La corbata que llevó
el día de su entierro
fue la mía.
No lo noté de inmediato.
Ahí estaba: gris, a rayas azules y negras,
y tuve que verla unas cuantas veces
para entender
que se trataba de esa misma,
y que no podría usarla
ni yo
ni nadie
nunca más.
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