Carlos Fuentes empezó a escribir en la revista {Política} en la alborada de los años sesenta del siglo XX, cuando México se mostraba al mundo, moderno y pujante, con un Estado bien consolidado, con una fuerte presencia en los foros internacionales y un prestigio bien ganado a través del esfuerzo y la inteligencia de sus diplomáticos, por su apego a la moral y al derecho internacional
y por la puesta en marcha de una política económica conocida como desarrollo estabilizador. Unos años antes se había recordado la gesta liberal y la construcción del Estado laico al conmemorar los centenarios de la Carta de 1857 y de las Leyes de Reforma y estaban a punto de iniciar los festejos de los 150 años de la Independencia y los 50 años de la Revolución mexicana. Apenas habían transcurrido 17 meses del gobierno del presidente Adolfo López Mateos.
1 La revista dirigida por Manuel Marcué Pardiñas fue el escenario donde Fuentes escribió artículos, realizó entrevistas, hizo crónicas, reportajes y análisis políticos, fue enviado especial para cubrir eventos de gran significación histórica.
Sus opiniones e ideas, o como las calificó en {Tiempo mexicano}, obsesiones, preferencias y pasiones de mexicano,2 contrastaban con muchas del régimen revolucionario, pues observaba un alejamiento y a veces un olvido total de los principios de la Revolución mexicana.

La dura, contrastante e hiriente realidad nacional le daban los elementos clave para alertar a la sociedad mexicana de la aparición de la violencia, denunciar la nunca desaparecida alianza del clero político/sectores empresariales conservadores/
derechas, por un lado; y por el otro, llamar la atención a todos sobre la desesperanza de amplios sectores sociales que no encontraban respuestas a sus demandas más elementales. Como buen observador político, como hombre progresista y comprometido con México y con las luchas de los pueblos del mundo, como fue el caso de la Revolución cubana, Fuentes dejó en {Política} el testimonio
de su oficio periodístico que vivió plena y apasionadamente. De estos años de trabajo veamos tan sólo algunos destellos.

Carlos Fuentes en la primera colaboración que hizo en la revista {Política}, preguntaba por qué un gobierno que se llamaba revolucionario
tenía presos políticos, por qué encarcelaba
a los trabajadores ferrocarrileros.3 Quién había perdido la brújula, ¿los obreros o el gobierno? Para el autor de {La región más transparente} (1958) y {Las buenas conciencias} (1959) no había la menor duda, era el gobierno.
Gobierno que “había renunciado a la política económica de la Revolución” y a “su función planificadora”, que asumía “un papel servil ante la burguesía financiera y los inversionistas extranjeros”, y que se tragaba el mito que ni en Estados Unidos se tomaba en serio, el de la libre empresa. Era necesario que el gobierno recuperara el rumbo y empezara a liberar los presos políticos.4

Mas la mirada del joven Fuentes no sólo estaba fija en México
sino también en Cuba y en su revolución. Cuántas cosas habían pasado en esa isla y cuántas expectativas había suscitado en América Latina. Era después de todo un movimiento que atraía la atención mundial y a la cual no escapó el periodista mexicano. Allá se trasladó para presenciar el desfile del 1 de mayo de 1960. Su crónica hecha desde La Habana destila una emoción genuina, en ella narra cómo desde su cuarto de hotel veía el sol ascender “veloz en la mañana tropical, incendiando las crestas del mar, el perfil blanco de los edificios y la suave ondulación lejana del tapete tropical”. A las nueve de la mañana, sobre el malecón, estaba una enorme fila, en marcha, de miles y miles de personas desfilando por más de siete horas. Y las banderas
cubanas se levantaban “formando un campo de estrellas al viento”.5 ¿Por qué este sentimiento y esta convicción? Porque como el mismo lo dejó dicho: era un pueblo que descubrió {la esperanza y la dignidad} y cada cubano ponía lo mejor de sí mismo
para construir una {patria para todos.}

La simpatía y solidaridad de Fuentes hacia la Revolución cubana eran fiel expresión de amplios sectores de la población mexicana y de algunos grupos gubernamentales. Una prueba de esa relación fue la visita a México del presidente
Osvaldo Dorticós, en la segunda semana de junio.6 {Política} festejó el acontecimiento. En su portada se encuentran los dos presidentes saludándose afectuosa y cordialmente. El despliegue
informativo y fotográfico fue magnífico.
Su editorial se intituló “Hermandad verdadera”
y Fuentes rotuló su artículo: “Un triunfo popular”. Perspicaz, recogió un diálogo entre “izquierdistas” donde A decía: “Ahora sí, López Mateos ha encontrado el camino popular. Es preciso respaldarlo sin reservas”. Mientras B comentaba: “Se trata de un colosal engaño. Como siempre, López Mateos se disfraza con la política exterior para encubrir una política interna
negativa”. Por lo que el articulista preguntaba: “¿Qué ha provocado esos juicios extremos?”. Los extremos.

