La literatura mexicana era tranquila, decente, apagada. Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, José Vasconcelos escribían dentro del canon, ninguno se desbordaba (bueno, Vasconcelos sí era “turgente”, adjetivo al que recurría con frecuencia). Egresados de la Facultad de Derecho, servían al gobierno en las secretarías de Estado, en la diplomacia; esto los volvía tristes. El propio Alfonso Reyes le aconsejó al joven Fuentes estudiar leyes porque no iba a poder vivir de su escritura. En la Facultad de Derecho, a la sombra de su maestro Manuel Pedroso, Carlos Fuentes conoció a Sergio Pitol, estudiante de leyes, quien contó que el verdadero interlocutor del maestro era Fuentes porque, de todos los discípulos, era el que más sabía. Fuentes había vivido en Panamá, en Quito, en Santiago de Chile, en Montevideo, en Washington, en Río de Janeiro, en Buenos Aires. De tanto leer y de tanto escuchar a los ilustres invitados de su padre, don Rafael Fuentes, su conocimiento superó al de cualquier muchacho de su edad.

Fuentes pudo haber escrito en inglés, pero escogió el idioma español, el de sus padres, el de su país: México. Recuerdo que cuando llegué a México, doña Josefa Martínez del Río, en cuya casa de la calle Berlín jugábamos, me dijo que no dijera “mande” ni “con permiso” porque eso era cosa de criados. A diferencia de los españoles que hablan a gritos y son los dueños del idioma, nosotros pedíamos perdón: “¿Te sirvo tu tesito?”, nos disminuíamos al usar diminutivos, nos desposeíamos. A los 30 años (nace el 11 de noviembre de 1928 en Panamá) Fuentes logró que México entrara al mundo por la puerta grande al cambiar la literatura nacional para siempre. Ya la había entreabierto
con {Los días enmascarados} publicada en “Los Presentes” en diciembre de 1954, en el que leí fascinada el “Chac Mool” que inició un tema recurrente en su literatura, el del indio.

Han pasado cincuenta años desde el día en que Carlos Fuentes se convertiría en el paradigma del escritor mexicano. El 7 de abril de 1958 apareció en las librerías de México {La región más transparente} acompañado de polémica y gritos de indignación. Los ojos de Fuentes brillaban más que de costumbre. Luis Cardoza y Aragón saludó la aparición de un gran escritor, Elena Garro se deshizo en denuestos. A partir de entonces, Fuentes conocería la guillotina. “Al que asoma la cabeza, en México se la cortan” —me dijo en alguna reunión.

La envidia y la maledicencia habrían de perseguirlo, pero también un reconocimiento exterior que se manifestó en una cantidad deslumbrante de ponencias, en congresos internacionales sobre su obra, en traducciones a todos los idiomas, en doctorados, en premios como el Cervantes, en invitaciones de las grandes universidades del mundo.

A partir de la aparición de {La región más transparente,} Fuentes llegó a publicar hasta dos novelas por año. Los días no le alcanzaban, trepidaba, tascaba su freno. El dedo integral resultó prodigioso. En 1962 salieron {La muerte de Artemio Cruz} y {Aura}; en 1967, {Zona sagrada} y {Cambio de piel}; en 1968, dos ensayos: {París, la Revolución de mayo} y {Líneas para Adami}; en 1969, tres obras: {Cumpleaños, La nueva novela hispanoamericana} y {El mundo de José Luis Cuevas}; en 1971, el ensayo {Casa con dos puertas} y T{odos los gatos son pardos}; en 1975, {Terra Nostra}, de 783 páginas, y en 1987 {Cristóbal Nonato}, de 569.

Fuentes era un tornado, un fenómeno tan desconocido como la ciudad de México, que se afanó en revelar al mundo con su visión totalizadora. Así como recorrió el DF de día y de noche para contarlo, trasegó al mundo con la sola fuerza del español que él había hecho entrar por la puerta grande de la literatura, el español que no pide permiso ni recurre a los diminutivos, el del México bronco, el de la poesía y el del habla popular e indígena, el de la gran imaginería, el del enorme sentido lúdico y creativo. Carlos Fuentes ofreció al planeta la potencia ignorada del español que forma la personalidad de nuestra América Latina.

Fuentes, vestido de lino blanco, tan impecable como Alec Guinness en {El hombre en La Habana}, su mint julep mojándole los labios, la hierbabuena que emerge del vaso de cristal, suscitó la envidia de sus compañeros de sexo y la pasión de múltiples mujeres que inmediatamente fueron a dar a sus novelas.

A casi 80 años de su nacimiento, Carlos parece ser el mismo joven. Delgado, guapo, sonriente, sin panza, seguro de sí. Escribe sin parar y es un modelo que queremos seguir. Ahora Fuentes ya no podrá afirmar, como lo hizo hace más de 50 años cuando lo entrevisté, que en México el escritor es un paria; que la crítica auténtica se le haya negado, que no se le haya otorgado la mínima consideración, tanto social como literaria; no podrá alegar indiferencia pública; no se podrá culpar a sí mismo por haber hecho de la escritura una actividad secundaria relegada por las ocupaciones cotidianas o de no haber ejercido su conocimiento crítico y su facultad de discernir y proponer valores en la vida inmediata y actual de México, como la adecuación de nuestros sistemas políticos a reglas de consenso y participación populares. Más bien, Fuentes
podrá llamarse a sí mismo héroe y jactarse de su arrojo al publicar libros fundamentales para México (como él mismo dijo al referirse al {Pedro Páramo} de Rulfo). Fuentes podrá gritar, finalmente, que salió victorioso de la batalla contra la indiferencia, la abulia y la simulación, una osadía en un país donde se lee poco y se entiende menos, y que, a pesar de ello, todos han oído hablar de esa “persona” que hizo de la suya una profesión: el escritor Carlos Fuentes. {{n}}