Tijuana en dos tiempos (DICIEMBRE 1988 – DE NORTE A SUR)

En un país férreamente centralista, devoto de sus decisiones pero ajeno si no indiferente a la variedad de las demandas regionales, el destino de las provincias es cuestión decidida. A Tijuana, la ciudad más noroccidental del paí­s, la ha definido su cercaní­a a Estados Unidos, su aislamiento respecto al centro de México y la singularidad de sus actividades económicas. Es una ciudad que arriba al filo del milenio con un acentuado dinamismo en todos los sentidos, cuya incesante transformación es un problema para una semblanza definitiva.

En Tijuana, el turismo ha tenido un efecto omnipresente. Es paradigma de desarrollo desde su fundación y esquema básico de crecimiento. Su expresión límite en los años veinte, el Casino Agua Caliente y el Hipódromo, la invasión de los prófugos de la Ley Seca estadunidense, el auge de la industria de diversión y de los juegos de azar, determinan la mitificación ulterior de Tijuana. Se precisa una imagen que sería común con el paso de los años: ciudad de paso, lugar de perdición o burdel ubicuo. Estos antecedentes explican la sinuosa conformación de una moral pública que no se reconoce en el pasado de la ciudad y que inventa discutibles mitologí­as patrióticas (V.gr. «la invasión filibustera»).

Han reforzado esta percepción los medios de comunicación masiva, la tradición oral y el prejuicio neocolonial del sur de Estados Unidos. El cine y la literatura han llegado a un consenso sobre Tijuana: será espacio de sordidez, territorio para evasión del bueno de la película o la adecuada escenografía cabaretil. No afirmo que no hubiese mucho de cierto en esto, sino que a partir de una visión superficial y casi siempre prejuiciada se construyó otra, de acuerdo a las necesidades expresivas del autor o director en turno; versiones que determinaron velozmente la fama pública de Tijuana. Dicho acercamiento no ha variado a través del tiempo, desde las sagas rancheriles o cintas musicales racistas norteamericanas de los años 20 y 30 hasta la actual descomposición temática del cine mexicano, la percepción ha cambiado escasamente. No han sido inmunes a la reducción, escritores como José Revueltas en su novela Los motivos de Caín, o Manuel Puig y su elemental guión de cine, Recuerdo de Tijuana. La mayor parte de quienes se han acercado a Tijuana para dar su testimonio comparten motivaciones comunes: documentar una percepción turística, dejar constancia del desdén centralista o confirmar su vocación por la redención moral. El resultado es inevitable: el trazo de set cinematográfico, o de escenario montado para la simulación y consumo de extranjeros. No es posible negar, sin embargo, que el turismo ha conformado una ciudad específica, caracterizada por sitios de diversión, restaurantes y bares, centros comerciales y su correlativa mentalidad de servicio». No hay de qué extrañarse: se confirma lo axiomático, los modos de producción, de ganarse la vida, derivan estilos de vida e instituciones definitorias. En Tijuana, la fama pública es el precio de la sobrevivencia.

La visión actual de la ciudad se despliega en varias dimensiones: por una parte, de espacio privilegiado de la inversión multinacional para sus planes de expansión. La industria maquiladora ha crecido de manera impresionante. Con optimismo insólito, se ha confiado en ella como fuente inagotable de empleo y elemento vector del esquema de industrialización, sin tomar en cuenta las consecuencias de su hegemonía. La migración es una de las constantes decisivas; el arribo incesante de personas, de distinto origen regional, que buscando cruzar la frontera, han enriquecido la composición demográfica de la ciudad. Son miles los que llegan diariamente, que se agolpan en la Zona Norte, y en el Cañón Zapata, límite geográfico de la ciudad – y del país-, en la búsqueda de mejores condiciones de vida, huyendo del desempleo o la persecución caciquil.