Para Fuentes el argumento optimista de A sucumbía con la “enfermedad bien conocida de la izquierda mexicana: el afán de que en la persona singular del presidente de la República” se hiciera el milagro. La paloma del espíritu santo un día descendería
sobre la cabeza del presidente y realizaría el milagro, no el de la multiplicación de los panes y de los peces, que era poca cosa, sino que aliviaría todos los males del país. El pesimista {B} pecaba de un “subjetivismo vergonzante”. Pasaba “por alto” los compromisos {objetivos} que suponía “la expresión de solidaridad del Estado mexicano con la Revolución cubana”.

Fuentes señaló de forma terminante: entendámonos.
No ha sido el presidente “quien ha reiterado la política de no intervención, abierto los brazos a la Revolución cubana y afirmado un acto de soberanía nacional” sino el pueblo mexicano. López Mateos entendió, atendió y se apoyó en ese pueblo para hacer
esa política que mereció el aplauso casi unánime. En cuanto a la defensa que hacía el gobierno de México a la Revolución cubana tenía un{ valor definitivo}, pues no le hizo el juego al Departamento de Estado estadunidense, no siguió la política de aislamiento a este país soberano ni tampoco tuvo “ríspidas relaciones con los gobiernos latinoamericanos”. Tenía
una diplomacia con oficio, que conocía nuestra historia y nuestras tradiciones y con ellas hizo frente a las presiones y andanadas estadunidenses.7 En suma, no había dado muestra alguna de apoyar una agresión norteamericana a Cuba. Triunfo
del gobierno y del pueblo mexicano.8

Fue también en los primeros días de junio cuando se conoció
el censo de 1960. Fuentes puso el dedo en la llaga en la entrega de la primera quincena de junio. Recogió la opinión de Gilberto Loyo, experto en la materia. Las cifras indicaban la urgente resolución de los problemas nacionales porque el pueblo “podía saltar las trancas”; y asimismo la del ex presidente Lázaro Cárdenas, que advertía que nuestro país no estaba a “salvo de una revolución”. Por lo que en opinión del articulista no era suficiente que a estas alturas los políticos o el gobierno se encogiera de hombros
y dijera: “Se hace lo que se puede”. México
no estaba ya para eso. Urgía que las fuerzas democráticas se organizaran, que tuvieran “un programa coherente de soluciones populares” y que el gobierno permitiera que esas fuerzas se manifestaran libremente. Y ese régimen ya sabría a quién seguir: a los que se mofaban de él y defendían sus “propios intereses egoístas” o al pueblo “y allanar la vía irreversible hacia la siguiente etapa de la Revolución mexicana —no la conmemorativa y retórica, sino la que empezó en 1810” y aún no terminaba.9

Fuentes acababa de advertir sobre la situación nacional cuando sucedieron los hechos lamentables del 4 de agosto de 1960, el día que se reprimió la manifestación de apoyo a los maestros de la sección IX del Sindicato Nacional de Trabajadores
de la Educación.10

Fuentes, indignado, escribió “Las lecciones de una agresión”, que eran, en primer lugar, la incapacidad del gobierno “de resolver
racionalmente los problemas reales del pueblo”, de “enfrentarse
a las clases dominantes y al imperialismo norteamericano en beneficio del pueblo” y de “superar la herencia negativa del régimen pasado”. Y la segunda, el pueblo debería organizarse y requería de una izquierda “sin oportunismos, sin cómodos providencialismos,
sin ilusiones respecto al milagro presidencial”. Esta izquierda, “auténtica, nueva, independiente”, sólo debería admitir “una lealtad y un guía: el pueblo mexicano”.11

Fuentes enriqueció estas ideas en la colaboración del 1 de septiembre, día en que el presidente de la República rendía su segundo informe de gobierno. En “Feliz aniversario” señaló que muchos mexicanos recordaban que Hidalgo fue acusado hace 150 años de “agente de Napoleón”. En 1960 una prensa acusaba al líder magisterial Othón Salazar de “agente de Jruschov”. El padre de la patria fue encarcelado
hace 150 años por “hereje” y “agitador”. En 1960 el líder ferrocarrilero Demetrio Vallejo
fue acusado por “agitador”. En 1910 se encontraba en la Cárcel de Belem el periodista Filomeno Mata y su hijo de 20 años. En 1960 el hijo de Mata, de 70 años, estaba en la cárcel acusado por lo mismo que su padre: “defender por escrito las causas del pueblo”.

En 1910 “una clase voraz de comerciantes, industriales y banqueros servía de intermediaria
a los intereses de grandes consorcios norteamericanos e ingleses, e invocaba el progreso
de México para disfrazar su particular progreso y sus personales ganancias”. En 1960 la burguesía “revolucionaria” servía “de frente para ocultar la penetración expansiva de las inversiones norteamericanas que aquí” encontraban “mano de obra barata, réditos abundantes y fáciles, fuga del sistema impositivo norteamericano, manera de evitar la sobre producción capitalista y manera, también, de distraer en renglones secundarios el lento desarrollo de México.
Como en 1910, todo lo justifica ‘el progreso de México’, forma de disfrazar la incompetencia para utilizar los propios recursos con un sentido popular, planificado y patriótico de la economía nacional”.

