La obra de Carlos Fuentes no cabe en el mundo; la obra de Carlos Fuentes cabe en una línea. Esa línea es un título, y ese título está en el capítulo 83 de {El hombre sin atributos}: “¿Por qué no inventamos la historia a medida que avanzamos?”. Cuando escribió ese capítulo, Musil no estaba pensando en el descaro con que un novelista mexicano, nacido diez o quince años después de los hechos que cuenta la novela, se ha enfrentado al monstruo de la Historia. Pero eso es lo que ha hecho Fuentes: más que ningún otro novelista de nuestra lengua, Fuentes se ha dedicado a indagar en el curioso matrimonio entre los hechos del pasado colectivo (eso que llamamos Historia) y el lenguaje intensamente individual de la mejor herramienta ideada por los seres humanos para explorarse a sí mismos (eso que llamamos novela). Ha comprendido que la novela que nos habla de nuestro pasado no reproduce el mundo, sino que lo reinventa. En {Geografía de la novela} leemos una formulación mejor: la novela, dice Fuentes, no muestra ni demuestra el mundo, sino que añade algo al mundo. La novela como constructora de una Historia que antes no estaba allí. Fuentes como arquitecto de nuestra Historia ficticia, mucho más real que la verdadera historia.

Del pasado recompuesto de {Terra Nostra} al futuro especulativo de {La silla del Águila}, de la historia de un día que es {Cambio de piel} a la historia de un siglo que es {Los años con Laura Díaz}, Carlos Fuentes se ha convertido en el mayor domador de nuestra experiencia hispanoamericana: nadie como Fuentes ha metido la cabeza entre las fauces de nuestra Historia. En {El arte de la novela} dice Kundera que no hay que confundir dos cosas: por un lado, la novela que examina {la dimensión histórica de la existencia humana}, y por el otro la novela que es {una ilustración de una situación histórica}, la descripción de una sociedad en un momento determinado, una historiografía novelada. Esta división pone en escena un combate que Fuentes ha librado desde sus inicios como novelista: el combate (diré más bien: la lucha a muerte) entre la imaginación y la información. Las novelas de Fuentes no informan: imaginan. Para informar están los historiadores; para transformar esa información en conocimiento (sobre la condición humana), están los novelistas.

Como la de Carey en Australia, como la de Rushdie en la India, la obra de Fuentes es un intento por preservar la condición histórica del hombre; un intento, digo, por detener el proceso de deshistorización que sufrimos nosotros, los hombres contemporáneos. Leer una novela como {La muerte de Artemio Cruz} es asistir, pasmados, al proceso por el cual la historia de todos se convierte en un asunto íntimo y privado como el monólogo de Molly Bloom, pero tan comprobable y tangible como una batalla de Tolstoi. Pero al mismo tiempo la de Fuentes es una obra de indagación: lo que le interesa es decir cosas que no habían sido dichas antes, colonizar territorios de nuestra experiencia que permanecían vírgenes. Es una obra inquisidora, investigadora, una obra que no cuenta lo que ya sabe, sino que averigua en el proceso de contar. En ese sentido hay que leer las dos frases que abren {Los años con Laura Díaz}: “Conocía la historia. Ignoraba la verdad”. El novelista es el hombre que busca la verdad detrás de la historia. O más bien: el que sabe que la Historia con mayúscula es apenas una cara del asunto, que lo interesante se ve a través del microscopio. El que sabe que, como leemos en el tercer tomo de {Los sonámbulos} de Hermann Broch, “una época no puede ser jamás insensata o grandiosa, cosas que en todo caso corresponden a un destino individual”.

El destino individual. Ahora sabemos que el microscopio histórico de Fuentes se ha enfocado sobre uno de esos destinos, un episodio reciente de la historia colombiana: el asesinato, en 1990, de Carlos Pizarro, comandante guerrillero que decidió dejar las armas e incorporarse a la vida política. En alguna parte se pregunta Fuentes si tiene derecho como mexicano a hablar de Colombia, a cantar la cólera de un Aquiles colombiano. Es una pregunta curiosa, viniendo de alguien que ya se ha apropiado de todo el territorio de la cultura hispánica, de la frontera norteamericana, de la vida dentro de un vientre. La obra de Fuentes le ha dejado a mi generación ese legado: el derecho inalienable que tiene el novelista latinoamericano de apropiarse del mundo entero en la ficción; o mejor, la obligación que tiene de irrespetar las fronteras. Que el Pizarro de turno sea el guerrillero colombiano o el conquistador español es quizás lo de menos: lo importante es que una vez más la realidad histórica, que en su miopía sólo puede hablar de épocas, volverá, por espacio de una novela, a hablarnos de destinos individuales. El lugar y el tiempo, esas coordenadas inevitables de la novela, existen para servir al novelista, no el novelista para servirlas a ellas.

Recuerdo una escena de {Terra Nostra} donde un grupo de hombres barbados canta en París unos versos ominosos:

El lugar es aquí,

El tiempo es ahora,

Ahora y aquí,

Aquí y ahora.

Siempre me ha parecido increíble que esa canción no esté hablando de los poderes fantásticos de la literatura. Eso es la obra de Fuentes: la arena donde se concilian, sin contradicción, todos los tiempos y todos los lugares. Ahora, esa arena es Colombia. Y los lectores esperamos que la nueva novela de Fuentes vaya, vea y vuelva para contarnos lo que ha visto. {{n}}