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T{elebasura} se le ha denominado en otras latitudes a ese estilo de la televisión que se refocila en el morbo, explota el sensacionalismo, soslaya cualquier pretensión de calidad y le falta al respeto a la gente —comenzando por los telespectadores—. La definición de {telebasura} puede ser escurridiza porque habitualmente se piensa en ese concepto delante de programas específicos, ante cuyas ordinarieces por lo general no queda más que el rechazo veloz y cambiar de canal. El término mismo indica que se trata de una televisión ante la que no hay nada que hacer. Aparentemente viene de {Trash TV,} expresión con la que fueron designados a fines de los años ochenta, en Estados Unidos, algunos programas de discusión especialmente notorios por sus contenidos procaces y discriminatorios.

En 2004 una encuesta del Consejo Audiovisual de Cataluña preguntó en torno a cinco características potencialmente definitorias del término “teleporquería”. Para
el 36% de quienes respondieron, lo que mejor singulariza a esa televisión es la “creación de personajes famosos sin ningún mérito profesional o artístico”. Al 28% le pareció que implica la “intromisión en la vida privada de las personas”. Para el 9.5% se trata de la “difusión de rumores e informaciones no contrastadas”. El 7.4% consideró que a la telebasura la distingue el lenguaje soez. El 2.8% respondió que esa televisión ofrece una “visión degradada y negativa de la mujer”.

En todo caso y aunque nuestra experiencia cotidiana puede documentar nuevos casos, sesgos y permanencias de la telebasura, conviene recordar que desde hace algunos años el {Diccionario de la Real Academia Española} incorpora ese coloquialismo:
“conjunto de programas televisivos de muy baja calidad”.

{{Comediantes en vez de comentaristas}}
La calidad se está convirtiendo en la nueva piedra de toque para la deliberación de los medios de comunicación, especialmente
la televisión. Cada vez más grupos de ciudadanos preocupados por los medios y sus contenidos encuentran que llevar esa discusión al tema de la calidad les permite evaluar, comparar y exigir con mayor precisión ante las empresas televisivas.
Más allá de cómo se le mida y defina, pareciera que la calidad no tuvo una presencia destacada en el desempeño de los consorcios de la televisión privada mexicana durante los recientes Juegos Olímpicos en Pekín.

En las transmisiones que tanto Televisa como Televisión
Azteca hicieron desde la capital de China, los cómicos desplazaron a los locutores; los conductores y especialistas tuvieron que ser patiños en cuchufletas de gusto más que dudoso; en vez de la difusión en extenso de las competencias deportivas había dilatados segmentos presuntamente humorísticos,
reportajes que buscaban asombrar y encandilar más que mostrar la realidad de China, anécdotas y gracejadas al margen de la información de los Juegos Olímpicos.

Los albures (descafeinados al momento mismo en que eran exhibidos y trivializados en televisión); la exhibición de muchachas guapas que hacían sin talento pero con notorios
atributos de otra índole el trabajo de los reporteros; las casi siempre malogradas
esperanzas de triunfo o las victorias de los cuatro deportistas mexicanos que ganaron medallas y cuyo meritorio esfuerzo resultó apabullado por la verbena electrónica: tales fueron recursos que las televisoras nacionales exprimieron hasta el empacho.

La carpa y el vodevil en reemplazo del deporte: ese fue, al menos en parte, el saldo televisivo al cabo de 16 días de transmisiones en agosto pasado. El exceso
de tales recursos fue tan desmedido y la cobertura de los deportes tan pobre que incluso Eugenio Derbez, uno de los comediantes que se esforzaban por animar
la transmisión desde el exótico foro que Televisa montó en Pekín, dijo en cuanto terminaron las jornadas olímpicas:
“En esta lucha por el {rating}, creo que las dos televisoras perdieron el enfoque de (lo que) es un programa deportivo, en el que debe ir aderezado con comedia. De repente eran más las cápsulas de lo que fuera. Éramos muchos, en Televisa éramos Montserrat, Mayrín, Marisol, El Compayito, Omar Chaparro y yo, el niño
Mateo… Era una cosa excesiva”.

