El SNI, que paga sobresueldos a 15 mil estudiosos del más alto nivel,
parece un mundo aparte, ajeno a los problemas nacionales.
Un mal de origen, dice Fátima Fernández Christlieb, que conviene revisar

Entre los académicos de tiempo completo y en los institutos que se dedican a la investigación en México las siglas del SNI son plenamente identificables. Fuera de esos ámbitos, algo conocen los funcionarios públicos relacionados con el sector de la ciencia y muy poco sabe de ello la sociedad. Por la trascendencia que podría llegar a tener el Sistema Nacional de Investigadores conviene, ahora que está por cumplir 25 años de existencia, revisarlo y solicitar a sus miembros y a sus posibles beneficiarios propuestas viables para darle mayor congruencia.

¿Qué es el SNI y cómo surgió?
Unos 15 mil estudiosos nacidos en México o naturalizados reciben actualmente un sobresueldo del Estado por fomentar el desarrollo científico y tecnológico del país a través de sus investigaciones. Se estima que para finales del actual sexenio el número de ellos, que son miembros del SNI, será de 19 mil 850.1 La gran mayoría ha alcanzado el grado máximo de estudios, son doctores, son personas que han tenido la oportunidad de formarse académicamente con un alto nivel en alguna rama del saber.

El SNI surgió en 1984 no con el fin de que los científicos dieran luz para la solución de problemas nacionales o mundiales, ni tras de un concienzudo análisis sobre cómo mejorar las condiciones en que se genera el conocimiento. Tampoco fue producto de un diálogo entre las ciencias exactas y las sociales para buscar fórmulas que se tradujeran en un mínimo trabajo conjunto. El SNI es producto de la crisis económica de 1982. Ése fue el conflicto que le dio vida.

Hasta antes de esta fecha los académicos gozaban de incrementos salariales anuales y no era difícil conseguir apoyos para trabajos de investigación. Daba lo mismo si se producía mucho o poco, bueno o malo, cada año el cheque quincenal crecía y había respaldo institucional para investigar.

La falta de recursos marcó un alto. Para obtener un incremento salarial o financiamiento para proyectos hubo necesidad de mostrar competencias y productividades. Se creó el SNI y se diseñaron además programas de estímulos en las instituciones académicas. Con ello disminuyó también, en esos años, la fuga de cerebros. Se fortaleció igualmente un proceso de evaluación de la productividad científica, mismo que era incipiente y en ocasiones discrecional.

¿Qué saldo tenemos después de 25 años? Para responder recojo opiniones emitidas por numerosos investigadores en los últimos años. Tenemos una descomunal paradoja. Por un lado, la realidad nacional emite brutales señales de alarma y nos avisa que hay problemas severos, mientras que por otro los investigadores nacionales, salvo excepciones, se han convertido en expertos en llenar los formatos que exige el Conacyt y en presentar como diversos y versátiles aquellos productos que en numerosos casos son lo mismo con diferente envoltura. El país necesita a sus científicos, a sus doctorados, requiere de las ciencias para corregir rumbos. El planeta y las organizaciones humanas sufren colapsos mientras el apacible y al mismo tiempo abrumador universo de la gran mayoría de los académicos parece no inmutarse. Sus reglas del juego los mantienen preocupados, absorbidos y ensimismados. Son minoría los que viven atentos a los retos del mundo que los circunda.
Esta es la paradoja. Realidad nacional e investigadores nacionales no marchan armónicamente.

Evidentemente, no todo en el SNI es oscuridad ni conflicto. Hay saldos de luz. En un país como el nuestro podemos congratularnos de que la comunidad científica haya logrado darse a sí misma reglamentos que cada vez más recogen situaciones antes no previstas y que van afinando los modos de operación. Con un Estado tan corporativista como el que tuvimos o con unos organismos políticos tan voraces y necesitados de congruencia, resulta altamente satisfactorio contar con un sistema de investigación no dependiente de las luchas partidistas, aunque de vez en cuando padezca asechos, sobresaltos y tropiezos por depender de fondos públicos.

