Con motivo de los 25 años del IAGO, el pintor oaxaqueño habla sobre su intenso trabajo como promotor cultural

A unos metros de la calle peatonal Macedonio Alcalá, entre turistas y vendedores, emerge el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO). Una variada muchedumbre se resguarda en este acogedor edificio del siglo XVIII. De ese enjambre de peregrinos y estudiantes surge, ágil y vital, serio y grave, Francisco Toledo.

El IAGO acaba de cumplir dos décadas de vida. Su fundador, además de ser uno de los artistas plásticos más importantes del mundo, ha sido también un gran gestor cultural desde hace tiempo. En 1972, tras su exitoso regreso de París, y bajo la influencia de la propia labor promotora de Rufino Tamayo y su Museo de Arte Prehispánico de Oaxaca, Toledo fundó, con la colaboración de su entonces mujer, la antropóloga Elisa Ramírez, y de Macario Matus y Víctor de la Cruz, la Casa de Cultura Juchitán, un organismo que buscaba acercar los medios culturales al pueblo y plantear la promoción del rescate de la lengua, la memoria y la tradiciones zapotecas del Istmo. Al coincidir con el surgimiento de agrupaciones políticas como la Coalición Obrero Campesina Estudiantil del Istmo (COCEI), el espacio de Toledo se abrió al debate y a la divergencia de opinión cuando contribuyó al reconocimiento del socialismo como una posibilidad de oposición a la hegemonía priista.

“La Casa de Cultura funcionaba bien —recuerda el artista—. Además de exhibir la colección arqueológica y algunos grabados de valor —se llegó a exponer grafica europea del siglo XVIII—, y de crear una biblioteca con volúmenes tanto para niños como para adultos, se instrumentó el primer cineclub de la región y posiblemente del estado. En aquel tiempo pusimos en circulación la revista La Iguana Rajada. Carlos Monsiváis fue uno de los primeros colaboradores. Nos dedicábamos a reseñar la violencia; nos preocupaban los desaparecidos”.

¿Qué riesgo suponía el funcionamiento de este laboratorio político-cultural?
—Tuvimos que cerrar el espacio a los tres años de su apertura. Me dediqué de nuevo a viajar y experimentar en la gráfica y la cerámica. Años después decidí volver a la ciudad de Oaxaca. La encontré muy descuidada. Buscaba un espacio para exhibir la colección que había reunido y rehacer la idea de una casa de cultura. Compramos esta casa casi en ruinas —el espacio del IAGO, en la calle de Macedonio Alcalá número 507— y la restauramos respetando la estructura y la disposición que tenía durante el siglo XVIII y así, para fines de 1988, lo inauguramos.

¿Cómo fueron esos inicios?
—Esto empezó con un taller de gráfica, cuatro salas de exposición y la idea de armar una biblioteca dedicada a las artes, la historia del arte y la fotografía. Hoy tenemos más 30 mil volúmenes y revistas que abarcan temas de pintura, escultura, arquitectura, poesía, narrativa, literatura infantil, diseño, etcétera. Cuando puedo voy a las ferias del libro. Ahora buscamos publicaciones de historia y teoría del arte. Nos interesa generar la inquietud y el conocimiento entre los habitantes de los poblados con poco acceso a esta información.

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En sus 20 años de existencia el IAGO ha fungido como un activador de espacios culturales, conocimiento, ideas. Respaldado en la enorme figura de su iniciador, el recinto, que es célebre por sus acervos, reúne cerca de cinco mil obras entre las que destacan grabados de Francisco de Goya, James Ensor, Max Klinger y Alberto Durero.