Y lo fue, en efecto. De acuerdo con una encuesta levantada poco antes de que terminaran los juegos, el 61% de los televidentes mexicanos prefiere ver las competencias completas y no resúmenes o fragmentos como los que difundieron las televisoras nacionales. El 48%, por cierto, consideró que el humor procaz del payaso Brozo no le parecía adecuado para el horario matutino que fue cuando
lo transmitió el Canal 2 durante los Juegos Olímpicos.

Más allá de subrayar la afición deportiva
insatisfecha de los espectadores de Azteca y Televisa, es posible preguntarnos
por qué estas empresas apostaron por un modelo de televisión tan ostensiblemente
fincado en el espectáculo ramplón. Mientras en todo el mundo la televisión dedicó anchos espacios a la transmisión de los eventos deportivos, en las cadenas de la televisión abierta mexicana el deporte era pretexto y no el contenido central.

En México las cadenas de televisión abierta han apostado siempre a la búsqueda
de rendimientos máximos con esfuerzos
mínimos. Comicidad previsible, estructuras dramáticas escuetas, repetición
y explotación de contenidos y personajes
hasta desgastarlos y trivializarlos, han sido constantes primero en Televisa y luego en esa mala y deficiente copia suya
que ha sido Televisión Azteca.

Las chabacanerías siempre formaron parte de la programación de esas empresas
y estaban destinadas a satisfacer la idea que los directivos y productores
de las televisoras han tenido, por lo general, del público mayoritario en este país. Aquella frase de la televisión para los jodidos, que tantos cuestionamientos
le ganó al {Tigre} Azcárraga, no era un exabrupto sino una descarnada descripción de las pautas que Televisa imponía en sus programas destinados a las audiencias de más limitado poder adquisitivo. A partir de la idea de que a los pobres les gusta la televisión burda, elemental y previsible, Televisa ha innovado
y arriesgado poco en el campo de los estilos y enfoques de producción. Sin embargo, de cuando en cuando esa empresa ofrecía algo más, a veces en la difusión de programas culturales, o en ocasiones en la discusión de asuntos públicos
aunque siempre con restricciones políticas constatables.

{{Menos rating, peor TVT}}
De un tiempo a la fecha Televisa y Azteca han degradado todavía más la calidad —para llamarle de alguna manera—
de su programación. Primero, a comienzos del milenio, apostaron a series de presunta espectacularidad como los {reality shows} que muy pronto
se parecieron tanto a sí mismos que dejaron de interesar al auditorio. Más recientemente, al tratar de desempolvar
antiguas rutinas cómicas y piezas dramáticas que en otras épocas se convirtieron
en estereotipos de la cultura popular mexicana, pero sin la chispa creativa ni la originalidad que tuvieron sus primeras versiones, las televisoras se han circunscrito, con pocas excepciones,
a ser groseras parodias de aquella producción de hace algunas décadas.

La causa de esa involución, que demuestra
que lo que ya es malo siempre puede ser peor, se encuentra en la caída de la audiencia de las televisoras nacionales.
En mayo de 2008, que es la fecha más reciente para la cual había información
disponible cuando escribimos esta nota, la empresa de medición de audiencias Ibope AGB encontró que el programa de la televisión mexicana
que alcanzó más espectadores fue la telenovela {Fuego en la sangre}, en el Canal 2, con 12.66 puntos de {rating}. En segundo lugar se ubicó, en esa emisora, un mensaje del presidente Felipe Calderón,
con 10.5 puntos. El programa de mayor audiencia en Televisión Azteca fue, en el Canal 7, el partido de futbol Cruz Azul contra Santos con 7.29 puntos.
El partido Santos contra Monterrey alcanzó 6.28 puntos en Canal 13. Y las películas de mayor {rating} se transmitieron
por Canal 5: {Bob Esponja} tuvo 6.26 y {El Hombre Araña} 5.8 puntos.

