como su dedo puede verse y así es como debe de verse”. Al italiano lo entrevistó el Spiegel por la muestra que en torno al Vértigo de la lista ha armado para el museo del Louvre. Listas, catálogos, colecciones, enciclopedias y diccionarios. Esta manía anglosajona es para Eco el origen de la cultura en su afán de hacer comprensible lo infinito y de introducir orden en el caos. Las listas no destruyen la cultura, la crean. Y no se trata de un rasgo primitivo sino de un rasgo ubicuo de la historia de la cultura: “Nosotros tenemos un límite, un límite descorazonador y humillante: la muerte. Éste es el porqué nos gustan todas las cosas que asumimos no tienen límites y por lo tanto final. Es una forma de alejar los pensamientos sobre la muerte. Nos gustan las listas porque no queremos morir”.

Y hablando de hombres cabales, otro regalo de Navidad fue la llegada de la primera traducción integral de las memorias del caballero de Seingalt, mejor conocido como Giacomo Casanova. Traducidas por Mauro Armiño y editadas por Atalanta, el libro goza de un prólogo de Félix de Azúa, entusiasta “de este libro solar, el más completo homenaje que se ha escrito jamás a la energía de la juventud, al gozo supremo de lo inmediato, al placer de respirar, de tener los músculos elásticos, los nervios templados y el deseo tenso como el de un felino que olisquea gacelas”. Vida de un hombre excepcional en un decorado único, o historia de un veneciano en la Europa de las Luces, Historia de mi vida es en realidad una obra maestra literaria cuyo logro mayor es la factura de su personaje principal, a quien no se escatiman luces y sombras que de esta manera se refuerzan entre sí. Casanova, sin embargo, ha sido reducido a la figura del seductor por antonomasia, lo que lleva a De Azúa a puntualizar: “No hay nada extraño o exagerado en la vida amorosa de Casanova como no sea algo que, en efecto, es infrecuente: que se convierte casi siempre en amigo y protector de sus antiguas amantes. Muchos casanovistas lo han subrayado: el veneciano es el anti-Don Juan, su contrario y enemigo. Ahí donde el aristócrata sevillano, infectado por la teología, se muestra vengativo, psicópata, misógino y engañador, en ese mismo lugar luce el burgués veneciano cómplice de las mujeres, su secuaz y salvador en más de una ocasión. […] Creo que en esa inclinación amable y loable de Casanova influyó grandemente que fuera nativo de Venecia, lugar en donde no se dio la represión religiosa que atenazó al resto de Europa durante siglos, donde la tolerancia sexual era manifiesta, y en donde (como le sucedió al propio Casanova) casi nadie era hijo de su padre”.
Por la recolección de Pistas: Alberto Román

Alberto Román. Editor de Cal y arena.
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