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Rebelarse contra la injusticia es una de las condiciones más francas de la sensibilidad humana: quien no se rebela es un molusco o un sabio. El ascetismo, la renuncia
a la comunidad o el desprecio absoluto hacia todo lo humano es privilegio de unos cuantos eremitas. Pero habemos otros para quien el exilio es imposible y tarde o temprano nos veremos inmiscuidos en una pelea contra la comunidad. El {otro} se hace presente cuando nos cierra el paso y nos recuerda que no estamos solos y que aun en la intimidad tendremos que soportar la presencia de la aldea junto a sus leyes, sus manías y su movimiento indecente. La rebelión es necesaria para que los sentidos cumplan
su función más precisa: mantenernos
despiertos frente a la embestida
de los enemigos. La cuestión es si sabremos reconocer el rostro de esos enemigos cuando no se trata de personas o de rostros concretos, sino de entidades abstractas.

Si bien puedo comprender que uno se rebele contra su profesor, su vecino
o contra la persona que le cobra la renta, ¿qué significa en estos tiempos
rebelarse contra el {sistema}? Las empresas transnacionales, los monopolios,
los dictadores, las ideologías dominantes son blancos ideales para quien vive en un continuo malestar, en un permanente desasosiego consecuencia de que sus intuiciones
le dicen que habita en un mundo donde la justicia está ausente. Una solución es el suicidio; como en el relato de Nabokov en el que un anarquista decide matar al tirano pese a que éste siempre se encuentra rodeado de guardias que protegen su vida. Para hacerlo concibe una solución sencilla: se suicida. De esta manera se pone a salvo de los dictadores:
en vista de que no puede eliminarlos de esta realidad se marcha a una muerte que, en su caso, representa el único horizonte posible de libertad. Otro camino consiste en expresar
abiertamente la rebelión, sea porque deseamos cambiar el estado de cosas en el que vivimos, o solamente para abrir una ventana a nuestro malestar. Es justo en esta línea donde comienza {Tekno guerrilla}, novela del escritor y activista digital
Fran Illich (1975). En Tijuana y San Diego, un pequeño ejército de inconformes pinta signos en las paredes desde la clandestinidad; su anonimato es célebre porque aunque sus rostros no son conocidos, poseen un nombre que les da fama: “Tonto” es, por ejemplo, el nombre de batalla de uno de los grafiteros más admirados en la frontera. La novela comienza con un manifiesto firmado por varios de los más enconados pinta paredes de la ciudad. Además de una defensa del grafiti como arte público, los inconformes se expresan en contra
de una ciudad que no representa en absoluto un espacio habitable: “Sinceramente no sabemos cómo hemos logrado sobrevivir a este basurero al que llaman ciudad, pero suponemos que en parte es gracias a tanto tiempo de asistir a clases. La escuela está diseñada para inmunizarte y hacerte parte del juego”. El anatema me parece recurrente, pero legítimo: si consideramos que la ciudad es una reunión de extraños, un vientre civil, entonces
es necesario que sus habitantes se sientan cómodos aun cuando sea para vivir cada quien en compañía de sus enfermedades íntimas. Los {taggers} decoran su ciudad porque tienen el mismo derecho que las empresas de golosinas para hacer
públicas sus expresiones. Dice el manifiesto: “Para los que no contamos, para las minorías, para
los ingenuos, el grafiti es menos horrible que los anuncios de cerveza, sodas, comida, partidos políticos que invaden nuestra ciudad. Los {taggers} decorarán la ciudad y esperamos que comprendan que este también es nuestro mundo”.

Me he detenido en esta arenga porque es bastante
representativa del espíritu que camina por toda la obra de Fran Illich. Un malestar metafísico que se apropia de los habitantes más sensibles de la aldea global: contra el ser homogéneo que propone
una sociedad formada sólo por consumidores, unos pocos prefieren refugiarse en la tribu, en los márgenes, en la expresión de inconformidad anónima.
Y, sin embargo, presienten el fracaso, saben de alguna manera que la pelea se ha perdido de antemano, que habitar el infierno no es sencillo y que el pesimismo no es un fin, sino un comienzo. La prueba de ello es que Bruno, el joven fotógrafo, habitante de la bigamia urbana {tijuanasandiego} y álter ego de Fran Illich en {Tekno guerrilla}, no se propone ningún ambicioso plan revolucionario y se inclina más bien por una postura o sentimiento
existencialista: el infierno son los otros. ¿Qué quiero decir con la palabra “existencialista”? Por lo menos dos cosas: la ausencia de Dios —que en el caso de esta novela se extiende también a la ausencia
de héroes éticos—, y el insoportable peso vivir como un objeto en medio de otros objetos. Hay aquí evidentemente un cansancio del hombre, un agotamiento humanista que me hace recordar las palabras de Cioran respecto a que los seres humanos tenemos el deber moral de desaparecer. Sin embargo, pese a sus rasgos existencialistas el joven fotógrafo encuentra valores plenos e incluso revolucionarios en la música. Dice: “Y no queremos más {rock stars}, queremos ingenieros de sonido que se dediquen con seriedad a experimentar y crear música, no a firmar autógrafos y salir en portadas de revistas”. Interpreto entonces que si bien la música es un medio para cambiar vidas, debería —para ser más honesta— evitar el decadente espectáculo
de los seres humanos, su protagonismo primitivo y sobre todo su rostro. Una humanidad sin rostro se propone la {teknoguerrilla} contra los románticos rockeros humanistas. ¿Qué otra cosa persiguen entonces los {white labels}, discos que no contienen el nombre del grupo ni de la disquera? Circulan así con el objeto de minar una tradición que nos dice que un artista debe ser famoso: a fin de cuentas, se afirma en la novela, es la música y no el artista lo que debería trascender.

Uno de los rasgos de la rebelión en el espacio de la aldea global consiste en fragmentarse, quebrantar los géneros, matizar, hacer diferencias, poblar de nombres la nada: {new wave, techno, new age, industrial, hip hop, house, acid house, electro pop, garage, ambient, rave, ciberpunk, hardcore, acid jazz, ambiental rave} (más los que se acumulen en estos días): todos estos nombres conforman una tendencia contra lo homogéneo y una preferencia de lo profano sobre lo divino: cada tribu tiene su bandera en esta tierra baldía. Termino citando a Bruno en las últimas páginas de su avatar: “…la nueva generación perdida, una generación inútil de lectores de {Eres}, de gente que no da un comino por el prójimo, gente que está cansada de escuchar sobre corrupción gubernamental, de policías sucios, harta de peleas entre partidos políticos, de todas esas absurdas historias que sólo invitan a seguir jugando
nintendo y a no dar un comino por nada”. He ahí un grito de batalla, pero también de decepción, un juicio moral y un exilio al mismo tiempo. Escribir una novela es un acto de afirmación, pero con ella también se puede expresar el cansancio que nos produce lo social: decir {no} y desaparecer. n