¿Qué haría el gobierno? ¿Qué respuestas daría a tantas inquietudes
nacionales? Fueran las que fueran una cosa era cierta, el pueblo estaba cansado, harto de bandazos, aplazamientos y del “expediente paliativo”. El pueblo exigía y formulaba una “exigencia {desde abajo}: adelante con la Revolución mexicana, contra todas las mentiras, contra todas las justificaciones retóricas,
contra todos los intereses contrarios al pueblo”. La Revolución
“de palabra ha muerto”. El pueblo exigía “la transformación revolucionaria de la realidad concreta, la injusta realidad”.12

Y sin embargo, ¿cuál era el camino?, preguntaba Fuentes a la clase política mexicana porque no era posible seguir en manos de un “aparato burocrático hermético” que se negaba a escuchar
la voz popular; que se pretendía “omnisciente cuando la iniciativa privada le exigía definiciones” con un tono insolente que, de ser utilizado por hombres de izquierda, merecería los “implacables rigores del ‘delito de disolución
soocial’ ”.

¿Pero cuál era el camino? Estaba el que perpetuaba la injusta
distribución del ingreso: 50% para el 2% de la población y 50% para el 98% restante; el que se negaba a realizar las reformas fiscales para establecer el “impuesto personal”, medida
aceptada por los países más conservadores del mundo; el que no se atrevía a regular el “flujo y reflujo de capitales extranjeros” que invertían en “proyectos secundarios y de rápida
utilidad” y retiraban sus ganancias del país por lo menos el doble de lo invertido; el que renunciaba al derecho de expropiar y se limitaba a “vergonzantes operaciones de compraventa de negocios endeudados”; el que imponía “dirigentes incondicionales a los sindicatos”, encarcelaba a los dirigentes honrados
e imponía a “fantoches inocuos en los poderes municipales, estatales y legislativos”; el que aceptaba el “camino de la demagogia y el titubeo, el camino del temor y los brazos cruzados frente a la insolencia y voracidad de la clase dominante”. ¿Cómo superar la {anarquía improductiva} de la economía mexicana? ¿Progresaba un país cuando el 70% de los capitales estaba atesorado y dedicado a producir rentas fijas para “una clase parasitaria”, el 20% invertido en el comercio
y sólo un 10% en “actividades productivas industriales”?

Para Fuentes había este camino. El camino del pueblo. Pueblo que pedía “planificación total del desarrollo económico”, “utilización
total de todos nuestros recursos, hoy dormitantes o malgastados
en importantísimos renglones”; impartición de una “educación popular sincronizada con el desarrollo económico; diversificación del comercio exterior”; “exclusión de la inversión extranjera […] en los casos indispensables, por la cooperación económica a través de los conductos internacionales despersonalizados”;
establecer el “gran crédito agrario”. Cómo hacer que estas demandas populares las escucharan los gobernantes, las cámaras federales, la iniciativa privada. Era claro que el camino que se debería tomar era el {camino político}: organizar la “fuerza popular” y darle “voz nacional” para que indique el “verdadero camino”. Un pueblo con voz no permitiría que la iniciativa privada aterrorizara al gobierno ni tampoco querría
que se limitaran las funciones del Estado en un país subdesarrollado. Y el pueblo sólo puede tener voz si se organiza.13

Cuba de nuevo en la palestra internacional y el mundo contemplándola entre la admiración y el rechazo. {Política} en sus portadas, editoriales y colaboraciones daba cuenta cómo ese verano de 1960 los termómetros no podían registrar las más altas temperaturas.
Desde su mesa de trabajo Fuentes analizaba de manera
minuciosa la estrategia de Estados Unidos hacia América Latina, el papel de México y de la Organización de los Estados Americanos. El analista político y el estudioso del derecho internacional
revisaba todos los pasos ocurridos en San José de Costa Rica. No fue ninguna casualidad que el 15 de septiembre apareciera en {Política} la “Declaración de La Habana” y el “Réquiem
por la OEA”, este último firmado por Carlos Fuentes. El primero condenaba la {Declaración} hecha en aquella reunión porque atentaba la contra autodeterminación nacional, la soberanía
y dignidad de los pueblos latinoamericanos; y el segundo, manifestaba su desacuerdo con el gobierno de México de firmar esa Declaración y, además, decía que la OEA de ahí había emergido
“como una cáscara desprestigiada y hueca”.14

El año de 1961 amanecía teñido de sangre en México. 13 personas de Guerrero fueron asesinadas.15 La mayoría jóvenes.
Vidas cortadas a destiempo. No podía ser más trágica la conmemoración de los 50 años de la Revolución mexicana que la muerte de 13 guerrerenses en manos del Ejército que nació de esa Revolución, escribió Fuentes. Eran jóvenes que luchaban porque México no fuera tierra de corruptos ni de ineptos ni de caciques. ¿Quiénes eran los responsables?
Toda la clase política local y nacional
porque se negaba a escuchar la voz del pueblo
que quería que abrieran los ojos frente a la “transformación política, moral, de conciencia” que ocurría en México. Pero también eran responsables,
acaso en mayor grado, los ciudadanos mexicanos. “Porque si imposiciones, abusos y crímenes” como los de Guerrero persistían, la culpa era de toda la ciudadanía, por “su falta de energía y perseverancia para organizarse y oponer un frente político poderoso a la irracionalidad y al temor oficiales”. También lo era el intelectual,
el estudiante, el trabajador que no se decidía “a superar la muerte cívica de México mediante la organización política legal”. “¿Qué vamos a hacer, tú y yo, mexicanos, qué vamos a hacer? ¿No podemos, todos juntos, ofrecerle a nuestro país la salida?”, preguntaba Fuentes.16

