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No leí un anuncio sino un correo electrónico: una oferta de esa naturaleza no me llega, es cierto, todos los días. Leí y releí el aviso. Dirigido a mí, a nadie más. Se solicita escritor joven. Ordenado. Escrupuloso. Conocedor de lengua francesa. Capaz de hacer discursos y presentaciones. Viaje y alojamiento incluido. Y, para colmo, ni siquiera faltaba mi nombre. Las letras
negras y llamativas del correo electrónico me informaban: Jorge Volpi. Se solicita Jorge Volpi, escritor especializado en datos inútiles, acostumbrado a leer novelas, profesor auxiliar en escuelas particulares (es cierto), y una cantidad que el pudor me impide repetir. Y aunque leí todo eso, no lo tomé a broma. Universidad de Brown. Sonaba muy impresionante.

Imaginé que otro escritor joven —o no tanto— habría recibido
el mismo correo antes, tomado la delantera, hecho el trabajo.
Traté de olvidarme. Pero al día siguiente había un nuevo correo. Al abrirlo ahí estaban, otra vez, esas letras destacadas: escritor joven. Tomé el interminable vuelo que me condujo a Nueva York y luego a Providence, Rhode Island. Una isla que no es una isla. Desde ahí debí haber sospechado. Me dejé llevar por la piedra labrada, las gárgolas, las ventanas ensombrecidas, la luminosidad de los prados. Caminé trece pasos y subí veintidós
escalones hasta el despacho del jefe del departamento.

—Profesor —dije con voz monótona—. Profesor…

—Sí, ya sé. Perdón, no hay asiento.

—Recibí su correo.

—Claro, lo leyó. ¿Cómo se siente?

—Extraño.

Me aparté de la luz para mirar su rostro.

—Voy al grano. Se trata de que usted lo presente.

—¿Yo? ¿Por qué? Él no necesita ninguna presentación. Y menos una mía.

—Debe hacerlo. Dos páginas, no más…

—Pero…

—Usted aprenderá a redactar en su estilo. Le bastará ordenar
y leer sus papeles para sentirse fascinado por esa prosa, por esa transparencia, esa, esa…

—Sí, comprendo.

—Entonces se quedará. Su hotel está cerca de aquí.

—No sé…

Miré a un lado y de pronto me di cuenta de que la muchacha
estaba allí, esa muchacha que no alcanzaba a ver de cuerpo entero. No podía creerlo.

—Es Aura… —le dije al profesor.

—Le advertí que la encontraría aquí.

—Pero no así, no viva.

—Sí, viva. Tan viva como usted.

La joven inclinó la cabeza y el profesor, al mismo tiempo que ella, remedó el gesto.

—Es el señor Volpi.

No podía creerlo. Era ella. Aura. La verdadera, la única.

¿Qué hacía ahí, con nosotros? Ella pertenecía a otro mundo.

—Mañana será el día. Recuérdelo.

Me retiré a mi habitación de hotel y me pregunté si el profesor
no poseería una fuerza secreta sobre la muchacha, si la muchacha, mi hermosa Aura vestida de verde, no estaría encerrada contra su voluntad en esta universidad vieja, sombría. Le sería, sin embargo, tan fácil escapar mientras el profesor dormitaba en su oscuro despacho. Quizás Aura esperaba que la salvase de las cadenas que, por alguna razón oculta, le había impuesto el académico.

Me dediqué toda la noche a leer los papeles. {Los días enmascarados, La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Terra Nostra, Cristóbal Nonato}… Y, desde luego, {Aura}. Esas páginas perfectas donde la conocí antes de encontrarme
con ella, aquí, en un despacho de la Universidad de Brown. De pronto comprendí por qué Aura estaba tan cerca: para perpetuar la ilusión de todos esos profesores y especialistas.

Arrojé los libros a un lado y me dediqué a buscarla por el campus. Pude contemplar cómo destazaban su cuerpo en mesas redondas, coloquios, seminarios.
Todos esos profesores la convocaban con sus ritos: teorías estructuralistas, posestructuralistas, feministas, deconstruccionistas, hermenéuticas, sociológicas,
culturales. Por fortuna no la despedazaban a ella, sino a su imagen. Aura permanecía en otro lado, encerrada como un espejo. Caminé hasta encontrarla. Tomé su muñeca, esa muñeca delgada, que temblaba…

—Aura, basta ya de engaños.

—¿Engaños?

—Dime si estos profesores te impiden salir, hacer tu vida. ¿Por qué han de estar presentes cuando tú y yo…?, dime que te irás conmigo en cuanto…

—¿Irnos? ¿Adónde?

—Afuera, al mundo. A vivir juntos. No puedes sentirte encadenada para siempre a ellos. Tienes que renacer, Aura…

—Hay que morir antes de renacer. Olvida, tenme confianza. Te espero esta noche —y me dio la espalda.

Ahora estoy de nuevo aquí. Escucho mi propia voz, sorda, transformada después
de tantas horas de silencio:

—Aura…

Repito: —Aura…

Entonces me descubro aquí, frente a ustedes. Y, lo más extraño, lo más perturbador,
también frente a {él}. Un poco más allá, escondido, atisbo el rostro del profesor animándome a comenzar. A cumplir con el trabajo que me ha encomendado. A presentarlo. Mientras lo contemplo debajo de los reflectores, entiendo por qué me han invitado. Y por qué he visto a Aura. El maleficio comenzó cuando leí aquellos papeles. Cuando mis ojos se hundieron en esa frase que decía: “Lees ese anuncio: una oferta de esa naturaleza no se hace todos los días…”. Es evidente: {él} me ha atrapado. Al leerlo me he convertido en parte suya. Yo creía ser Jorge Volpi, escritor joven especializado en datos inútiles, pero ahora lo sé: si me han pedido que lo presente es porque luego de leer sus papeles me he convertido en uno de sus personajes. Mi nombre es Felipe Montero. Ahí lo dice, pueden comprobarlo. Antes he sido Ixca Cienfuegos y Artemio Cruz y Felipe II y Ambrose Bierce y Laura Díaz y Cristóbal Nonato.

¿Qué más podría decir yo de uno de esos raros escritores capaces de inventar un universo y de construir una tradición literaria por sí mismos? Lo siento: no me atrevo a añadir nada (y ya he excedido mi cuota de dos páginas). Sólo puedo recomendarles que lo escuchen. Que oigan en lo que él cree. Préstenle atención y con un poco de suerte al final se darán cuenta de que ustedes también son sus personajes.
Y de que su mundo es, sin duda, mejor que el nuestro. Yo, mientras tanto, me retiro. Tengo una cita pendiente allá arriba, en la oscuridad, con Aura. {{n}}