Digamos que hablo de la arrogancia del escritor cuando sostengo que la finalidad profunda de la imaginación poética y novelística es crear un conocimiento real de lo que ha sido un país, de lo que es y fue su pueblo. Los otros medios de comunicación son efímeros: estaciones intercambiables, diarios que terminan en el cesto con la basura del día. Son los poetas y los novelistas quienes nos han acercado a la literatura latinoamericana (si este adjetivo genérico dice algo más que una inercia colonialista) aun cuando no hayamos puesto un pie en sus países. Borges, García Márquez, Cortázar, Fuentes y tantos más.

No sólo iluminan la visión de los extranjeros. Se hacen cargo con su talento único de abrir la conciencia de sus pueblos —sobre todo de ellos—. Para Fuentes, la tarea es: “Revelar México a los mexicanos. Rescatar el pasado de la mentira y el olvido”.

Cito de la primera obra de Carlos que leí: {La región más transparente.}
Puede parecer irrespetuoso con un libro volver sólo a las marcas de lectura, repasar sus subrayados, pero sorprende regresar a un libro de Fuentes y encontrar ahí, en la visión penetrante y visionaria del escritor, que lo escrito en 1958 sobre un país lejano pueda ser una descripción de la realidad de mi propio país, Sudáfrica, en 2008.

Dice Robles, un personaje de la primera novela de Fuentes:
“Mira allá afuera. Todavía hay millones de analfabetos, millones de pobres y de muertos de hambre, campesinos que no tienen un pedazo de tierra, desempleados… Pero hay también millones que van a las escuelas que la Revolución construyó. La Revolución nos enseñó que todo el pasado es presente y que si recordarlo es doloroso, tratar de olvidarlo no destruye su poder”.

Puedo ver “allá afuera” en mi país y encontrar precisamente estas contradicciones en la conquista de libertades que significó la revolución contra el {Apartheid.}

Carlos Fuentes tiene un vocabulario exuberante y admirable, el temple literario para abordar los asuntos políticos con pasión poética y la pasión sexual con el valor que exige análisis del poder. Ha visto el mundo con sus propios ojos y con el tercer ojo de un gran escritor. La facilidad con que puede poner en un párrafo o una página de ficción imágenes vivas de valores contrastantes, casi logra lo imposible: la perfecta contemporaneidad del ser. Eso que sucede en todas partes, de distintas formas, al mismo tiempo: la vida misma.

Sé por experiencia que los autores dejamos de pensar con intensidad en libros que escribimos años atrás, como si se tratara de algo cumplido o superado. Creo haber leído todos los libros que componen hasta ahora la obra única de Carlos Fuentes, obra de grandes alcances, siempre iluminadora, fruto brillante de una vida de imaginación creadora y de una inteligencia en despiadada búsqueda de la verdad. Cuando vuelvo a los subrayados de los libros de Fuentes, que tanto me han enseñado del mundo interior y del mundo externo, sea {La región más transparente o La muerte de Artemio Cruz}, la gloriosa {Terra Nostra, Los años con Laura Díaz} o {La silla del Águila,} donde me detengo para leer de nuevo es en {La frontera de cristal}. No es sólo un libro que amplía el espacio siempre cambiante de la novela, llevándola más allá de las formas aceptadas de lo tradicional, lo moderno y lo posmoderno. No es sólo la frontera de cristal que hay entre migrantes y habitantes, entre aquellos que poseen algo y los que nada tienen sino el reclamo de un espacio humano. La frontera de cristal es la imagen de naciones que se miran a través de ella sin cruzar la línea de las organizaciones internacionales del mundo global, la frontera que hay entre personas que viven juntas pero con ella en medio, la frontera entre dioses de diferentes credos, políticos y religiosos.

Las potentes imágenes de Fuentes son el regalo de un pintor, que es a la vez un poeta y un novelista, reunidos todos en una sensibilidad creadora única. Son las imágenes irresistibles del mundo en que vivimos con él en su cumpleaños 80, con gratitud por la habilidad con que nos hace ver a través de las cosas cada vez que se sienta a escribir. {{n}}

Nadine Gordimer.m Escritora. Premio nobel de literatura 1991.