En un ensayo, donde relata cómo empezó a escribir, Fuentes cuenta que en el verano de 1950, viviendo él en Suiza y a sus 22 años, “mi primera experiencia europea llegó a su clímax”. Cenaba en un restaurante
sobre una balsa en el lago de Zurich cuando descubrió que a la mesa vecina se sentaban “tres señoras con un hombre entrado en sus setentas, vestido con una chaqueta blanca, tieso y elegante, cuyo rostro envejecido mostraba una crecida fatiga”. Era Thomas Mann. Al reconocerlo, transido de admiración, el veinteañero aspirante a escritor evocó previsiblemente al cansado Aschenbach de {La muerte en Venecia}, sobre el cual pesaban “las tareas que le habían impuesto su propio ego y el alma europea”. Viendo a Mann cenar silencioso sobre el suave oleaje de ese lago tan civilizado, en el corazón de un continente recientemente arrasado, medio a medio del siglo XX, Fuentes percibió la afinidad que había entre el destino de ese autor y el de sus contemporáneos.

A la vez, con una suerte de dolida honestidad, Fuentes confiesa: “Y no me atreví a concebir que tal afinidad fuera posible en nuestra cultura latinoamericana”.

En nuestra Latinoamérica “las extremas demandas de una sociedad silenciada
a menudo asesinaban la voz del yo”. La cultura, que nos parece demasiado
pequeña para expresar las enormidades de una historia acallada.

Ahora Carlos Fuentes cumple 80 años. Sobrepasa la edad que tenía Mann aquella noche de hace casi seis décadas (tiene ahora la intemporal edad de Aschenbach). Asimismo, pesan sobre él las enormes obligaciones —la vasta obra— que le impuso su propio ego de creador. Y algo más que habría sorprendido al joven Fuentes: ahora pesa sobre él su afinidad con el “alma hispanoamericana”.

Cuando todo se haya debatido, esto será irrebatible: la generación literaria
de Carlos Fuentes —con él a la cabeza, como el más cosmopolita de todos— logró darle una expresión universal a Hispanoamérica. Para hacerlo internacionalizó lo que contribuyó a inventar: un espíritu común
del continente. En nuestra lucha secular y feroz entre nacionalismos histéricos y cosmopolitismo melancólico, la dificultad de la empresa no puede sobrestimarse.

Fuentes superó la melancolía que la presencia de Mann en aquella lejana noche de Zurich, le suscitara. Logró concebir (en el sentido, asimismo, de engendrar) aquella afinidad entre un autor y su cultura que a sus 20 años le parecía inconcebible en Latinoamérica. Ahora Carlos Fuentes representa el espíritu de Latinoamérica como Mann representaba el alma europea.

Esa afinidad entre la obra de un autor y su cultura no se logra sin una audacia cosmopolita. Es preciso abandonar “el cuerpo” de la propia nación,
estrecho y familiar, para arriesgarse a ver “el alma” de la civilización, común y ajena, donde la patria se pierde. Inevitablemente, esa actitud cosmopolita se paga en distanciamiento, en extrañamiento. El joven Fuentes
percibía la intensa soledad que irradiaba Mann en aquella cena sobre el lago. En las fiestas de estos 80 años de Carlos Fuentes celebrémosle, también, esa valentía. {{n}}