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Siempre que vuelvo a tener fe en el cine mexicano, basta una excursión a una de las salas multiplex del duopolio que controla la exhibición en el país para que mis esperanzas se tambaleen —una vez más— como un castillo de naipes. Bastan los avances de los próximos estrenos nacionales, proyectados entre el olor a palomitas de maíz y comida rápida y la sinfonía de celulares que no se acallará durante la función, para que me pregunte —una vez más— si algún día lograremos renovar los ingredientes del coctel que caracteriza a nuestra industria fílmica desde hace más tiempo del que quisiéramos: melodrama social o romántico, comedia costumbrista o de enredos, denuncia política en clave irónica o seria, folklorismo inclinado hacia la sordidez urbana o el discreto encanto rural. Basta advertir cómo el público ríe ante un albur o un insulto proferido por el actor/actriz de moda, o se conmueve con la imagen de un hombre que atraviesa un sendero polvoso,
para que piense —una vez más— si en realidad hemos avanzado tanto como deseamos desde el cine de ficheras de los años setenta y ochenta y por qué no hemos podido superar las secuelas del síndrome de Tizoc y Pepe el Toro: un síndrome al que en gran medida debemos el reconocimiento internacional desde finales de la década de los años cuarenta. Historias, me queda claro, las hay por doquier, y así lo demuestra la cinematografía de muchos otros países donde la escasez de apoyos
estatales o privados, las diversas crisis económicas
y la hegemonía hollywoodense no han impedido que se generen buenas películas con guiones sólidos y hasta me atrevería a decir originales.
¿Por qué entonces parece que en México la tradición narrativa, ampliamente aprovechada en el territorio literario, no ha conseguido dar un salto sustancial en materia fílmica a partir de la Época de Oro? ¿Por qué se antoja que nuestros directores y guionistas insisten en ofrecer un puñado de relatos que han ido adaptándose con mayor o menor fortuna al {Zeitgeist}, o lo que es igual, la misma gata pero revolcada?

La encuesta en torno de las mejores películas mexicanas de los últimos 30 años efectuada por {{nexos}} invita a reflexionar en estos y otros dilemas. No me sorprende, la verdad, que las triunfadoras entre 60 cintas registradas por 50 encuestados hayan sido {El callejón de los milagros} (Fons, 1994) y {Amores perros} (González Iñárritu, 1999), cada una concitando el apoyo de 26% de los votantes; separadas apenas por un lustro, ambas acuden al género más rentable —algunos dirían indesligable—
de nuestra industria visual: el melodrama. A tan sólo 15 años de su estreno, sin embargo, la primera ya acusa síntomas de envejecimiento prematuro, a diferencia de otras cintas coetáneas que tuvieron una votación inferior: {Cabeza de Vaca} (Echevarría, 1991), {La invención de Cronos} (Del Toro, 1992), {Bajo California: el límite del tiempo} (Bolado, 1995), {Sobrenatural} (Gruener, 1995) y {Del olvido al no me acuerdo} (Rulfo, 1996), por mencionar los ejemplos que juzgo más dignos.
Según creo, el problema con {El callejón de los milagros} es que, si bien se abrió paso con audacia
en uno de los periodos más críticos para el cine nacional —el error de diciembre estaba a la vuelta de la esquina—, no alcanzó a sortear del todo la lotería de estereotipos a la que nos hemos (mal)acostumbrado: los borrachines de cantina que intercambian anécdotas y leperadas (Claudio Obregón, Abel Woolrich y Óscar Yoldi),
el macho en pos de placeres homosexuales (Ernesto Gómez Cruz, capaz de incurrir en el humor involuntario merced a frases como esta: “¡Ya llegué, vieja! ¡Y traigo un hambre feroz!”), la esposa abnegada sujeta a los embates de la misoginia
(Delia Casanova), la muchacha humilde y virginal que cae en las garras de la prostitución (Salma Hayek), la solterona del barrio enredada con un hombre menor que le roba dinero (Margarita
Sanz y Luis Felipe Tovar), los jóvenes que viajan de {mojados} a Estados Unidos para huir de la miseria circundante (Juan Manuel Bernal y Bruno Bichir) y un extenso etcétera al que la edad, por desgracia, no le ha favorecido.

En repetidas ocasiones —ya lo señalé en otra parte— se ha dicho que {Amores perros} descubrió
rutas inéditas para el cine mexicano, una opinión que habría que matizar ahora. Visto a la distancia, el mayor mérito del debut de González
Iñárritu fue haber incorporado una visualidad
posmoderna y si se quiere cosmopolita, en deuda con la publicidad y el videoclip, a asuntos socorridos anteriormente por otros directores. (La estructura que entrelaza diversas líneas narrativas,
admitámoslo, no es original aunque sí un signo de los tiempos. Ahí está, para no ir más lejos, {El callejón de los milagros}.) Los segmentos uno y tres funcionan, sobre todo el primero, porque
pisan terreno conocido: la marginalidad y la violencia que se gesta en el extrarradio social; el segmento dos, por el contrario, fracasa en su intento por otorgar un cariz melodramático a las {yuppie coms} inauguradas por Sólo con tu pareja (Cuarón, 1990), que tuvo apenas dos votos, y encumbradas por {Sexo, pudor y lágrimas} (Serrano,
1999), que marcó la resurrección de nuestra industria en el gusto del público y que paradójicamente
—lo dijo Leonardo García Tsao— no figuró en la encuesta.