¿Cómo se construye la célebre selección de Toledo? ¿Cuáles son los cuidados y los costos para resguardar un acervo de esta importancia?
—Uno de los propósitos del Instituto de Artes Gráficas era, precisamente, comenzar a exhibir la colección que se formó a partir de intercambios de mi obra cuando vivía en París. Sigo con los intercambios, a veces vendo y compro, me gusta estar al tanto de la buena gráfica y las opciones digitales. Además de exhibirse en nuestros espacios en Oaxaca, la colección de gráfica ha creado redes de exposiciones que viajan a Tabasco, Monterrey y Zacatecas. El patrimonio está muy bien resguardado. El único momento difícil que hemos tenido fue en los tiempos del plantón, cuando los maestros nos pidieron ocupar el IAGO como hospital y albergue. Creo que durante esos meses la colección corrió un gran riesgo. Afortunadamente no pasó a mayores.

¿Cómo manifestarse en un ámbito árido para la libertad de expresión? ¿Es posible hacer arte en la represión?
—Mi nombre se usó en las manifestaciones en contra del McDonalds del centro de Oaxaca, de la misma forma que en el rechazo al maíz transgénico y en la tamalada en el Zócalo. El IAGO abrió sus puertas a varios grupos de excelentes grabadores y artistas grafiteros que cuestionaban el proceder del gobierno, de la misma forma que condenó la actitud intransigente de la APPO.

Nuestras instituciones reciben apoyos del INBA, gracias a ellos y otros patrocinios de la iniciativa privada hemos logrado avanzar, abrirnos a otras temáticas y ampliar nuestros centros. Somos mediadores, aunque eso a veces no se entienda. Debemos hacerlo así.

¿Ha participado el gobierno del estado de alguna manera en la celebración de los 20 años del IAGO?
—No soy querido. El poder no celebra con nosotros. Yo he sido un activista mal entendido; tanto, que he llegado a ser víctima de agresiones.
(Hace algunos años balacearon su casa, pero él pretende crear en un entorno de tranquilidad, cuando esto se puede. Tiene muy claro que la discrepancia existe y que lo mejor es sortearla. Sobrevivirla de la mejor manera. A pesar de ser el artista mexicano vivo más reconocido, Toledo camina en Oaxaca en el filo de la navaja: entre criterios dispares y fuerzas opuestas. Quizá por eso no desea que la entrevista siga por ese camino.)

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Ubicado en una casona colonial, el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo alberga seis salas en las cuales se exhiben exposiciones temporales dedicadas a la fotografía y sus distintas vertientes. Desde enero el espacio ofrece las exhibiciones tituladas De frente al perfil: retratos raciales de Frederick Starr y Fotografía de la galería Juan Martín, esta última materializada en una exitosa selección de la obra de Adrian Bodek, Lola Álvarez Bravo, Gilberto Chen, Graciela Iturbide, Dylan von Gunten y el mismo Francisco Toledo.

¿Cómo surge la iniciativa de crear el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo?
—Durante mi paso obligado por la Escuela de Bellas Artes de Oaxaca, me llegó a las manos un catálogo de la obra de don Manuel. Yo era muy joven y su obra me marcó emocional y artísticamente. Nos conocimos en los setenta, en una de sus visitas a la Casa de Cultura Juchitán, y a partir de ese momento comenzamos con una serie de intercambios de obra que me permitieron reunir un acervo importante de su trabajo. Tiempo después Manuel me propuso hacer un libro. Los meses pasaron y logramos conseguir los fondos para el proyecto que nunca se concretó. Resultó mejor, pues decidimos ocupar este dinero y crear un Centro Fotográfico. Manuel Álvarez Bravo lo inauguró en 1996 y apreció mucho que llevara su nombre.

Allí tenemos una biblioteca especializada en fotografía —con más de cuatro mil volúmenes— y la colección de la Fonoteca Eduardo Mata. Con el compositor se intentó hacer una escuela de música pero únicamente se logró reunir el acervo necesario para crear la fonoteca que lleva su nombre y que cuenta con una muy buena selección de grabaciones.