La vigencia de la Zona Libre habla sobre la dependencia histórica respecto de la economía californiana, que persiste gracias a la orquestación sexenal de presiones empresariales, y como mecanismo de desvinculación orgánica de la región con la economí­a nacional. La estructura gobernante, por su parte, se encuentra anclada en una sólida prehistoria política, que se expresa en la verticalidad en la toma de decisiones, el verbalismo anacrónico, el atraso y enfrentamiento de diversas facciones para asegurar espacios de poder, en el más ortodoxo estilo de la política mexicana.

Es posible señalar algunas constantes que han presidido la evolución de Tijuana: su condición de frontera con Estados Unidos, que asegura la dependencia en función de la asimetría de las economías nacionales; un crecimiento demográfico signado por las oleadas migratorias; la acumulación de asentamientos urbanos sin la menor planeación gubernamental, el aislamiento geográfico respecto del centro del paí­s que explica todo un catálogo de carencias culturales y económicas; el turismo y su cosmovisión adjunta, y -desde hace más de una década- la inversión multinacional orientada a la industria maquiladora. En este panorama complejo y diverso, muchos casos están por definir: el proyecto hegemónico sobre la ciudad, impulsado por grupos de poderes locales; formular alternativas a la política federal hacia la región hasta ahora apegada a una suerte de virulento liberalismo económico. Respuestas que enfrenten realidades como las devastaciones y rezagos propiciados por el centralismo y la ofensiva vandálica de los medios de comunicación masiva. Iniciativas que cuestionan el papel de la frontera como campo de experimentación económica y ví­ctima de un nacionalismo retórico en lo cultural, desmentido por una desnacionalización concreta en lo económico. Nacionalismo cultural que apunta sobre las ciudades de la frontera, sus hallazgos verbales: «nuestra idiosincracia», «preservación de raíces culturales» y demás frases efectistas, que descontextualizadas- se utilizan saqueadas de significado.

Otras novedades más recientes diversifican el panorama: por ejemplo, la migración de profesionales del centro del paí­s, el desplazamiento de corporaciones nacionales hacia esta región que consideran segura, el chouvinismo regionalista, la atención de la polí­tica cultural para efecto de ejercicio verbal y, -novedad- la violencia polí­tica en la calle, expresada en el exterminio de periodistas, e incluso de narcotraficantes. (El caso más reciente y conocido es el asesinato del periodista Héctor Félix Miranda, codirector del influyente semanario Zeta). Una burguesía rapaz poco experimentada, pero definida en su vocación hegemónica, cuya noción de modernidad se reduce a la evidencia y proliferación de centros comerciales, rascacielos, naves industriales y los beneficios derivados de sus negocios en el turismo o de alianza subalterna con el capital foráneo. Si para el Estado mexicano la palabra totémica ha sido «creación de empleos», los anhelos de la burguesí­a tijuanense se han centrado en la «captación de divisas».

Las perspectivas se delinean ya, deleznables o magníficas, según sea la apuesta personal. Se anticipa, crecimiento demográfico y atmósferas de Blade Runner, profundización de las desigualdades sociales y expansión industrial. La persistencia del turismo como actividad ordenadora y determinante. En fin, un panorama de claroscuros que incluye la visión de rascacielos junto a barrios marginales; de grupos filantrópicos norteamericanos frente a la vocación homicida de sus connacionales de la Border Patrol; la fragmentación religiosa y la contracultura juvenil. Y algo permanente: la evidente disparidad -social, económica y urbana- con la realidad contigua: California.

Todo induce a creer que Tijuana seguirá siendo un espacio donde convergen, entrecruzan y enfrentan diversas tendencias de la economía; territorio de la migración y de un crecimiento urbano imprevisible, contra la improbable identidad que el Estado mexicano le ha endosado de «plataforma de exportación».

Leobardo Saravia Quiroz: Nacido en 1960, es editor y ensayista. Director de la revista Esquina baja, de Tijuana.

 

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Publicado en: Sólo en línea