Ha salido a librerías un nuevo mapa para una zona geográfica
que existe desde hace tiempo. Un ejercicio donde la cultura
establece nuevas latitudes para el perfil de una ciudad de México bien conocida pero que cambia con cierto frenesí. Enrique Serna, con su colección de artículos agrupados en el volumen {Giros negros}, forma parte de los marineros última generación que se lanzan hacia lo desconocido, a pesar de que ese piélago ya ha sido
navegado en repetidas ocasiones. Las coordenadas que va trazando a ratos se apoyan en los cartógrafos anteriores a él. Pero es necesario enmendar aquellos contornos que ya
Enrique Serna, Giros negros, Cal y arena, México, 2008, 242 pp.
tienen nueva fisonomía por el desgaste. El tiempo ha cambiado las aguas de la ciudad de México. Hay más tráfico que hace cincuenta años. Más sonidos electrónicos que hace veinte. Menos cultura que ayer mismo. El renovado navegante nos otorga las claves de esa geografía. Las anotaciones tienen raigones compartidos con otros pensadores y otras situaciones. Veamos las coordenadas.

{01º 19’ 21”:} Los primeros cartógrafos que a principios
del siglo XX cortaron las aguas de la ciudad, inauguraron un estado de ánimo. Un semblante del que pocos tripulantes de la cultura posteriores se podrían deshacer: el pesimismo. Y en este aspecto los escritores decadentes son los más afinados. Los {Giros negros} de Serna podrían ser giros claroscuros. Paradójicos. Mantienen ese pesimismo necesario que desea cambiar las cosas. Sienten entusiasmo por una ciudad que, a ratos, pintan como un sitio
imposible para vivir. La crítica decadente (del entorno moderno, del entusiasmo de las masas, de la vulgaridad frívola) se mantiene con vida. Así, Serna la emprende contra el “hembrismo”, el “síndrome de Hugo Sánchez”, el “roperazo libresco”
o la “tiranía del álbum familiar”. De la misma manera, al ritmo de los decadentes, existe una afición por los sitios donde explota la cultura, la bebida y la buena conversación. Entonces tenemos referencias de la “deshumanización del antro”, los “encantos de la cruda” o el “imán del andrógino”. Con los análisis de Serna nos enfrentamos a cien años de furibunda nostalgia.

{02º 50’ 07”:} Pero Serna también ha trazado novedosas rutas. Construye una nueva voz cercana
a su generación o a la postrera narrativa mexicana. A su capacidad para crear un espejo más fiel de la ciudad en las últimas dos décadas. Tomemos como ejemplo el erotismo que se puede establecer entre norteamericanos y mexicanos. Los testimonios que al respecto han existido en la literatura. De las novelas {Gringo viejo} y{ La frontera de cristal} de Carlos Fuentes, Serna nos dice: “los personajes son figuras alegóricas o entidades abstractas al servicio de un discurso
igualitario que ignora la complejidad de las personas concretas”. Por ello, el erotismo entre esas dos nacionalidades puede parecer acartonado.
Quimérica geografía que no es exacta. Por el contrario, le parece que José Agustín o Ricardo Garibay “han enfocado el conflicto desde un ángulo
menos complaciente, que refleja la tensión entre la inseguridad patológica del mexicano”. El mundo de las últimas dos décadas, al menos la parte de Occidente, tiene un norte claro al que se rinde: la cultura gringa. MTV es el nuevo título nobiliario. Como refrenda Serna, el mexicano,
“por su falta de autoestima o por simple atracción sexual, no ha dejado de rendir pleitesía a la raza española”, pero “a partir de los años cincuenta, con la industrialización del país y el crecimiento de las clases medias, orienta su complejo
de inferioridad hacia Estados Unidos”. La eterna búsqueda de un absoluto origen lo vuelve endeble. Las ideáticas aguas nacionales están agitadas por el oleaje extranjero.