El SNI agrupa a los investigadores en siete áreas: 1) ciencias exactas, 2) ciencias de la vida, 3) ciencias de la salud, 4) humanidades y ciencias de la conducta, 5) ciencias sociales y económicas, 6) ciencias agronómicas y biotecnología, 7) ingeniería y ciencias de la tecnolo-gía. Los requisitos generales para mantenerse como investigador nacional o para subir de nivel son los mismos, aunque la naturaleza de los productos a evaluar en cada disciplina y la manera de dar a conocer los resultados de las investigaciones no puedan ni deban ser equiparables.

lineas

De lo planteado hasta aquí podrían derivarse numerosas reflexiones sobre el Sistema Nacional de Investigadores, así como sobre sus consecuencias para el desarrollo de la ciencia y los beneficios para la sociedad. Abarcarlos todos es una ardua labor de equipo que es urgente realizar, pero que resulta imposible siquiera plantearla adecuadamente en estos renglones. Tocaremos sólo algunos aspectos que inquietan a un buen número de colegas con miras a suscitar la discusión y a extenderla a otras cuestiones no contempladas en este texto.

Cuando el SNI cumplió 20 años la Academia Mexicana de Ciencias y el Foro Consultivo Científico y Tecnológico publicaron un libro que resumió lo expresado en conferencias, mesas redondas, entrevistas y testimonios sobre la trayectoria de este sistema.2 Se trata de un documento que presenta un diagnóstico disperso, algo repetitivo, pero muy rico de lo que ocurría hasta julio de 2004. Después de esta fecha se han publicado cuatro modificaciones al reglamento que rige la operación del organismo.3

Al crecer, el SNI acumula inconsistencias y vacíos que requieren atención. Resulta revelador que de 26 personas que hace cinco años emitieron su opinión sobre las fortalezas y debilidades del SNI, únicamente dos hacen referencia a lo que ocurre específicamente en las humanidades y las ciencias sociales.4 Los desafíos del presente exigen un ejercicio de revisión más riguroso y profundo que el entonces publicado, no sólo en ciertas áreas sino en todo el sistema. Se pretende contribuir desde aquí con algunas inquietudes que urge traducir en propuestas viables e instrumentables a corto plazo.

Los cambios en el SNI tendrán que proseguir por varias razones. Primera, porque al ritmo que va dentro de unas décadas no habrá presupuesto que alcance ni sistema de evaluación que pueda ser expedito. Segunda, porque la realidad investigada cambia de manera acelerada, no precisamente hacia una mayor racionalidad, y la sociedad necesita más de la acción de sus científicos. Tercera, porque este sistema nacional tuvo como matriz, paradigma, referente o modelo fundacional a las ciencias duras y aunque desde el inicio se abrió a las humanidades y a las ciencias sociales, éstas han tenido que batallar para ser evaluadas de acuerdo a su propia naturaleza y alcances.

Es justamente esto último, la naturaleza de las ciencias sociales y las humanidades, una de las preocupaciones del presente texto. La evaluación en estas dos áreas sigue luchando para sacudirse las camisas de fuerza que le fueron impuestas al nacer. Algunas de ellas tal vez habrá que adecuarlas aún más, y otras tienen que ser sustituidas para acortar la distancia entre los cubículos y la realidad social que en ocasiones se convulsiona y otras veces arroja fenómenos complejos que nadie desentraña.

Las comisiones dictaminadoras están desbordadas de expedientes y quienes las revisan tienen que preocuparse por cumplir, ellos mismos, los requisitos para permanecer en el sistema. ¿A qué horas van a poder cuestionar estos dictaminadores los rubros sobre los que evalúan? ¿Podríamos diseñar criterios menos tensionantes y más sensatos?