El ex presidente Lázaro Cárdenas desde hacía algún tiempo impulsaba la Conferencia Latinoamericana por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz, que se llevaría a cabo en la ciudad de México del 5 al 8 de marzo de 1961. Ante al silencio de la prensa ante la preparación de la esos trabajos y los ataques que Cárdenas recibía, Fuentes escribió en {Política} sobre el alcance de la Conferencia y la relación que había entre “los movimientos de liberación nacional de los países subdesarrollados y el futuro de México”. Aislados, dijo, “estamos condenados a lo que hoy vivimos: el estancamiento político, el desarrollo económico lento y anárquico, la supervivencia
de sistemas injustos” que degeneraron privilegios “de un mínimo sector de la población”. Por lo que era imprescindible estar “unidos al frente político” que no tardaría “en integrarse,
del mundo subdesarrollado, animados por la solidaridad efectiva, por la ruptura del aislamiento”. Sólo entonces México podría “conducir una política internacional activa” que sirviera de “apoyo a una política interna revolucionaria, y abandonar la actual postura de pasividad interna e internacional”.17

Fuentes había tenido la oportunidad de estar cerca del general
Cárdenas y acompañarlo en esos días. Más próximo aún lo tuvo en los seis días de gira por los estados de Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Michoacán, entre el 14 y 20 de marzo de ese año, donde recogió momentos para hacer una de las mejores crónicas que publicó en {Política}. En el recorrido hecho por un grupo de delegados de aquella Conferencia, más los representantes chinos y mexicanos, el cronista ejerce. Observó
el entusiasmo del general frente a los campos cultivados mientras transitaban a Querétaro y contrastaba la experiencia
china al reforestar las cuencas hidrológicas construyendo grandes presas con la actitud indiferente de México frente a su deforestación. Dio cuenta de cómo el general les indicaba el lugar donde fue asesinado Melchor Ocampo y el árbol donde fue colgado. Cuando a lo lejos se veía el Cerro de las Campanas,
Cárdenas pidió a Francisco López Cámara que diera una “versión más completa de los hechos”, pues deseaba que la lección que daba el hecho histórico no pasara “inadvertida para los latinoamericanos, sobre todo para los cubanos” que vivían bajo “la amenaza de la invasión imperialista”.

En el recorrido pronto se encontraron con el paisaje guanajuatense.
Entre Celaya y Salamanca vieron cómo sus “cerros se levantan como grandes abanicos volteados. Las torres de la refinería de Petróleos Mexicanos, los depósitos azules, rojos,
amarillos, verdes” brillaban en ese atardecer. Se apearon en Salamanca, donde Cárdenas invitó a los delegados a que expusieran el problema del petróleo de sus respectivos países. La misma historia tan conocida en México, concluyó Fuentes: “explotación irracional de los recursos, bajos salarios, desperdicio
de los mantos, condiciones de vida infrahumana”.18 Tras foro latinoamericano del petróleo siguieron rumbo a Guanajuato,
Pénjamo, La Piedad, Guadalajara.

En la capital de Jalisco Fuentes observó a Cárdenas dirigirse al público. Anotó: sus manos eran “parte esencial del discurso:
nunca exageradas, siempre contenidas en un movimiento firme y dramático. A menudo, la mano izquierda” permanecía
“junto al pecho, con el pulgar sobre la solapa del saco, mientras la mano derecha, con el puño cerrado”, se adelantaba “para subrayar o explicar”. A veces levantaba “verticalmente el brazo derecho, el mismo con el cual” saludaba, “flexionando los dedos”. Nunca había “un arranque oratorio”. El discurso era “conducido con la sencillez de una plática entre amigos, de un diálogo cordial y serio en que lo importante” era “aclarar las cosas, dar orientaciones prácticas, tratar temas concretos”. Se encontraba “bien lejos del disimulo y la retórica habituales de nuestra politiquería”. Estaba en la política como “función suprema de la verdad pública y el diálogo colectivo”.19

