En ese entonces era aún más difícil de explicar. Llamaban cualquier tarde a mi oficina pidiendo ayuda para encontrar a Carlos Fuentes. Parecía natural que nuestra embajada ante el Reino Unido fuese la mejor manera de dar con el escritor que desde hace décadas eligió vivir en Londres. No lo era. Había que oírme y no creer decirles que mejor intentaran por otro lado, o que el solo hecho de que el escritor estuviera efectivamente en Londres en esos momentos indicaba que sería en extremo difícil dar con él. Ser amable en tales casos era a todas luces insuficiente. ¿Cómo hacerles entender que tendrían mejores resultados si enviaran un fax a su casa en México? ¿Con qué lógica advertirles que sería más fácil llevar a Fuentes a París o a Johannesburgo que a una galería en Bond Street o cierta librería en Picadilly ubicada a unas cuantas cuadras de su casa? Hasta los funcionarios de la embajada me miraban con suspicacia cuando les aseguraba que tampoco nosotros éramos ajenos a la insólita dificultad para ver en Londres a Carlos Fuentes. Los más pacientes llegaron a pensar que el escritor en realidad no vivía ni había vivido nunca en Inglaterra. Su presencia allí debía ser un trampantojo, un juego enigmático en el que no faltarían socias, domicilios falsos, la obstinada fábrica de mixtificaciones que con frecuencia abruman la relación de los grandes con ciertas ciudades del mundo en las que nunca pasaron.

Carlos Fuentes sin embargo estaba en Londres. Puedo asegurarlo a despecho de tantas pruebas en contrario. Estaba allí acaso más que en ninguna otra parte. Cuando rememoro las pocas veces que pude verlo allá en aquellos tiempos, comienzo a comprender su reticencia, el denuedo con que todavía defiende su espacio en la capital británica como si fuese su último bastión para pensar y pensarse, como ese lugar secreto en el que todo artista que se precie busca, identifica y cultiva el espíritu que le permite satisfacer la exigencia, propia o ajena, de ser en el mundo y participar en sus transformaciones. He visto a Carlos Fuentes en incontables ciudades del mundo, he asistido a sus conferencias, lecturas y tertulias en Madrid, México, París, Nueva York. En todos estos casos he visto y escuchado al hombre que comunica y pondera, el que sube de dos en dos los escalones que lo conducen a un escenario, el que reconviene e instruye a los periodistas, el que insiste en asombrarnos con el vigor de su pura y dura voluntad intelectual… En Londres Carlos Fuentes es otro. Otro y el mismo, si se quiere. Sólo allí suele concederse el privilegio de la rutina y el rito, el goce de andar y desandar en relativo anonimato una ciudad que no cesa de sorprenderle, el privilegio de hartarse de sus largas horas de escritura para gratificarse invitando a Silvia al cine o al teatro en su intachable encarnación de novios perpetuos. Sólo en Londres puede Fuentes asistir a su obligada cita con Cervantes y con Balzac.

En más de un sentido Londres es su refugio, su Köningsberg, su aldea enorme. Como la cultura de la que surge, Londres atesora su privacidad, incluso ahora que sus habitantes parecen cualquier cosa menos ingleses dickensianos. Ninguna ciudad conozco tan ensimismada y tan vital a un tiempo. Su bullicio es tan extremo como esporádico; su esplendor decimonónico, engañoso: la verdadera Londres palpita hacia adentro, sus prodigios germinan y florecen tras las puertas más sobrias como antes hacían también bajo la niebla, al fondo del callejón, en el sótano que se esconde al final de una escalera que difícilmente llamará la atención de quien no la esté buscando por una referencia casi siempre vaga, transmitida en un susurro. Ciudad extensa, diríase más bien un circuito de parques con ciudad incluida, parques y aun bosques que denuncian la obsesión de los ingleses por domesticar la pasión casi salvaje que saben que en el fondo los constituye y mueve. Sólo alimentada cada día de su encierro, de su privacidad y en sus secretos, Londres puede explicar la extraordinaria energía que la hace universal. Quizá por eso Carlos Fuentes la eligió o se dejó elegir por ella para ser su habitante, su espejo. n