¿Ciencias más o menos
consolidadas?
La tendencia a tomar como modelo a las ciencias exactas tiene un origen antiguo. El estudio de lo humanístico y de lo social ha sido visto por la mayoría de los científicos duros, de la edad moderna para acá, como conocimiento blando. Esta no es una visión privativa de nuestras latitudes ni es reciente. Se origina en el siglo XVI en las regiones europeas donde se ubicaban las primeras universidades y en donde los estudiosos se organizaron y encontraron legitimación oficial. Tal fue el caso de la Royal Society, cuyo responsable de los experimentos de la época dejó asentado en los estatutos que se abocarían a perfeccionar el conocimiento de las cosas naturales sin ocuparse de política, gramática, metafísica, lógica y asuntos semejantes.

A principios del siglo XX, con más de un siglo de constantes y polémicas búsquedas de rigor epistemológico en los estudios sobre el hombre y sus modos de interacción, la misma sociedad británica excluyó deliberadamente de su ámbito a este tipo de ciencias.5 Desde entonces y desde antes, en las comunidades científicas de Occidente se percibe una división sobre sus miembros de acuerdo a sus objetos de estudio. Esta separación a veces es respetuosa pero con frecuencia está cargada de prejuicios o intentos de homologación.

Cuando un matemático, un químico, un astrónomo, busca comprender lo que ocurre con las ciencias sociales se queda estupefacto. Las palabras del físico Kuhn, tras de pasar un año en una comunidad integrada principalmente por científicos sociales son elocuentes: “…me asombré ante el número y el alcance de los desacuerdos patentes entre los científicos sociales, sobre la naturaleza de problemas y métodos científicos aceptados”.6 Ese desacuerdo se ha incrementado durante el casi medio siglo que ha transcurrido desde que este estudioso de la ciencia escribió su primer libro.

No hay consenso sobre qué es un problema relevante en el terreno de lo social, ni tampoco sobre cuál es la mejor forma de desentrañar un fenómeno humano. Cada disciplina, cada área, está convencida de que sus propuestas son correctas, trascendentes y prioritarias. La dispersión, la atomización del conocimiento, la repetición de estudios desde distintas especialidades se traduce en una infinidad de conceptos, métodos y técnicas que impiden un avance mínimamente coordinado. Bien lo dice Norbert Elias: cuanto más se asciende en la escala evolutiva de los ámbitos de los objetos, tanto más se diminuye la posibilidad de explicar suficientemente el comportamiento de las unidades más complejas cuando se coordinan entre sí y dependen unas de otras.7 No es lo mismo trabajar con un grupo de moléculas que con uno de seres humanos. La forma en que los elementos de uno y otro conjunto se integran entre sí posee diferentes grados de complejidad y muy distintas posibilidades de experimentación. Mientras más disciplinas existan y más autonomía tenga cada una, más difícil va a resultar explicar los fenómenos humanos y menos consolidadas estarán las ciencias sociales. ¿Habrá manera en el SNI o en la Academia Mexicana de Ciencias de propiciar algún tipo de diálogo sobre esto al interior del área cinco o de la cuatro, o entre todas?

¿Exportación de métodos
diseñados para lo no humano?
En vez de que los científicos naturales, duros, exactos o como se les quiera llamar a los de las primeras tres áreas del SNI, intenten un dialogo epistemológico permanente con los de la cuarta y quinta áreas, lo que ha ocurrido es que cada quien marcha por su lado y el modelo que se impone es el primero. Es por ello que en los informes que pide Conacyt las áreas cuatro y cinco tienen que registrar cuántas citas han obtenido sus trabajos, como si el desarrollo de las disciplinas siguiera la misma dinámica de aquellas investigaciones que avanzan gracias a que son leídas por la comunidad internacional abocada al mismo fenómeno. Fuera de las ciencias que viven sumergidas en la experimentación y que pueden documentar repeticiones que garantizan constantes, en los demás terrenos las citas son otra cosa, son muchas cosas. Citar a alguien puede ser una seña de identidad o pertenencia a una corriente teórica o predilección por un autor. Puede ser, también, que se cite a alguien debido a su gran exposición mediática, o podemos estar frente al típico “te cito y me citas”. Hay también, por supuesto, referencias serias, con rigor y pertinentes, pero en cualquier caso no es éste un elemento que deba contar mayormente en las áreas cuatro y cinco.

