Posición estratégica y fuerza obrera… es la historia de una historia, de unas historias, incluida
la historia personal del autor de Zapata a partir de 1968, una vez publicada su memorable obra. Como se recordará, Zapata y la Revolución Mexicana, publicada en México en 1969, conmovió y removió el mundo
de la historiografía mexicana y al ser recibida jubilosamente por intelectuales
y estudiosos, elogiada por nuestro gran novelista Carlos Fuentes, pronto se volvió referencia y punto de inspiración obligados para los miles de estudiantes y profesores que no acababan de salir del largo y oscuro túnel de represión y persecución estatal
con que se quiso imponer una “solución final” al gran movimiento estudiantil-popular de 1968.

Entonces, la idea de que el “emperador
andaba desnudo” comenzó a conjugarse y a pesar del alto costo en vidas y encierro, la convicción democrática se volvió un reclamo colectivo y el Movimiento un hito, un icono, para un número creciente de mexicanos, hayan vivido o no aquellos fulgurantes meses de julio a octubre que desembocaron en la matanza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

{Zapata} y John Womack pasaron a formar parte de aquella memoria que sobrevive al mito y a la distorsión sistemática en que se empeñó la historia oficial. La historia de “unos campesinos que hicieron una revolución porque no querían cambiar”, despertó entusiasmos insospechados y polémicas provechosas y forma un antecedente inevitable de toda visita a la obra subsiguiente de su autor.

Ahora, con {Posición estratégica} y {fuerza obrera} (443 páginas;
204 de texto, 125 de notas y el resto de bibliografía), Womack relata una saga intelectual de la que pocos tenían noticia clara: después de 1968 se dispuso a escribir otras historias mexicanas, ahora sobre los movimientos obreros en Veracruz entre 1880 y 1948, del campo a la ciudad, de los campesinos a los obreros, para descubrir que una historia obrera suponía hacer una historia del trabajo y sus especificidades
capitalistas; detectar la cadena o la “red de redes” que desde la tecnología determinan el carácter estratégico de unos trabajos, así como la fuerza de los movimientos obreros industriales y su posibilidad de traducir dicha fuerza “estructural” (mi adjetivo) en posición política e inflexión
histórica.

Es desde este núcleo duro de la actividad fundamental que llamamos trabajo, en el que la relación entre tecnología
y relaciones sociales en la producción parece inextricable,
que puede trazarse y entenderse la evolución y el desenlace
de los movimientos obreros como el veracruzano, que desde 1880 marcó el ritmo del laboral mexicano; del conflicto industrial y hasta de la política posrevolucionaria que resulta en una derrota del movimiento obrero en 1948 que “inauguró una nueva época en el desarrollo de México,
caracterizada por la dedicación del país a la industria durante la Guerra Fría” (p. 15).

En su origen, estos largos días de trabajo e invención de Womack tienen como meta una historia que, desde las estructuras del conflicto social en México, “se trataría de cómo los trabajadores en migración, la identidad étnica, derrotan a la ideología política, pero sucumben ante la burocracia política” (p. 19). Lo que aquí se comenta es la primera entrega de una trilogía que estudia las industrias clave de la época y concluye con {Historia obrera, 1880-1950. Veracruz, nudo estratégico industrial.}

Despegado de sus inspiraciones originales (como la del gran Edward Thomson y sus lecciones sobre la cultura y la formación de la clase obrera), asediado por las fórmulas originarias de Marx sobre las potencialidades creativas y disruptivas del propio proceso de producción capitalista,
cercano al marxismo-leninismo de otro grande de la historia social y obrera (Eric Hobsbawn), teniendo a su lado a Herman Melville, Womack redescubre los estudiosos americanos de las relaciones industriales, Dunlop y Montgomery,
participa en el “descubrimiento” y reinvención de Antonio Gramsci, y busca un giro conceptual —¿o un eslabón perdido?— que le dé coherencia “objetiva” a su argumento primigenio: hay un gozne o una relación donde se nutren —¿o se definen?— las capacidades estratégicas del trabajo que sustentan la organización obrera y la lucha contra la explotación, la disrupción del sistema industrial y aun el cambio del sistema social.