Pienso que la progeria ha afectado también la obra de veteranos como Felipe Cazals, Jaime Humberto Hermosillo, Paul Leduc y Arturo Ripstein,
y la prueba está en que todos alcanzaron un bajo porcentaje de votación si los comparamos con Fons, González Iñárritu y Carlos Reygadas, que consiguió colocarse merecidamente en el tercer lugar —se dirá que en el segundo, ya que {El callejón de los milagros} y {Amores perros} empataron
en el primero— con {Luz silenciosa} (2007), relato de amor y desamor ambientado en la comunidad
menonita cuya aparente sencillez esconde
un venero metafísico que no había hallado un cauce auténtico en {Japón} (2002), que obtuvo una sola mención, ni mucho menos en {Batalla en el cielo} (2005), las anteriores cintas del cineasta. Quizá, para coincidir con la argumentación de García Tsao, el hecho de que directores de experiencia
como los cuatro citados no hayan ocupado
un sitio más sobresaliente se debe a ese “factor dudoso” que es la memoria, pero me pregunto si no hubo otros elementos en juego —calidad artística y solvencia narrativa, por ejemplo— a la hora en que cada encuestado elaboró su lista. El caso de Ripstein me parece simbólico: pertenece
a una franja que se podría llamar el {mainstream}
de autor —más bien {auteur—}, ha filmado sin interrupción y participado en innumerables festivales a lo largo de 40 años y no obstante cada
nueva película suya nace vieja, anquilosada, gracias en buena medida a la cansina reiteración de tópicos y al nulo deseo de rebasar —o cuando menos reinventar— esa estetización de la fealdad y el miserabilismo que le ha granjeado la fama y ha engendrado tan malos epígonos en las generaciones
jóvenes.

Con todo, la encuesta arrojó resultados interesantes.
El que películas más cercanas al cierre del ciclo 1978-2008 como {Perfume de violetas} (Sistach, 2000), {Temporada de patos} (Eimbcke, 2004), {Sangre} (Escalante, 2005), {El laberinto del fauno} (Del Toro, 2006), {En el hoyo} (Rulfo, 2006) y {El violín} (Vargas, 2006), por enunciar algunas, se hayan alternado con obras de cineastas con mayor trayectoria, se antoja un síntoma de salud mental y no precisamente de amnesia: en pocas palabras, los encuestados dicen que se ha empezado
a plantear una depuración y/o renovación
de estrategias y géneros fílmicos que vale la pena considerar. Y ya que estamos con los géneros, no pude dejar de advertir
que la ausencia más notoria en la encuesta es el documental, quizá el terreno donde nuestra cinematografía ha dado su mejor batalla en las últimas
tres décadas. De las 60 películas registradas, tan sólo cinco —o sea, el 8.3%— son documentales: {Poetas campesinos} (Echevarría, 1980), {Laguna de dos tiempos} (Maldonado, 1982), {¿Quién diablos es Juliette?} (Marcovich, 1996), {Del olvido al no me acuerdo} y {En el hoyo}, todas con un único voto a excepción de la cuarta, que obtuvo tres. Si aplicamos
una mirada crítica, esta suma sí que constituye
un hueco en la memoria colectiva: dos de los documentales que se mencionan, {Del olvido al no me acuerdo} —vaya título significativo— y {En el hoyo}, son del mismo director, y un tercero ({Poetas
campesinos}) es en verdad un mediometraje, lo que por supuesto no le resta mérito pero da en qué pensar. Me pregunto por qué un documentalista
tan probado como Nicolás Echevarría no figuró con un par de largometrajes que entran en el periodo de la encuesta y ya son emblemáticos del género: {María Sabina, mujer espíritu (}1978) y especialmente {El Niño Fidencio, el taumaturgo de Espinazo} (1980). Me pregunto por qué, luego de constatar la energía propositiva de nuestros documentalistas a través de 1973 (Isordia, 2005), {Trazando Aleida} (Burkhard, 2007), {Los ladrones viejos. Las leyendas del artegio} (González, 2007) y {Los últimos héroes de la península} (Cravioto, 2008), por poner algunos ejemplos recientes, relegamos este rubro a un pequeño cajón de nuestro archivero fílmico: ¿será que, validando inconscientemente el actual predominio de la novela en el ámbito editorial y trasladándolo al campo del cine, nos inclinamos por las cintas que {ficcionalizan} la realidad —incluso si son ficciones fallidas— más que por las que buscan reflejarla? ¿Será que vemos el documental como un mero ejercicio periodístico y coyuntural antes que artístico
en todo el sentido de la palabra?

En gustos se rompen géneros, dice el refrán, y así lo ratifica la encuesta de {{nexos.}} Hay que celebrar que 60 películas, unidas en su mayoría —aceptémoslo— por los lazos del melodrama y el costumbrismo, sobrevivan en la memoria de 50 personas: tres décadas no pasan en vano y menos
si se trata de la pantalla grande, entregada como la que más al consumo masivo —muchas veces indiscriminado— y al frenesí de la globalización.
Pero también, creo, hay que analizar los resultados con ojo agudo para saber de qué hablamos cuando hablamos de cine mexicano en los últimos 30 años. {{n}}

En alcance a la encuesta

Luego del conteo de votos de la encuesta

“Las mejores películas mexicanas de los

últimos 30 años”, llegaron al apartado

postal 122 del WTC los votos de Federico

Barbosa, Mónica Lozano y Ana

Roth. Lamentamos que por el retraso del

correo sus votos no se consideraran. Los

sobres, sin abrir, fueron destruidos.