¿Qué criterios podríamos establecer en ciencias sociales para sustituir las citas o disminuirles peso? Al interior de cada disciplina se trabaja, se producen infinidad de reportes, se publica una cantidad enorme de artículos y libros. La maquinaria de la academia está entrenada para mostrar productividad, para justificar salarios y financiamientos. La pregunta es si las formas de evaluar todo esto son las más pertinentes o si podemos proponer otras nuevas aunque tengamos que trabajar mucho para construirlas y aprobarlas.

Desde 1984, con la creación del SNI, las áreas cuatro y cinco han acatado una forma de evaluación que no contempla del todo las especificidades de la realidad que estudian. Todos sabemos que no hay y no puede haber un método científico universal. Los físicos y los matemáticos persiguen la formulación de leyes generales, los sociólogos, los politólogos y muchos más buscan explicaciones para situaciones específicas y a partir de ellas pueden plantear modelos o teorías, pero no de la misma manera que las áreas uno, dos y tres. Como dice Elias: “los objetos de un nivel de evolución y organización superior siempre pueden ser conocidos mediante la investigación humana, pero nunca suficientemente por vía puramente analítica, es decir, mediante el estudio de tales unidades parciales aisladas”.8 Sin embargo, todavía es pesada la presencia de estudiosos que intentan ponerle números a cualquier reporte de investigación y aplican los procedimientos de las ciencias duras, aunque tengan que jalonear la realidad para hacerla entrar en conceptos que fueron formulados para la materia y no para sujetos dotados de conciencia e inconsciente.

Es obvio que cada tipo de ciencia posee estructuras propias y por lo tanto requiere de métodos propios, pero una cosa es el procedimiento para acercarse a una realidad y otra es la división tan brutal que hemos creado entre naturaleza y sociedad. Este abismo que se ha creado entre las ciencias no es ajeno a la devastación del planeta. Resulta pertinente recordar aquello que hace casi 30 años planteó Luis Villoro: la ciencia no puede reemplazar a la sabiduría, ni ésta a aquélla porque ambas son formas de conocimiento necesarias para la especie.9 El sentido del universo lo da la sabiduría, no la ciencia, pero la primera no abunda en el SNI. Tal vez en el área cuatro sepan hablar de ella, pero hace falta algo más que eso.

¿Dónde y cómo dar a conocer lo investigado?
Otra herencia histórica que no ha sido cuestionada lo suficiente es la del destino de los artículos de investigación. Es absolutamente necesario que los investigadores en física, matemáticas, química, biotecnología o medicina den a conocer sus hallazgos en las revistas científicas especializadas cuya matriz editorial pueda ubicarse en cualquier país y cuya población-objetivo sea la propia comunidad científica. Sólo así es posible replicar experimentos que confirmen la validez de los resultados.

espejo

Lo anterior no necesariamente aplica para las humanidades y las ciencias sociales. Es pertinente y aplaudible que los humanistas y estudiosos de lo social den a conocer sus productos en revistas indizadas internacionalmente, pero no siempre y no todo. Hay temas de investigación que serían de enorme utilidad social en una revista de divulgación de amplia circulación, y que por el contrario resultarían inentendibles fuera del contexto que les dio origen.

Sería triste verificar que quienes logren elaborar estudios sobre el proceso de cooptación de jóvenes mexicanos por los cárteles de la droga para convertirlos en sicarios, se tengan que preocupar por colocar sus trabajos en una revista arbitrada extranjera que les da mayor puntaje, en vez de buscar la manera de difundir estos resultados entre los tomadores de decisiones nacionales u organizaciones civiles que trabajan en esta área. Urge armar un catálogo de revistas de divulgación indizadas.

Hay trabajos sobre fenómenos poblacionales mexicanos que no tienen por qué ir a parar, por ejemplo, al Swiss Journal of Sociology y enfrentamos conflictos de corte electoral que si bien pueden ser publicados en la American Journal of Political Science o en alguna publicación internacional reconocida, también merecerían una versión en video para la televisión nacional, otorgándosele a este último medio un puntaje más alto del que ahora tiene.