Este ir y venir, como lo cuenta con una parsimonia que no esconde su angustia, fue apenas el principio. Impresionado
por la noción de la “red de reglas” de Dunlop, que en el sitio de trabajo y condicionadas por los mercados, el poder en general (político y cultural) y por el contexto tecnológico, definen posibilidades y realidades de control, el historiador encuentra la interdependencia que es propia del orden industrial y camina por el sendero riesgoso de la indeterminación: ¿Qué hace que algo, un tipo de trabajo, una especialidad, “una aristocracia”, sea estratégica y dé poder al trabajo?

Con estas y similares preguntas, Womack inicia un venturoso calvario intelectual y laboral que le lleva casi veinte años y hoy se materializa en este ensayo sobre el poder industrial y de los trabajadores que constituye el prólogo desafiante
de su historia de (mis comillas) “unos trabajadores
mexicanos que sobrevivieron las {varias revoluciones} mexicanas de principios del siglo y que gracias a su {posición estratégica} impusieron y realizaron cambios fundamentales en su favor, ‘derrotan a la ideología política pero sucumben a la burocracia política’ ” y son derrotados en los albores de la Guerra Fría y la irrupción de la industrialización capitalista de México.

En su primer capítulo, “Formas de hacer historia
obrera”, Womack debate y critica, libra batallas
conceptuales e ideológicas con su gremio y profesión, en una serie de apuntes y recuentos si no exhaustivos sí abrumadores que lo llevan a un balance poco alentador del estado del arte de la historia obrera americana e internacional. Ésta
recoge vectores contradictorios pero arroja un desenlace sombrío en cuanto a las preocupaciones centrales de muchos de sus colegas, que asediados por la pérdida de mercado de sus productos buscan opciones para darles atractivo o pertinencia: historia
cultural; enfoque de género; estudios de {lo subalterno} (que en India convierten a los trabajadores
industriales, “que desde hace 150 existen en grandes números, en un nuevo Otro invisible”, p. 43); historia general de la injusticia, etcétera.

En esta búsqueda no aciertan a poner en el centro de sus historias las cuestiones fundamentales
de la historia obrera del trabajo. “Por razones prácticas… los estudios económicos, psicológicos, legales, médicos, etc., sobre el trabajo están en pleno auge… ¿Por qué la {historia} del trabajo, especialmente del trabajo industrial, despierta ahora expresiones físicas de aburrimiento, incluso de aversión?”. Sin demérito de los hallazgos de estos enfoques, nos dice el autor: “Estamos lejos de haber entendido el hecho de que el trabajo es lo que volvió humana a nuestra especie, cada vez más humana. Resulta absurdo que carezca de interés
estudiar la historia de la actividad necesaria para que ocurra cualquier otra historia humana. Es histórica y naturalmente interesante el hecho de que la especie se extinguiría mucho más rápido sin trabajo que sin copulación” (p. 34).

Sin entender el trabajo industrial, siempre vamos
a malinterpretar la lucha de clases modernas, apunta. En abstracto, sin relaciones sociales, poder,
cultura, etcétera, “la estructura daría lugar a la estrategia”, pero esto llevaría a olvidar que el trabajo industrial por sí solo no organiza a la clase obrera industrial y el movimiento obrero industrial no está definido ni es predecible.

Y sin embargo, en el capitalismo el trabajo tiene
una importancia fundamental para obreros y capitalistas: “importa más que las relaciones sociales
(que pueden esperar), incluso importa más que el Estado (ése que investigue), en la incesante
reconstitución de la clase trabajadora y sus agentes. Las posiciones industrial y técnicamente estratégicas en el trabajo importan más donde las relaciones sociales proporcionan… poca o ninguna protección y donde es irregular el ejercicio de la legislación laboral, a menudo corrupta… En estos
casos, una posición materialmente estratégica puede ser la única protección real contra la violencia
privada o gubernamental” (p. 71).

