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Una metáfora y una acuarela destacan en este libro de Aguilar Camín. La primera: “El árbol de la izquierda es frondoso… Difícilmente habrá
una corriente de pensamiento de raíces tan nobles, árboles tan torcidos y frutos tan amargos” (p. 31). La segunda, un interesante análisis y crítica de las cuatro principales tendencias de la izquierda mexicana. Si consideramos que más de 17 millones de mexicanos votaron en la elección de 2006 por “la izquierda”, cualquier análisis de ésta es al mismo tiempo un análisis de las ideas políticas de buena parte de nuestra población, de su idea del mundo político.

La metáfora
Empecemos con la metáfora. No articula, no explícitamente al menos, el libro.

Se plantea como de pasada, marginalmente. Pero puede ayudar a entender el pensamiento de izquierda en general, y algunos de sus rasgos, como la prepotencia y aire de superioridad moral con la que ve a otras formas de pensamiento. Puede, además, ayudar a entender cuál es el género, la característica
general, de todas estas especies que llamamos la izquierda, tan diferentes entre sí en varios aspectos. Y a señalar, también, las dificultades que tiene la izquierda mexicana para seguir la ruta de las izquierdas europeas, la socialdemocracia o la izquierda “moderna”.

La izquierda es un árbol frondoso, sin duda. Y en varios sentidos. Pero lo destacable de la metáfora es la ruptura entre sus tres partes: las raíces, las ramas y los frutos. Las raíces son nobles, profundas, sabias. Las ramas están torcidas. Los frutos han sido amargos. ¿Es ésta una característica de todas las izquierdas? No de la socialdemócrata, pero su exclusión quizá explique que sea tan poco atractiva para las demás izquierdas. ¿Qué explica la ruptura, la inconsistencia, entre las tres partes del árbol?

El libro no abunda en esto. Con cierta elegancia, sólo plantea la metáfora al referirse a una de las cuatro izquierdas, la utópica, y deja al lector lo demás. Pero la imagen puede ayudar a plantear preguntas. Y para avanzar respuestas en líneas de pensamiento ya conocidas. En la relación entre política y ética, por ejemplo.

El autor cita a Giovanni Sartori para distinguir entre la ética fuerte de Kant, la ética del deber incondicional, que asocia a la izquierda; y la ética débil de Bentham, utilitarista hedonista, que asocia a la derecha. Es en mi opinión una de las partes menos convincentes del libro. Prefiero recordar la ética de la responsabilidad de Max Weber, que oponía a la ética de la convicción. La primera es la ética virtuosa para la política, y se caracteriza por centrarse en las consecuencias, no en las intenciones. Un político ético es para Weber aquel que se hace responsable de las consecuencias de sus acciones, independientemente
de las motivaciones que tenga.

La ética weberiana puede ayudarnos a entender el árbol de la izquierda.

Ésta se ha preocupado mucho por las raíces: los fines, objetivos, valores, intenciones. Ha propuesto medios para alcanzar esos fines. Ha tenido, en México y en buena parte del mundo, oportunidad para concretar sus propuestas
en frutos. Pero se ha preocupado muy poco por vincular fines con medios y con resultados. Por eso las raíces pueden ser sabias y profundas, las ramas torcidas, y los frutos amargos. La izquierda no ha tenido la preocupación weberiana de vincular los valores que se busca alcanzar con los medios pretendidos y con los resultados concretos a los que se da lugar. Cuando las cosas salen mal, cuando el propio árbol da frutos “tan amargos”, se culpa al mundo, a las circunstancias, a la estupidez de los demás, no a las propias propuestas.

¿Qué es ser de izquierda? Una pregunta que el libro no se plantea, ni tiene por qué hacerlo. Pero que la metáfora puede ayudar a responder: ser de izquierda tiene que ver con tener raíces muy sabias (intenciones maravillosas, valores exigentes, propuestas seductoras) pero sin preocuparse
por los medios adecuados para realizarlos
y sin evaluar críticamente los frutos que pueden producir esos medios, a veces, como es frecuente en la vida humana y como Weber lo supo plantear tan bien, contrarios a los valores o intenciones originales.

Un claro ejemplo de lo anterior es uno de los principales iconos de la izquierda: el Che Guevara. Si lo juzgamos por sus intenciones, al menos por las que hizo explícitas, estamos ante un personaje extraordinario. Tanto que todavía hoy es posible leer elogios a Guevara que harían sonrojar de pena ajena al más devoto católico, incapaz de tanto con ninguno de sus santos. ¿Y si juzgamos los resultados de la acción política de este célebre argentino cubano? Queda casi nada: viudas y huérfanos
(incluidos los suyos), fracasos de rebelión y uno de los regímenes políticos más cuestionados y cuestionables. Por supuesto, también una imagen que está entre las más reproducidas en el mundo contemporáneo y que en Amsterdam, por señalar un caso, es vendida como plástico imantado junto a figuras de tulipanes y fachadas de los célebres prostíbulos de la ciudad.

Cuando alguien de izquierda se refiere con desprecio moral e intelectual a “la derecha” lo hace obviamente no desde los frutos que la izquierda
mexicana y mundial ha producido. Lo hace
considerando sólo las raíces, las intenciones. Por eso la escisión, la ausencia de vínculo entre las partes del árbol, es parte esencial de lo que llamamos izquierda.

La socialdemocracia no comparte este rasgo.

Sus raíces, en el sentido aquí señalado, no son tan profundas: no busca valores totales, transformaciones
radicales, reinos de la libertad. Ha buscado, con éxito en algunos casos, la domesticación del capitalismo. Fin modestísimo, inaceptable para algunos. Pero son los mejores frutos que puede presentar cualquier izquierda de cualquier tiempo y lugar.

La acuarela

No es fácil poner orden analítico en la diversidad de la izquierda mexicana. ¿Qué hay detrás, qué ideas y valores, de esos más de 17 millones de mexicanos que votaron por opciones de izquierda? La propuesta de Aguilar Camín es convincente y ayuda a comprender el complejo “crucigrama” de la izquierda en México: revolucionaria, comunista, estatista-nacionalista y utópica clásica. No es una clasificación mutuamente excluyente, pues como suele suceder, varios corazones laten en un mismo pecho y hay vasos comunicantes entre estas cuatro vertientes. Pero la distinción es útil para poder pensar sobre esta importante parte de la política y de las ideas políticas en México.

Pero mucho más relevante que la clasificación es el cuestionamiento de algunos rasgos de la izquierda
en México. El libro parece poner un espejo frente a la izquierda del país para mostrarle sus inconsistencias y contradicciones. El culto acrítico a la violencia, la apuesta por el Estado, el rechazo al mercado, la incapacidad de proponer medios convincentes para crear riqueza, el dar la espalda al universalismo que la caracterizó para defender particularismos nacionalistas o indigenistas. Cuestiones
todas que apuntan a lo que debería ser la agenda de la izquierda contemporánea, si es que quiere dar buenos frutos y no limitarse a presumir sus buenas intenciones.

¿Será capaz la izquierda mexicana de verse en este espejo? No lo ha sido hasta ahora. Algunos de los textos ahora reunidos en el libro fueron publicados durante el X Congreso del Partido de la Revolución Democrática. No tuvieron ninguna repercusión en él. La izquierda política parece preocupada en otras cosas, más que en resolver las contradicciones y faltas de definiciones que la tienen atrapada: la lucha por el poder, o más precisamente, por los cargos públicos. ¿Esta es la izquierda que sigue la ética de Kant, el “hacer el bien a los demás”? No parece. n