Aquí entramos a una zona polémica: ¡los medios electrónicos abiertos a todo público! Es importante que los investigadores nacionales ocupen espacios en estos medios en los que se forma y se informa el grueso de la población. De hecho, el SNI, en su glosario, contempla la divulgación de la ciencia como una labor multidisciplinaria cuyo objetivo es comunicar conocimiento científico utilizando para ello una diversidad de medios y sugiere hacerla accesible. La tarea ya está reconocida, lo que se requiere es buscar salida en medios de amplia cobertura y decidir en qué casos se trata de investigación para la difusión, buscando darles un mayor peso en el momento de la evaluación.

Con lo que se produjera en video, más lo que ya se publica en medios impresos de diverso tipo, bien podría integrarse una biblioteca nacional de la producción científica, donde todo aquello que los investigadores entregan a Conacyt, en vez de ser devuelto o destruido, pudiera ser consultado ahí por cualquiera: por servidores públicos, por estudiantes, por empresarios, por quienes tengan deseos de ilustrarse o de decepcionarse con lo que ocupa a los más escolarizados del país.

La multidisciplinariedad
para ayudar a comprender
En la página 35 de la reflexión colectiva que se publicó con motivo del vigésimo aniversario del SNI, el ex rector de la UNAM, José Sarukhán, mencionó algo que conviene transcribir: “Nos estamos acercando a un tiempo en que los problemas más importantes que tiene la sociedad y los asuntos que debe encarar la investigación son de naturaleza muy compleja, con fenómenos que no se comportan linealmente y que tienen una índole multidisciplinaria”.

Multidisciplina es la palabra. Multidisciplina que pueda con el tiempo llegar a la transdisciplina, a la creación de referentes simbólicos comunes para desentrañar y enfrentar la complejidad de los asuntos que tenemos delante. El resultado de estos trabajos podría presentarse en dos versiones, una para las publicaciones arbitradas e indizadas, y la otra para ser divulgada en medios masivos. Una propuesta de este tipo no puede instrumentarse de la noche a la mañana. Ni los equipos transdisciplinarios pueden improvisarse ni la producción radiofónica y televisiva puede elevar su puntaje dentro de los sistemas de evaluación sin una profunda discusión previa.

El objetivo de todo esto, sin embargo, es encontrar la fórmula para que el Sistema Nacional de Investigadores sea funcional y eficiente dentro de 10, 20, 50 o 100 años. Para que se produzca ciencia básica sí, de la mejor calidad del mundo sí, pero también para que los doctores en ciencias sociales y en humanidades contribuyan, con lo que descubren, a hacer más comprensible y habitable el planeta.

Hay investigadores ya convencidos de las ventajas de ocupar ciertos espacios en los medios electrónicos masivos, pero hay miles que no se lo han planteado, sea por prejuicio o porque la inercia mental de la evaluación tradicional se los impide. Otros definitivamente no lo ven pertinente o no tienen ganas de complicarse la rutina cotidiana. Se conocen, sin embargo, casos de investigadores en activo que han construido espacios mediáticos en los que difunden sus conocimientos a la población.10 Ante la baja calidad de la mayor parte de los programas radiofónicos y televisivos y como un tipo de puente entre los académicos y la población, la difusión en medios informativos de amplia cobertura aparece como tarea obligada para quienes tuvieron el privilegio de obtener una alta formación. No es éste un conducto que deba hacerse obligatorio, no es para todos los investigadores, es una opción que tiene un valor social alto, que requiere un esfuerzo colectivo serio, que podría llevarse a cabo con la participación directa de comunicadores de la ciencia que ya comienzan a formarse en algunas universidades.