No se trata de ir contra la historia cultural, moral,
legal, política o religiosa del trabajo, ni contra la idea de que hay posiciones estratégicas en estas dimensiones. Lo que se busca son historias industriales
o técnicas del trabajo para poder determinar si en cada caso los obreros “percibían o no sus oportunidades y si hacían o no todo lo que podían hacer con ellas: historia real, vida real” (p. 51).

Contrapunto: la historia propuesta por el autor va más allá porque quiere demostrar que lo técnico
y estratégico no es un simple agregado sino la fuerza que articula y cambia esas perspectivas culturales o políticas. “Todas las demás fuerzas, sin importar si su sentido es cultural, moral, social, comercial, político, legal, religioso, o ideológico, son las que pueden tener (o no) todas las clases. Por eso, entre estas fuerzas, que son tantas… siempre se ve tanta confusión, controversia y discusión
continua. A diferencia de éstas, la que se ve en el trabajo… no es una fuerza que se pueda agregar o sustituir libremente. Las otras buscan cumplir varios objetivos, aborrecen el vacío: si una desaparece otra llena el hueco. Si desaparece la fuerza obrera, en cambio, se abre un vacío que ninguna otra fuerza (sin ser obrera) puede llenar; al hacer que disminuya la producción, se impone sobre la corrientes culturales, comerciales, políticas y demás, activa unas, anula otras. Únicamente la negación obrera tiene tal fuerza
definitoria, a la vez crítica y decisiva” (pp. 51-52).

La argumentación es abundante, como lo es el cruce de espadas y referencias críticas. Pero será en la historia escogida por John Womack, la de los obreros veracruzanos
de la primera mitad del siglo XX, donde podrá apreciarse
el poderío explicativo del credo. Lo consignado no es sólo historia pasada sino crónica del presente y perspectiva acerada por los vuelcos del mundo que se unifica en la globalización capitalista y vuelve {best seller} al {Manifiesto Comunista.}

Por lo pronto, en México, al calor de las revoluciones industriales
del último cuarto del XIX y de las “revoluciones” de principios del XX (el plural es del autor), este recuento “abstracto” de la importancia del trabajo industrial, “no magnificaría demasiado su importancia real: […] Aunque hasta la Segunda Guerra Mundial, la política y la cultura nacionales permitieron sólo concentraciones breves y concentradas
del poder nacional, los trabajadores industrial y técnicamente estratégicos hicieron movimientos obreros asombrosos. {A partir de sus luchas… no en ejércitos revolucionarios}
(mis cursivas) sino mediante huelgas políticamente
independientes y ampliamente inmovilizantes en los ferrocarriles y, de manera más asombrosa, en la principal
compañía eléctrica (en la capital), los trabajadores mexicanos aseguraron una amplia gama de derechos en la nueva constitución de 1917” (pp. 72 y ss).

La conexión entre lo estratégico y lo político (las relaciones
sociales en sentido amplio) parecía haber adquirido
una dinámica virtuosa. En 1940, nos dice, una mayoría de los trabajadores no agrícolas estaba sindicalizada y sus centrales erigían alianzas políticas significativas con la coalición revolucionaria que poco antes había dado lugar a un gobierno de izquierda que repartió la tierra, apoyó las luchas obreras y nacionalizó el petróleo. Pero en 1948, nos cuenta, “una facción partidaria de Estados Unidos y de las empresas organizó internamente la captura del sindicato ferrocarrilero y decidió el predominio del capital en el desarrollo nacional de la posguerra” (p. 73).

Y todo empezó a cambiar en el movimiento obrero mexicano, aunque todavía faltaba por vivirse el despliegue
represivo del Estado a fines de los años cincuenta precisamente sobre los obreros petroleros, telefonistas y, de nuevo, los ferrocarrileros que habían reconquistado su sindicato. El saldo: cientos o miles de detenidos; la dirección
sindical presa por más de diez años y “lo estratégico” a buen recaudo del Estado.

Sinopsis dialéctica: la acción obrera sustentada en su posición estratégica puede ser más eficaz con gobiernos débiles y una cultura dividida. A la vez, esta acción “puede
ser el único recurso de los obreros cuando el gobierno es fuerte y la cultura hostil a los trabajadores” (p. 73).