Un punto de {rating} puede ser el porcentaje
de personas que en una región determinada esté viendo televisión en un horario específico, o el porcentaje de hogares en donde, habiendo un televisor encendido, se ve el mismo programa. La falta de claridad en la metodología que utiliza y el carácter confidencial de sus bases de datos, dificultan saber a qué se refiere la filial mexicana de la empresa Ibope cuando da a conocer sus mediciones
de {rating}. Esa firma no registra el comportamiento de los públicos en todo el país sino en una selección de ciudades en donde se encuentra menos de la mitad de los mexicanos. No obstante
esas limitaciones, las estimaciones de Ibope son las únicas de las que se dispone para conocer las audiencias de la televisión mexicana.

Con esas prevenciones, cuando se comparan los {ratings} más recientes con los que alcanzaban las televisoras nacionales
en épocas nada distantes, se aprecian diferencias que seguramente tienen secuelas en el estancamiento de la programación de la televisión mexicana.
10 años antes del mes en el cual se registraron los {ratings} antes citados, el programa de mayor audiencia fue la serie cómica {Derbez en cuando}, que alcanzó
39 puntos. En segundo sitio estaba
la telenovela {La usurpadora}, con 35.6 puntos. En tercero el programa cómico {Qué nos pasa}, con 33.6. Todos ellos se transmitieron en el Canal 2 en la semana
del 4 al 10 de mayo de 1998.

Las películas con más telespectadores en aquella semana fueron, en Canal 5, {Mira quién habla} con 20.2 puntos de {rating}
y {Mira quién habla también}, con 18.7 puntos. Los eventos deportivos más vistos
en mayo de 1998 fueron los partidos de futbol Toluca contra Necaxa en Canal 2 con 25.3 puntos y River Plate contra América en Canal 5 con 17 puntos.

Los programas de mayor audiencia en TV Azteca fueron el noticiero {Hechos} con 7.8 puntos y la película {Sepultado vivo}, ambos en Canal 13.

En el transcurso de una década la audiencia
de Televisa cayó a un tercio de los niveles que tenía en 1998, de más de 30 a menos de 10 puntos, al menos en los programas de mayor {rating}. Las audiencias
de TV Azteca se mantienen estables y siguen siendo menores a 7 u 8 puntos.

A pesar del acaparamiento que ejercen
esos dos consorcios en las frecuencias
de televisión abierta, y en parte debido
a la monotonía que esa situación propicia en la programación, la audiencia
se ha dispersado en distintas opciones.
Por un lado, cada vez más televidentes
destinan mayor tiempo a mirar programas y películas grabados en formatos
como el DVD. Y a la vez, aunque sigue estando restringida a un segmento
minoritario de la población (aproximadamente
30% de los mexicanos) la televisión de paga, que se difunde por vehículos como el cable y el satélite, encuentra
nichos de mercado específicos y relativamente estables. Así se explica al menos en parte la cuantiosa pérdida de {rating} de Televisa y el estancamiento de Azteca en bajos niveles de audiencia. Lo más paradójico es que, en busca de audiencia, esas empresas explotan viejos y deteriorados esquemas de programación:
más televisión desechable.

No parece casual que durante los Juegos
Olímpicos de agosto pasado muchos telespectadores no hayan preferido a las televisoras nacionales sino la programación
de TVC Deportes, un pequeño y modesto canal de cable que tuvo el buen tino de ofrecer transmisiones completas y directas de los torneos en Pekín. Allí no había payasos, ni albures, ni personajes de {Libro Guiness}: simplemente se difundieron
las competencias deportivas narradas por comentaristas que saben del tema.

No hace falta demasiada severidad para
encontrar numerosas similitudes entre la programación que las cadenas de televisión
abierta ofrecen a los mexicanos y los rasgos con los que en otros sitios se ha identificado a la telebasura. Tampoco transcurrirá mucho tiempo para que en México, igual que sucede en otros países, se conozcan reacciones del público en contra de la televisión de ínfima calidad y a favor de otras opciones en el campo de los medios de comunicación.

{{Referencias}}
“Admite saturación de humor”, {Reforma}, 25 agosto de 2008.

“Encuesta. Gusta Derbez, pero Brozo no tanto”, {Reforma}, 21 de agosto de 2008.

Manuel Pares i Maicas, “La ‘telebasura’: un fenómeno social preocupante”, {Telos,}
número 66, Madrid, enero-marzo de 2006. {{n}}