Este tipo de divulgación no puede hacerse desde el territorio amurallado de cada área. La naturaleza no reconoce las fronteras y líneas divisorias que se han alzado entre las disciplinas. Se trata de un trabajo entre éstas, inter, multi, transdisciplinario con un buen comunicador de la ciencia en cada colectividad científica.
La difusión en medios electrónicos, obviamente, tendría que realizarse en espacios adecuados aun contemplando a los medios comerciales, eso sí, con la inevitable negociación que desemboque en firmas de convenios muy precisos y revisables en un lapso razonable. También se requeriría lograr producciones con la calidad que exige la tecnología digital, con lenguaje accesible para todo público, y todo esto con el aval de la comunidad científica.

¿Y si las ciencias fueran más útiles en la gestión pública?
La sociedad mexicana alcanzó ya niveles de hartazgo respecto a los partidos políticos y la comunidad científica no es excepción. También ésta arrastra animadversión hacia lo gubernamental, hacia lo clientelar, hacia las distorsiones de la política. El problema es que la gestión de lo público es indispensable y un puente entre ciencia y sociedad difícilmente deja de pasar por instancias de gobierno.

Aún estamos lejos de contar con instituciones estatales sólidas, confiables e inmunes a los jaloneos sexenales. Poco y mal hemos avanzado en la consolidación del servicio profesional de carrera,11 el cual supuestamente permitiría contar con servidores públicos profesionales, con experiencia y garantes de la continuidad de aquellos proyectos técnicos que deben marchar de manera permanente, gobierne el partido que gobierne.

En este momento ni los servidores públicos conocen las líneas de investigación de los miembros del SNI, ni éstos están suficientemente informados de los programas sectoriales que se intentan llevar a cabo. El primer paso es tender un puente informativo entre los responsables temporales de programas clave para el país y quienes han dedicado su vida a explorar esos fenómenos desde disciplinas distintas. Puentes multidisciplinarios e intersectoriales permanentes sería lo sensato. Pero no en lo oscurito ni de manera individual, sino a través de equipos de investigación que asesoraran con toda lucidez y transparencia a un equipo gubernamental que de manera coyuntural está responsabilizado de ciertas tareas. Tenemos que encontrar la fórmula para que estas tareas, más allá de la satisfacción de contribuir a sacar del hoyo al país, tengan un puntaje alto en la evaluación de cada área del SNI.

Obviamente, hay áreas, temas, investigaciones que no tienen traducción alguna en programas públicos, que son acervo de sabiduría humana y que su aportación al mejoramiento de la vida colectiva sería comunicando ese saber, de preferencia a través de medios masivos.

Las universidades deciden a qué proyectos de investigación quieren dedicarse, para ello unas son autónomas y otras son instituciones privadas, pero si los investigadores deciden solicitar su ingreso a un sistema que se financia con fondos públicos y si se les distingue como investigadores de la nación, algo tendrían que aportar a lo que sucede en esa nación. Verdad de Perogrullo.

¿Todos los científicos sirven para todo?
Cuando se suscita una emergencia o brota un tema inusual los medios informativos buscan rápidamente a aquellos expertos que se han labrado un nombre fuera de la academia o a los que resultaron ser conocidos de alguno que trabaja en medios. Si el SNI publicara los temas a los que se dedica cada investigador nacional se tendría un listado de miles de títulos que podrían ayudar a localizar a los epidemiólogos, a los expertos en población o en los que fuera necesario. Eso sería muy positivo pero tendría sus problemas. Entre los científicos, como en cualquier comunidad humana, hay personalidades, historias de vida, formas de expresión. Sería factible que una eminencia que ha alcanzado nivel III del SNI sepa todo sobre cómo se integra el material genético de un virus o cómo se pueden mejorar los análisis moleculares que permitan identificarlos, pero es probable que no lo sepa comunicar. Hay científicos a los que no se les facilita traducir a términos comprensibles aquello que conocen bien. Abundan los que desconocen el lenguaje de los medios. Hay otros que las cámaras, micrófonos y reflectores los atemorizan, lo suyo es el laboratorio. A éstos habría que calificarlos por lo que saben hacer y realizan con gusto.