Después de estar en Jiquilpan, la tierra donde nació el general,
siguieron a Paracho y el sábado 18 de marzo estaban en Uruapan. Celebraban el 23 aniversario de la expropiación petrolera. Dio inicio el desfile de oradores. Dos horas habían pasado y el entusiasmo continuaba semejante al que Fuentes vivió en su niñez, en las jornadas del Frente Popular Chileno; y recientemente, en las manifestaciones por la Revolución cubana.
En Uruapan, Lázaro Cárdenas improvisó “una de las más extraordinarias oraciones de su vida”, relata un Fuentes conmovido,
esforzándose por plasmar el momento y haciendo volar la pluma “sobre el cuaderno de notas”. Imposible “ser fiel a la gran riqueza del discurso y, a menudo, la figura magnética de Cárdenas, las ovaciones, los rostros exaltados de la multitud”, obligaban, finalmente a “abandonar la pluma”. Y la enseñanza de este viaje con Cárdenas y con los delegados de la Conferencia
fue que la vida democrática de un país dependerá de todos. La reforma agraria integral, la democracia sindical, la libertad política sólo será posible si el pueblo se organiza porque sólo un pueblo organizado será el que logre conquistarlas.20

El tiempo, inexorable, marcó el primer año de vida de la revista {Política}. Justo momento para escribir “Con el fascismo o con el pueblo. La hora de las definiciones”. Había llegado la hora. Todos se definían por cualquiera de esos dos rumbos. Se habían quitado las máscaras y los disfraces. A la luz del día se observaba cómo las fuerzas se alineaban para uno y otro lado. En México también se deslindaban los campos. De un lado estaban los “banqueros agiotistas, el alto clero, la prensa mercenaria, los altos funcionarios derechistas, los partidos reaccionarios,
los empleados del capital norteamericano en la industria, el comercio y el gobierno, los líderes {charros} de las organizaciones campesinas u obreras carentes de independencia”.
Por el otro, estaban los maestros, campesinos, estudiantes e intelectuales. Unos y otros sabían que la “era del aplazamiento
y las medias tintas” se había terminado.

Celebraba que después de más 20 años las fuerzas populares se organizaran autónomamente. Había conciencia y una nueva responsabilidad. Esta organización incipiente dio su respuesta ante los retos que le planteaba el mundo: estaba al lado del pueblo de Cuba y con los pueblos latinoamericanos amenazados
por Estados Unidos. Le tocaba al presidente López Mateos
aceptar el programa del pueblo, aplastar cualquier intento fascista, recoger las banderas abandonadas de la Revolución mexicana, “rescatar para la nación la riqueza estéril y malgastada
en manos de la burguesía y los extranjeros, y abrir el camino del futuro”. Era, pues, la hora de las definiciones. El pueblo lo había hecho. El gobierno decidiría si lo acompañaba.21

Sin embargo, un pueblo organizado siempre es visto como el mayor de los peligros por los grupos conservadores y reaccionarios.
Empiezan los vituperios. Intentan dividirlo. Es el temor a los cambios sociales. Las viejas y nuevas oligarquías defienden el orden imperante en nombre de la democracia y las libertades y el fantasma del comunismo deambula por todo el país. En un lugar con tanta historia, como es la ciudad de Puebla, se dio un episodio en los días de junio que se vio como un ensayo general de las “fuerzas vivas” contra los estudiantes “comunistas”.

El conflicto interno de la Universidad Autónoma de Puebla rebasó su espacio para convertirse en el “ensayo general de los conservadores mexicanos contra cualquier intento de mejoramiento
económico y progreso cultural del pueblo mexicano”, escribió Fuentes en su “Puebla de los Ángeles vs. Puebla de Zaragoza”. Los estudiantes poblanos plantearon una educación universitaria moderna, honradez administrativa, “objetividad científica contra la paulatina conversión de la Universidad Autónoma
de Puebla en una cátedra dogmática de la extrema derecha”. Las autoridades respondieron sustituyendo maestros liberales por miembros del Frente Universitario Anticomunista,
reprobaron a los estudiantes progresistas para impedirles organizarse y las enseñanzas discurrieron contra la obra de Juárez y el artículo tercero constitucional. Las derechas más extremas se unieron bajo el manto y mando del arzobispo Márquez y Toriz, que eran el Partido Acción Nacional, la Unión Nacional Sinarquista, el Frente Universitario Anticomunista
y los Caballeros de Colón.22

Los estudiantes se defendieron y eligieron como rector al doctor Glockner, restaurando, además, la libertad de cátedra y los principios del artículo tercero. Las fuerzas derechistas atacaron y las “fuerzas vivas” llamaron a este movimiento “comunista”.
Más tarde los barones del dinero presionaron con no pagar impuestos y cerrar sus negocios así como de convertir el conflicto, vieja costumbre, en conflicto religioso. La jerarquía católica maniqueísta presentó esta disyuntiva: el {cristianismo} representado por el depuesto rector y “las fuerzas vivas” derechistas
o el {comunismo} representado por los estudiantes y maestros liberales.23Un escenario a modo para que el arzobispo
de Puebla encabezara su peculiar cruzada.