{03º 06’ 07”:} Conexiones en el tono con los nuevos exegetas de la ciudad. La forma de navegar
varía en cada generación. En su texto “En aras del sacro deber”, Serna se lanza a la esfera privada, más que a la pública. El atlas de la ciudad y sus fenómenos siempre depende de los miedos que se viven de manera personal. Los monstruos marinos siempre estuvieron dentro de la cabeza de los nautas. Desde ahí nos narra las obsesiones que se tornan preocupación y luego vergüenza de un niño aplicado: “El día de la solemne entrega de calificaciones, mi anhelo de ganar una medalla fue tan intenso que me cagué en los pantalones. La gloria de volver condecorado a casa quedó empañada por la humillación de viajar de pie en el autobús escolar, pues el cuidador, un cretino de apellido Valtierra, no quiso que manchara el asiento de mierda”. Este íntimo guiño lo conecta con otro marinero. En “Empacho”, J. M. Servín también se lanza al agua de sus recuerdos, surcándolos
en el galeote {Revólver de ojos amarillos.} La ciudad de México que atraviesa, al igual que la de Serna, emerge pavorosa: hay policías que violan para evitar el tedio, grotescos personajes que desde su departamento le desean la muerte a su barrio entero, y en medio de la hecatombe, los recuerdos de Servín intentan trazar líneas de supervivencia. En uno de ellos, un niño también pierde el control del esfínter por la preocupación que le provoca una mala nota en matemáticas. El castigo familiar incluye humillaciones (nada de pedagogía progresista) y la consigna de que el niño (llamado J. M.) duerma en el baño como castigo. La reprimenda se toma con alivio: el día siguiente, cuando se entregarán las boletas, habrá un pretexto para no asistir a clase.

El nuevo tono narrativo (de Servín, de Serna) quiebra tabúes. No me refiero a la parte escatológica
de la literatura, que lleva con nosotros ya bastante tiempo, sino al arrojo de escudriñar, de manera pública, los espacios donde la vergüenza más dolorosa se aloja. Esta temeridad tal vez se encuentra arraigada al poco o nulo temor que los narradores sienten por las apariencias. Las anécdotas
se escrutan desde dentro, desde las vísceras para afuera. No podría ser de otra manera, sobre todo cuando habitamos una ciudad que nos ha tragado
y nos mantiene, justamente, en sus entrañas. Cuando los paliativos ideológicos y políticos pierden
su capacidad lenitiva, sólo quedan las anécdotas
personales. Y desde esa misma honestidad que nos deja descubiertos, se obtiene un nivel moral que permite criticar a terceras personas, segundos ambientes o primigenias situaciones.

{04º 10’ 31”:} El enfrentamiento con escollos llenos
de sirenas. Los cantos que llaman para hundir el barco. La resistencia a los criterios iletrados, a los risueños insensibles a los cómodos apáticos. Nos avisa Serna desde proa: “ ‘Yo voy al cine a pasar un buen rato, no a deprimirme’, responden nueve de cada diez adultos cuando alguien les recomienda una película triste o perturbadora”. El grueso desea películas entretenidas. Que hagan pasar el rato. Que ni por error los hagan pensar. Evasión, no concentración. Esta característica no es privativa de la ciudad de México. Es una ola general y destructiva que repudia la cultura y sus raigones analíticos para instalarse con comodidad
en horas vacías colmadas de personajes inverosímiles, que emiten estupidez tras estupidez.
Albures, mofas sexuales que siempre hacen reír a las mentes sencillas porque la grosería, en su locución más simple, es una liberación pueril. Cotilleos políticos, chismes de estrellas que en las mismas mentes son la única manera de acceder
a un mundo distinto al suyo. Ellos jamás se atreverán a zarpar hacia lo ignoto. La aburrición que estos programas provocan es un lujo que sólo siente una elite. La elite de la cultura. De los observadores críticos. El resto sólo se ríe a mandíbula
batiente. El Serna optimista nos dice: “El escollo más difícil de superar, el virus que embota la sensibilidad del espectador y le impide tener horizontes culturales más amplios, es el letargo
inducido por la falta de cultura del bienestar que ha predispuesto a millones de espectadores contra la catarsis dolorosa de la tragedia”. Serna lo sabe. Él no es un académico encerrado en su faro de marfil. Él ha colaborado en guiones para telenovelas. El Serna pesimista nos dice: “En mi opinión, lo que busca el {establishment} al negar el papel del esfuerzo en la creación artística es derrumbar el último bastión espiritual que separa el arte de la especulación financiera”. Y esto lo aplica a una falsa elite cultural: aquella dedicada a realizar propuestas artísticas (que venden como plásticas) y en donde no se sabe quién provoca qué, si el reconocimiento público a la beca, o la beca al reconocimiento público.

Mientras el grueso de los interlocutores no se atreve a poner un pie más allá del {finisterre}, Serna con su navío {Giros negros} nos da noticias desde el {finismare}. A pesar de su propuesta inteligente y atractiva, no muchos se zambullirán en sus remolinos.
Sólo algunos se guiarán por sus coordenadas. Poco importa: la gente de mar siempre ha sido contada. El agua marea y aterroriza. n