“El día pasado, cuando el Almirante iba al río del Oro,
dijo que vido tres serenas que salieron bien alto de la mar,
pero no tan hermosas como las pintan”.

Cristóbal Colón, Diario del primer viaje (1491-1493).

La Odisea es un poema de falsos comienzos y falsas conclusiones. A pesar de la invocación del inicio, en la que el poeta pide a la musa que le cante “de aquel hombre astuto que, ahora errando por los mares, alguna vez asaltó las sagradas torres de Troya”, el lector siente que estos versos son la coda, que la musa ha acabado su tarea, que la historia ya ha sido contada.

El primer libro nos repite que Ulises ha zarpado de Troya desde hace tiempo, que ha sufrido un sinnúmero de percances, y que tanto su hijo como su mujer no saben dónde se halla. Las últimas páginas, en cambio, nos dejan en suspenso, con una batalla interrumpida por Atenea y con la implícita promesa de un futuro viaje que la sombra del adivino Tiresias ha anunciado. No sólo principio y fin no lo son de manera cabal: cada aventura de Ulises ya conoce el desenlace, retoma la historia del regreso desde un punto de vista diferente y propone para el héroe un reiterado conflicto y una reiterada amenaza con nuevos personajes. El suyo es un eterno retorno.

En el tortuoso camino de idas y venidas al que lo condena el irascible Poseidón, Ulises debe sobreponerse a múltiples peligros que son otras tantas posibilidades aparentemente inevitables: llevar una vida de esclavo como cautivo de la bella Calipso; ser culpable de infidelidad si cede a la princesa Nausicaa; olvidarse del mundo con los comedores de loto; ser vilmente devorado por el cíclope caníbal; ser destrozado por los vientos del rey Eolo que sus torpes compañeros liberan; caer preso de los monstruos Escila y Caribdis; ser asesinado por los traicioneros pretendientes de su mujer. A cada paso, Ulises debe elegir una manera sabia y certera de salir del percance, con la esperanza de que éste será el último y sabiendo, sin embargo, que no lo será.

La profecía de Tiresias, como intuyó Dante, ahonda y brinda un tono trágico a la aventura del regreso, volviéndolo de alguna manera infinito con la promesa de “uno más”. Ulises, a quien Dante coloca en el Infierno por mentiroso, cuenta ese último viaje menos como una nueva empresa que como un resumen de todas las anteriores. Dirigiéndose a sus camaradas, les dice:

Oh hermanos —dijo—, que por mil peligros
Habéis llegado aquí, al occidente,
Y a esta pequeñísima vigilia

De los sentidos, la sola que nos queda,
No rechacéis, en pos del sol corriendo,
Del mundo inhabitado la experiencia.

Considerad vuestra simiente verdadera
No nacisteis para vivir como las bestias
Sino para seguir virtud, saber y ciencia.