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Toledo alude a otros espacios culturales, como el cineclub El Pochote, el Centro de las Artes de San Agustín (CASA) y el Taller Arte Papel Oaxaca (TAPO); los últimos ubicados en Etla, un poblado encaramado en la montaña a 15 kilómetros al norte de la ciudad de Oaxaca. Resultado de la inercia creativa de Francisco Toledo, El Pochote, el Centro de las Artes y el Taller de Papel se especializan, respectivamente, en el estudio profundo y el esclarecimiento de las manifestaciones cinematográficas, la práctica de la gráfica ecológica y la elaboración de papel artesanal con fibras naturales de la región.

¿Cuáles son los alcances del cineclub El Pochote? ¿Por qué elige el discreto municipio de Etla para establecer el Centro de las Artes de San Agustín? ¿Cuáles son los requerimientos para impulsar la fabricación de papel hecho a mano?
—El Pochote —que toma su nombre de los árboles que se levantan en ese lugar— surgió de la ampliación del cineclub del IAGO. Decidimos trasladarlo a un sitio con más posibilidades de acción y ha funcionado muy bien. Esto fue en 1998. Cada mes El Pochote ofrece muestras de cine y proyecciones callejeras, además de promover el trabajo de cineastas y videoastas de Oaxaca y otros lugares. Hemos realizado varios ciclos especiales para escuelas e instancias como la penitenciaría de Ixcotel y el anexo psiquiátrico del penal de Zimatlán. Hay que acercarse a todos los estratos de la sociedad.

Por otro lado, la fabricación de papel reivindica nuestras costumbres ancestrales y además implica un programa de reforestación y la creación de un vivero. En 1998 trabajé junto con un grupo de artistas finlandeses para concebir el Taller Arte Papel Oaxaca. Sergio Hernández y Rodolfo Morales trabajaron allí cubiertas para sus cuadernos. La TAPO se encuentra muy cerca del complejo del Centro de las Artes San Agustín (CASA), que inauguramos hace apenas tres años, en 2006. El CASA es un espacio de encuentro, de enseñanza y de creación. La perspectiva del CASA esta ligada al desarrollo sustentable y el respeto al entorno natural. La ecología es una de mis preocupaciones.

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Existe una proclama que habla de una “escuela oaxaqueña” derivada de las temáticas, el manejo del color, las formas y los materiales empleados por Toledo. Sin embargo, el artista disiente de la crítica. Él prefiere hablar de “algunos pintores jóvenes” y otros “no tan jóvenes” que le interesan. No quiere dar nombres, pero accede ante la insistencia: José Villalobos y Guillermo Olguín. Elogia la línea del ya consagrado Sergio Hernández. De los más jóvenes confía en los trabajos de Demián Flores y el Dr. Lakra.

Toledo no cree en una temática propia de Oaxaca, pero considera urgente la expresión de la realidad y la desgracia, los mundos internos y los externos, los entramados de una vida.

En el último mes el pintor ha documentado el tránsito de esclavos en el estado de Oaxaca, así como la presencia de estas comunidades en el Istmo a través de conferencias y exhibiciones de cerámica y grabados suyos que recrean el maltrato que se dio y sigue dándose a los esclavos y sus descendientes. Militante y generador de conciencia, el pintor se ha propuesto compartir su frustración ante el tráfico de infantes y mujeres; quiere informar al público de las humillantes condiciones de trabajo que se repiten en las regiones menos favorecidas. Está preparando una gran exposición inspirada en este tema.

“Me interesa el tema de la trata de esclavos. Busco retomar la historia de la humanidad y también mi propia historia. Yo nací muy cerca del Istmo y sé de la presencia africana en mi tierra. Todos los mexicanos podemos tener a un esclavo entre nuestros antepasados. En mi familia mi abuela revisaba los pies de los bebés al nacer para verificar su color. Todos padecimos el racismo, la desigualdad. La trata de esclavos es un tema que me apasiona por su actualidad, porque se esconde se hace invisible”.

Toledo se pone de pie. Su paso ligero lo lleva en dirección al Zócalo, parece flotar. Dibuja en el aire mientras saluda a los paseantes. La blancura de su atuendo se pierde en la multitud.

Linda Atach. Historiadora del arte y curadora.