Por otro lado, la historia nos enseña que la noción de posiciones estratégicas en la producción no resuelve ni facilita
el estudio de la historia obrera, en Veracruz o doquiera.
“De hecho —confiesa Womack—, complica mi análisis pero creo que también hará más cierta, más convincente y más útil mi explicación de la historia” (p. 73).

Sí y no: sin relaciones sociales y política; sin el uso del poder del Estado y sin cambios dramáticos en la historia mundial (la Guerra Fría), difícilmente podrá explicarse cabalmente
la compleja ruta del movimiento social mexicano,
en particular su paso sostenido a un “Otro invisible” que las oleadas de movilización social de los años setenta y la democratización política de los noventa en adelante no han conmovido.

En sintonía con lo planteado por nuestro autor recordemos
a Dunlop: “Hay que escarbar mucho para encontrar las reglas que más dependen de contextos tecnológicos y de mercado”. Desde los relatos de Womack se impone abrir la puerta de una nueva y descanada narración de historia del presente. {Escarbar} hacia abajo y horizontalmente y tratar de explicar el desenlace.

Abrumada por la corrupción sindical, siempre asediada
por la eventual represión del Estado, consolidado y sostenido en nuevas capas sociales más allá del ejército y la empresa; inscrita en un acelerado proceso de urbanización
e industrialización dirigida por las manufacturas de consumo durable, la {acción industrial} pierde el hilo de Ariadna de la estrategia.

Hoy: un movimiento obrero reducido a su mínima expresión;
con una seguridad social estancada y un crecimiento explosivo del trabajo informal y, a la vez, una economía hiperdependiente de exportaciones industriales a Estados Unidos de las que depende el empleo de más de dos millones
de trabajadores en el centro-norte mexicano.

En esta perspectiva, habrá que retomar las preguntas y reconocer las cautelas a que llevan los hallazgos de Womack.
Presente sigue el riesgo de un nuevo determinismo que pasa por la tecnología y desde la “estructura” (el poder estratégico) busca determinar la estrategia.

El historiador quiso ver el trabajo y la industria
como un ingeniero o un viejo líder sindical, y el resultado de su búsqueda está en este ensayo formidable que sin embargo tendrá su prueba de ácido en sus dos siguientes obras sobre el drama de los obreros mexicanos.

Mientras tanto, y por su cuenta, el ingeniero
devino gambusino y explora con brillantez y abundancia documental las vetas del pensamiento
social, “burgués” o “marxista, proletario y revolucionario”,
del siglo XX, sobre el poder y (en) la producción industrial: por sus capítulos transitan
Comte, Durkheim, Weber, Simmel, Parsons o los Tilly (capítulo 3); la primera generación de marxistas post Marx, de Engels a Bernstein, Kautski, Parvus o Pannekoek; los marxistas y bolcheviques soviéticos, entre los que destaca Bujarin y su entendimiento de las interrelaciones
industriales y tecnológicas; los sindicalistas “rojos” y Lozovski con su “mutualidad” entre la economía y la política.

El libro termina con una especie de “blues” cuyo título lo dice todo: “estrategia para las empresas, nostalgia para los obreros”: síntesis preliminar de la globalización.

No hay traza de que en los distintos continentes del pensar económico, político, social e histórico, se hubiese recogido con claridad y se asumiera en profundidad la cuestión de la estrategia en la producción,
y desde la tecnología y el mercado. En la era de la industrialización global del mundo, estas renuencias, carencias y “cegueras” que cruzan la reflexión sistemática sobre la sociedad moderna, cuyo centro es precisamente el trabajo, resaltan como huecos fundamentales de un saber ensimismado
a la vez que sometido a los dictados de un mercado mistificado por un “pensamiento único” que aborrece de la historia y la declara terminada cuando su dimensión universal, articulada por el trabajo industrial, adquiere perfiles más precisos.

De modo magistral, John Womack Jr. reclama nuestra atención sobre estas fallas y omisiones de la historia y las ciencias sociales y sugiere e ilustra algunas rutas para recuperar lo básico de la historia de México y el mundo. No es éste un servicio menor y debe reconocérsele que lo haga con vigor y coraje. n