Sí, pero no

Reveladora la encuesta de Consulta Mitofsky para nexos. De manera espontánea, si le preguntamos a siete mexicanos a qué país quisieran parecerse, dos dirían que a Estados Unidos, y uno diría que a China, Canadá o Brasil. Del otro lado, uno diría que al país que no quiere parecerse es a Estados Unidos, y otro que no quiere ser como China o Cuba. Los dos restantes no quieren parecerse a nadie, o de plano no saben.

En los extremos, dos mexicanos quieren ser como Estados Unidos mientras uno dice que jamás aceptaría algo así. Los otros cuatro, en medio, danzan entre países que son temporalmente conocidos, el no querer parecerse a nadie, o la pura y franca ignorancia.

Las razones para querer ser como otro país son claras: más de la mitad por cuestiones económicas, incluyendo empleos, salarios, industria, tecnología y demás; el buen gobierno no llega al 10%, y las demás opciones (cultura, educación, tradiciones, etcétera) apenas pintan cada una por su lado.

Las razones para no querer parecerse a un país son más variadas: mal gobierno, pobreza, discriminación, malos hábitos, inseguridad (que suman casi 50%) resultan ser características de otros países que, me imagino, quienes respondieron la encuesta no perciben en igual magnitud en México. No queda claro por qué, pero todo indica que quienes respondieron la encuesta más bien dijeron qué es lo que no les gusta de su país.

No cambia mucho el panorama cuando se concentra la respuesta en una muestra de cinco países. Lo que atrae es la economía de Estados Unidos, la cultura de España, las fiestas de Brasil y Cuba, y la tecnología de China. Lo que se quiere evitar es la violencia de España, la pobreza de Brasil, a Fidel, la discriminación de Estados Unidos, y la sobrepoblación de China. Casi en todos los casos, estereotipos que no tienen fundamento alguno. Dice mucho la encuesta acerca de la ignorancia de los mexicanos con respecto al resto del mundo.

Pero centrémonos en la respuesta polarizante: Estados Unidos. Más de 30% de la población quisiera que México se pareciese a ese país, salvo en el centro, en donde la proporción cae a apenas una cuarta parte. Diferencia igualmente notoria encontramos entre campo (34%) y ciudad (30%). Y por partidos, para que se sorprenda, los priistas son los más interesados en parecerse al vecino país (34%) frente a los perredistas, que son los menos (24%).

Los que no quieren parecerse a ese país promedian 14% en el total, pero en el centro de México alcanzan 18%. Por orientación política, los más renuentes son los perredistas (23%); y por nivel educativo, los que tienen estudios universitarios (18%). A grandes rasgos: la posición antiestadunidense en México es un fenómeno de ciudades, particularmente de la ciudad de México, más importante en quienes tienen estudios profesionales y con orientación política hacia el PRD.

La encuesta mide a nivel nacional esta hipotética decisión de convertir a México en algún otro país. En la realidad, tenemos una medición mucho más clara: uno de cada diez mexicanos vive ya en Estados Unidos (12.5 millones, frente a 105 millones en México). Es perfectamente posible que muchos de ellos no quisieran que México se pareciese a Estados Unidos, pero es claro que sí prefieren vivir allá, al menos por un tiempo. Y si consideramos que cada uno de ellos debe tener cuatro familiares en México, entonces al menos la mitad de los mexicanos tiene ya una relación profunda con Estados Unidos, sea que queramos parecernos a ellos o no.

Un dato más interesante: de acuerdo con BBVA Bancomer, esos 12.5 millones de mexicanos en Estados Unidos aportaron el 3.8% del PIB de Estados Unidos durante 2008, que al sumar al PIB de nuestro país en ese mismo año nos coloca ya no como la decimotercera economía del mundo, sino como la novena. A lo mejor no queremos parecernos a ellos, pero sí estamos usándolos para transformar a México en una mejor economía. Nada sorprendente, puesto que es la economía lo que más nos mueve, según la encuesta.

Pero es una relación difícil, friccionante, que los mexicanos traducimos en esa molestia por la discriminación y el maltrato a los migrantes (dejemos de lado que el trato que propinamos nosotros a los centroamericanos es muchas veces peor). La pregunta obvia es por qué no hemos trabajado seriamente en reducir esas fricciones, si en verdad queremos aprovechar la economía vecina y, al menos uno de cada tres, parecernos a Estados Unidos.

La respuesta, creo, hay que buscarla en el Altiplano. Ahí es en donde no quieren parecerse a Estados Unidos, prefieren votar por el PRD, y defienden con más fuerza las viejas creencias del nacionalismo revolucionario. Un dato que tal vez ayude a entender: uno de cada nueve capitalinos está afiliado al ISSSTE, la mayor proporción en el país.

Como siempre, todo tiene una explicación.

Macario Schettino. Analista económico. Autor de Cien años de confusión. Es columnista del periódico El Universal.

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