Las fuerzas una vez más estaban bien diferenciadas. ¿El gobierno
toleraría los desacatos a la ley de las derechas y el clero? ¿Puebla otra vez escenario entre liberales y conservadores? ¿Resistirían los jóvenes poblanos los embates de las derechas? Fuentes creía que sí. “Pero, ¿cuánta más segura sería la lucha si, detrás de ellos, estuviera una gran organización popular mexicana,
capaz de alertar a toda la nación contra el peligro de esta nueva insurrección de las mismas fuerzas que asesinaron a Hidalgo,
coronaron a Maximiliano y sacrificaron a Madero?”.24

¿Por qué la derecha había avanzado en el país? Por el “autoengaño” del gobierno de López
Mateos. Era “contrario a la experiencia histórica” que la derecha se conformara con “una política de centro”. El {centro} inmoviliza y el gobierno le ofrecía a la derecha la “espléndida
oportunidad de infiltrar aún más el gobierno,
ahondar sus influencias y afirmar sus dominios de las actuales estructuras políticas, sindicales y económicas de México”.25 Pero fallaba
aún más cuando amenazaba con la represión
a los grupos demagógicos de derecha o de izquierda que, fuera del marco constitucional, pretendieran “desarticular la vida nacional”. Se equivocaba porque la derecha y la izquierda no eran la misma cosa ni podían equipararse “para efectos demagógicos”. La derecha le da todos los privilegios que quiera a los poderosos y a la jerarquía católica aun por encima de la Constitución. Mientras que la izquierda procura el bienestar de las mayorías, la lucha por la soberanía nacional y la {plena vigencia} de la Constitución, “no sólo frente a las violaciones de la derechas sino también frente a las del gobierno, cuando éste mantiene presos políticos sin derecho a proceso, viola los derechos sindicales y asalta las garantías individuales”.26

Fuentes, en definitiva, observaba que la derecha, los grupos
empresariales, los jerarcas católicos le tributaban calurosos aplausos al presidente López Mateos. Aplausos que tenían un precio. Un precio que el pueblo nunca pediría. El pueblo sólo quería que lo escucharan, que atendieran sus reclamos muchos de ellos ancestrales. Había que atenderlos y resolverlos a fondo, era una obligación del gobierno y de los sectores democráticos de México. Era la hora de las definiciones y también de las palabras,
pues éstas se deberían traducir en hechos concretos.27

Entre el 4 y el 5 de agosto surgió el Movimiento de Liberación
Nacional (MLN). Lázaro Cárdenas, cabeza y corazón del Movimiento, señaló que “todos los pueblos de América lucharon
desde su independencia contra los intereses conservadores
y retardatarios”. Pero ni en lucha por la Independencia, la Reforma y la Revolución mexicana “se habían confabulado las fuerzas de las oligarquías dominantes,
las del clero político y del imperialismo norteamericano” como ahora. “Ante esta innoble
campaña provocadora” México y todos los países americanos deberían organizarse, unirse para defender “conjuntamente sus intereses”. Y para eso se estaba organizando el Movimiento de Liberación Nacional, “organización lícita” y “organización que contribuya a la realización de los postulados de la Revolución mexicana, consagrados en nuestra Constitución”.

En el {Llamamiento} que hizo el MLN se reiteró una vez más la importancia de organizarse,
de estar unidos campesinos, obreros, estudiantes, intelectuales. Sólo unidos “todos los sectores democráticos”
podrían triunfar. Había que cerrar filas. Superar las diferencias. Participar en la “lucha diaria, amplia y democrática
en bien de México”. Sólo así se “podrían convertir en realidad las exigencias del pueblo de México”, como eran, entre
otras, la plena vigencia de la Constitución, libre expresión de las ideas, dominio mexicano de todos nuestros recursos, industrialización nacional sin hipotecas extranjeras, reparto justo de la riqueza nacional, comercio con todos los países, democracia, honradez, bienestar, pan, soberanía y paz. Entre los miembros del Comité Nacional que firmaron y lanzaron este documento se encontraba Carlos Fuentes.28

Fuentes siguió trabajando en {Política}, continuó ejerciendo el periodismo, luchando desde esta y otras tribunas por la defensa de la soberanía de Cuba y su revolución, por las causas de los pueblos de África y Asia, por la democratización de México, empeño en el que no cejó. {{n}}

1 En el primer número de la revista {Política} aparecieron
los siguientes nombres de redactores y colaboradores:
Alonso Aguilar, Concepción Ambriz, Pita Amor, Fernando Benítez, Enrique Cabrera, Fernando Carmona, Fausto Castillo, Rosa Castro, José de la Colina, Carlos Fuentes, Carlos Lagunas, Germán Lizt Arzubide, Vicente Lombardo Toledano,
Salvador Novo, Carlos Pacheco Reyes, Antonio Pérez Elías, Fernando Revuelta, Víctor Rico Galán, Antonio Rodríguez, Emilio Uranga.

2 Carlos Fuentes, {Tiempo mexicano}, México, Joaquín
Mortiz, 1971, p. 7.

3 Gill decía que el movimiento ferrocarrilero “elevó notablemente el nivel político de los trabajadores del riel” y también el de los soldados que cuidaban
las instalaciones ferrocarrileras. Éstos les dijeron a aquéllos: “De ustedes depende el triunfo; no den ni un paso atrás, si no se los lleva la chingada” (Mario Gill, {Los ferrocarrileros}, Editorial Extemporáneos, México, 1971, pp. 211 y 212).