A otros les resulta sencillo y atractivo divulgar los conocimientos e innovaciones de una ciencia, y es probable que al mismo tiempo sean excelentes profesores que se preocupan por investigar asuntos relativos a la pedagogía más adecuada para las nuevas generaciones y también sepan lidiar con los estudiantes que buscan su grado o posgrado. Estos académicos tendrían un puntaje alto en docencia, comunicación de la ciencia y en dirección de tesis.

Es obvio que no todos los investigadores son igualmente aptos para todos los rubros en los que son evaluados. Casi siempre hay una parte del paquete que los científicos hacen por mera obligación y no la hacen bien, pero no la abandonan porque el riesgo de bajar de nivel en el SNI o salir del sistema significa una pérdida del ingreso con el que ya cuentan sus familias y una degradación académica. Para eliminar este problema cada investigador tendría que comprometerse con las tareas más afines a sus fortalezas y sobre ellas ser evaluado de manera prioritaria.

Abrir la discusión
Varias de las cuestiones aquí planteadas podríamos trabajarlas antes de que el SNI crezca más. A finales de 1983 se presentó un primer diseño de este sistema y contemplaba un total de 500 investigadores. Se decidió abrirlo sin poner tope. Para el año 2012 la proyección dice que habrá casi 20 mil, con lo que se complicará aún más la evaluación. Y lo que es peor: se ahondará el abismo entre las complejidades colectivas a resolver y quienes podrían aportar soluciones.

Aquí se planteó la necesidad de configurar equipos transdisciplinarios, de considerar la divulgación a través de medios electrónicos como un rubro relevante y se señaló algo que es obvio: no todos sirven para todo y sí son evaluados en todo, lo cual se traduce en malestar, fatiga y bajo rendimiento. Al igual que estas cuestiones hay muchas más que habrían de revisarse ahora que se cumplen los primeros 25 años de un sistema que, como su nombre lo indica, es nacional y, por ende, algo tiene que ver con la nación y mucho tendrá que ver no sólo con sus emergencias sino también con su vida en el día a día.

Fátima Fernández Christlieb. Doctora en sociología. Su último libro es La responsabilidad de los medios de comunicación.

Pies
1 Programa Especial de Ciencia y Tecnología 2008-2012 elaborado por Conacyt, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 16 diciembre 2008.
2 Academia Mexicana de Ciencias y Foro Consultivo Científico y Tecnológico, Una reflexión sobre el Sistema Nacional de Investigadores a 20 años de su creación, México, D.F., febrero 2005, 146 pp. 3 El actual reglamento se publicó el 21 de marzo de 2008 en el Diario Oficial de la Federación. 4 Se trata de quien encabezaba la Coordinación de Humanidades de la UNAM y de la doctora en filosofía Juliana González, emérita de la UNAM.
5 Snow, C.P., The two cultures and a second look. An expanded version of the two cultures and the scientific revolution. Versión en español: Las dos culturas y un segundo enfoque, Alianza Editorial, Madrid, 1977, p. 114. 6 Kuhn, T.S., La estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica, México, quinta reimpresión, 1983, p. 13. 7 ¿Quién es Norbert Elias? Uno de los mejores sociólogos que ha producido la humanidad y uno de los más desconocidos. Cinco de sus 15 libros publicados en español fueron editados por el Fondo de Cultura Económica.
8 Elias, N., “¿Ciencia o ciencias?”, en: La civilización de los padres y otros ensayos, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1998, p. 385.
9 Villoro, Luis, Creer, saber, conocer, Siglo XXI, México, 1982.
10 En el área de historia hay, por ejemplo, dos programas radiofónicos que tienen una notable audiencia y su contenido es producto de investigación académica. Uno es “Conversaciones sobre historia” que se difunde en Horizonte, emisora del Instituto Mexicano de la Radio, y el otro es “Temas de nuestra historia” cuya transmisión se realiza a través de Radio UNAM.
11 La Ley del Servicio Profesional de Carrera en la Administración Pública Federal se publicó en el Diario Oficial el 10 de abril de 2003 y su reglamento un año después.