Estábamos en una casa afrancesada, en lo que fue el comedor. Julio Ortega le organizaba un homenaje en su universidad, Brown. Hasta allí, en Providence, Rhode Island, nos habíamos trasladado escritores y académicos —dos especies zoológicas totalmente opuestas— para celebrar
con él el arte de la novela. No es el primero ni el último coloquio que bajo este espíritu convoca Carlos Fuentes, como queriendo decirnos
que la verdadera sabiduría para un novelista está en el dominio de sus materiales. ¿Se puede alcanzar la sabiduría en un género que es, por definición, imperfecto? Fuentes nos repite siempre que sí, a condición de estar sumergidos en la novela que estamos escribiendo como en un pantano, con las piernas sumergidas
en el barro y las extremidades sueltas, sin tensión alguna.

Un grupo de estudiantes de posgrado lo acompañaba además esa mañana. Fuentes recordó, entonces,
inicios memorables de sus novelas favoritas. Dickens: era el peor de los tiempos, era el mejor de los tiempos; Melville: Llámame Ishamel (que se transforma en el inicio de {La región más transparente}
con la presentación de Ixca Cienfuegos);Rulfo: Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo; García Márquez: Muchos años después (y en medio Proust, Joyce, Tolstoi, Balzac). Fuentes desmenuzó esos comienzos como un monje zen: retiró
de ellos todo lo superfluo, nos hizo concentrarnos en lo esencial.

Luego caminamos bajo el sol. Fuimos y volvimos varias veces al hotel, un horrible Holyday Inn, cenamos
en una maravillosa ostionería, Hemenway’s, y volvimos a pie —los únicos locos que caminaban en una ciudad hecha para los coches—
a dormir. Tres lecciones me quedan de ese primer contacto físico con Carlos Fuentes: humildad, no falsa modestia. Fuentes no es un franciscano. Generosidad sin límites, uno de los manantiales de aprendizaje del escritor consumado frente a los jóvenes. Y, por último, humor: la risa como forma suprema de la inteligencia.

Carlos Fuentes encarna perfectamente el consejo de Lezama Lima: cuando amanece ser como un recién nacido, cuando anochece como un anciano.Amar la fruta que se come todos los días con la misma pasión con la que se saborea la que no se ha probado nunca…{{n}}