Mientras que Jacinto López le dijo a Campa cuantas veces lo encontraba:
“Cuídate, porque los del Estado Mayor donde te encuentren te matan, te lo digo porque yo he andado con ellos” (Valentín Campa, “Las huelgas ferrocarrileras de 1958-1959”, en {Cuadernos de CIHMO}, volumen I, número
1, 1983, p. 183).

4 Carlos Fuentes, “Revolución sin brújula”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen, I, número 1, 1º de mayo de 1960, p. 16.

5 Carlos Fuentes, “Primero de mayo en La Habana”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 2, 15 de mayo de 1960, pp. 46 y 47.

6 Este es el testimonio del embajador de México en Cuba, Gilberto Bosques,
a cerca de visita del presidente de ese país al nuestro. “El presidente Osvaldo Dorticós haría una visita por los países de América del Sur. Me pareció oportuno y lógico invitarlo a nuestro país y así lo propuse. Vine a México para explicar mi parecer. El secretario Tello me dijo que si quería
tratar el asunto con el presidente López Mateos podía hacerlo. Así lo hice. Su respuesta fue inmediata y positiva. Pero esa visita se topó con una resistencia general por parte de altos funcionarios del gobierno. Se creyó inoportuna, negativa para los intereses de México. Hubo hasta un secretario de Estado que no quiso estar presente en la visita y se ausentó de la capital. […] La recepción en el aeropuerto no fue de acarreados sino espontánea. Las galerías del aeropuerto se llenaron de gente que vitoreaba a Cuba, a Dorticós, a la Revolución cubana, a López Mateos. Tanto en México como en La Habana la visita del presidente Dorticós se consideró un acto de gran significación” (Graciela de Garay, {Gilberto Bosques}, Secretaría
de Relaciones Exteriores, México, 1988, pp. 146 y 147).

7 Unas cuantas semanas después de estas muestras de solidaridad del gobierno
y pueblo mexicanos al gobierno cubano, el presidente de la Comisión
Permanente del Congreso de la Unión formuló unas declaraciones que hicieron que el Departamento de Estado citara al embajador de México en Washington para que las explicara. Sobre el particular, esto fue lo que escribió
Fuentes: “Durante años, los legisladores norteamericanos han formulado declaraciones insultantes contra nuestros pueblos, han solicitado intervenciones
armadas, han recibido a los desertores y delatores de América Latina, han ejercido represalias contra nuestras economías. En el seno del Congreso norteamericano se han insultado a Plutarco Elías Calles, a Álvaro Obregón, a Lázaro Cárdenas, a Guillermo Toriello, a Fidel castro. De las cámaras legislativas
de Washington han salido las voces defensoras de la {Huasteca} y de los latifundios de los Hearst, de la {United Fruit} y de la {Texaco}. De ellas, las compañías mundiales contra la expropiación petrolera mexicana, contra las reformas agrarias de México, Guatemala y Cuba, contra Pemex y Petrobras. De ellas, las alabanzas a Pérez Jiménez, las condecoraciones a Trujillo, la ayuda militar a Batista, la ayuda económica a Rojas Pinilla. Y a cualquier voz de protesta latinoamericana —cuando las ha habido— el Departamento de Estado ha respondido: ‘El poder legislativo es independiente’. ¡Ah!, pero el día que un legislador mexicano se levanta, no a condenar, no a difamar, no a promover represalias , sino a defender la soberanía y la libertad de un pueblo hermano, el Departamento de Estado cita al embajador de México en los Estados Unidos para que le ‘explique’ la afirmación de Sánchez Piedra,
como si las declaraciones de un dirigente del Congreso mexicano fuera objeto de dilucidación diplomática ante una potencia extranjera, como si un representante popular mexicano le diera explicaciones a alguien más que a su propio pueblo. Como si el gobierno de los Estados Unidos, alguna vez, hubiera explicado ante un gobierno latinoamericano el sentido de las declaraciones
intemperantes de algún senador de Mississippi” (Carlos Fuentes, “¿Dignidad nacional o terrones e azúcar?”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 6, 15 de julio de 1960, p. 31).

8 Carlos Fuentes, “Dorticós en México. Un triunfo popular”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 4, 15 de junio de 1960, p. 25.

9 Carlos Fuentes, “El pueblo puede ‘saltar las trancas’”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 5, 1 de julio de 1960, p. 23.

10 Sobre los sucesos del 4 de agosto de1960, el editorial de {Política} señalaba que la nación pasaba por un “momento de suma gravedad”, exigía “un examen profundo de las causas de los recientes conflictos, y decisiones radicales para resolverlos”. Imponía “un examen de las causas inmediatas”
y también exigía “un análisis de las causas lejanas que desde hace tiempo desvían a los gobiernos del cumplimiento de los principios de la Revolución y de los términos constitucionales” (“Editorial. Ante una grave situación”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen
I, número 8, 15 de agosto de 1960, p. 2). Benítez escribió sobre esos sucesos:”Un nuevo poder ha surgido en México: el de la policía; un nuevo calificativo define al régimen: el policiaco; un nuevo símbolo se añade a las armas de la ciudad: la macana de ese criminal, secreto o público, que es el policía mexicano” (Fernando Benítez, “El día de la ignominia”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 8, 15 de agosto de 1960, p. 15).

11 Carlos Fuentes, “Las lecciones de una agresión”, en {Política. Quince días de México y del Mundo,} año I, volumen I, número 8, 15 de agosto de 1960, p. 29.

12 Carlos Fuentes, “Feliz aniversario”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 9, 1 de septiembre de 1960, p. 39. (El subrayado es del autor.)

13 Carlos Fuentes, “Sí: ¿cuál es el camino?”, en {Política. Quince días de México y el Mundo}, año I, número 16, 15 de diciembre de 1960, p. 19.

14 Carlos Fuentes, “Réquiem por la OEA”, en {Política. Quince días de México
y del Mundo,} año I, volumen I, número 10, 15 de septiembre de 1960, p. 39. El primero de diciembre Fuentes obsequió a sus lectores y a los de la revista una entrevista que hizo en Nueva York al canciller cubano Raúl Roa. En donde se tocaron entre otros temas la reunión de San José de Costa Rica. Cfr., Carlos Fuentes, “Entrevista con Raúl Roa”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año I, volumen I, número 15, 1 de diciembre de 1960, pp. 28 y 29.

15 Laura Castellanos señala que la “cifra oficial fue de trece muertos, entre
ellos dos mujeres, tres menores de edad (una niña de seis meses) y un soldado; cerca de cuarenta heridos y ciento cincuenta detenidos. El pueblo contó dieciséis muertos. Los testigos señalaron a [Xavier] Olea Muñoz [Procurador de Justicio de Guerrero] como responsable. Los reporteros de {Excélsior} y {La Prensa} lo acusaron de haberlos agredido y amenazado con arma de fuego. El procurador negó todo. Años después hizo pública su versión y las declaraciones ministeriales de los militares involucrados. De cualquiera manera, el ‘caso Guerrero’ había explotado” (Laura Castellanos, {México armado. 1943-1981}, epílogo y cronología de Alejandro Jiménez Martín del Campo, México, Ediciones Era, 2007, p. 110. [Biblioteca Era]).

16 Carlos Fuentes, “Guerrero, ¿quién es el responsable?”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, vol. I, número 17, 1 de enero de 1961, p. 25.

17 Carlos Fuentes, “Cárdenas, en su sitio”, en {Política. Quince días de México
y del Mundo}, año I, número 21, 1 de marzo de 1961, p. 17

18 Carlos Fuentes, “Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Michoacán. Siete días con Lázaro Cárdenas”, en {Política. Quince días en México y en el Mundo}, año I, volumen I, número 23, 1 de abril de 1961, pp. 15 y 16.

19 Carlos Fuentes, “Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Michoacán. Siete días con Lázaro Cárdenas”, en {Política. Quince días en México y en el Mundo}, año I, volumen I, número 23, 19 de abril de 1961, p. 19.

20 Carlos Fuentes, “Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Michoacán. Siete días con Lázaro Cárdenas”, en {Política. Quince días en México y en el Mundo}, año I, volumen I, número 23, 1 de abril de 1961, p. 22.

21 Carlos Fuentes, “Con el fascismo o con el pueblo. La hora de las definiciones”,
en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año II, volumen II, número 25, 1 de mayo de 1961, pp. 10 y 11.

22 Para mayor detalle de las cruzadas anticomunistas tanto en Puebla como en otros lugares de la República mexicana, véase, Enrique Condés Lara, {Represión y rebelión en México (1959-1985). La guerra fría en México. El discurso de la represión}, tomo I, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla/Miguel Ángel Porrúa, México, 2007, pp. 204 y ss.

23 Carlos Fuentes, “Puebla de los Ángeles vs., Puebla de Zaragoza, en {Política.
Quince días de México y del Mundo}, año II, volumen II, número 27, 1 de junio de 1961, segunda de forros.

24 Carlos Fuentes, “Puebla de los Ángeles vs., Puebla de Zaragoza, en {Política.
Quince días de México y del Mundo}, año II, volumen II, número 27, 1 de junio de 1961, cuarta de forros. Sobre la cruzada derechista y clerical, véanse estos artículos que se publicaron en la misma revista:

25 Carlos Fuentes, “El empedrado del infierno”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año II, volumen II, número 28, 15 de junio de 1961, p. 18.

26 Carlos Fuentes, “El empedrado del infierno”, en {Política. Quince días de México y del Mundo}, año II, volumen II, número 28, 15 de junio de 1961, p. 19.

27 Carlos Fuentes, “El empedrado del infierno”, en {Política. Quince días de México y del Mundo,} año II, volumen II, número 28, 15 de junio de 1961, p. 19.

28 {Política. Quince días de México y del Mundo}, año II, volumen II, número
32, 15 de agosto de 1961, p. 5. El {Llamamiento del Movimiento de Liberación Nacional}, en la segunda y tercera de forros del mismo número citado de la revista.