{{“I}}maginar la nada, o creer que se gobierna la nada, es una de las formas,
acaso la más segura, de volverse loco”. Lo escribí de memoria, sobre una servilleta. Luego le añadí el nombre del autor y un comentario breve: {Huyamos de la nada}, tras lo cual deslicé la servilleta hasta las manos
de la guapa del salón. Dos minutos más tarde, ya había consentido en que pintásemos venado juntos. Destino: Carlos Fuentes {Live} en El Colegio Nacional.

Seguramente también ella, que como yo estudiaba literatura, conocía
aquel adagio infecto según el cual los escritores suelen morirse de hambre. Una sentencia falsa en rigor, cuyo efecto eufemístico aspira a sugerir que el interfecto es un muerto de hambre. Por eso en el camino me esmeré en relatar a la guapa de marras que, una semana antes, Fuentes había narrado en el mismo lugar cómo, cierta noche en París, fue invitado a una cena cuya anfitriona lo sentó junto a María Callas. “¿Qué le parece el mito, ahora que lo conoce?”, le preguntó la diva, según recuerdo, a lo que el novelista respondió que le parecía que el mito había adelgazado. Mi punto, al fin, era que aquel embuste del escritor hambreado quedaba cuando menos en veremos.

No podíamos aspirar a una silla. Estar adentro ya tenía el sabor del privilegio, tal como atestiguar el {performance} en cuclillas nos daba una probada de aventura. No traíamos libretas, ni siquiera papel, pero por algo he usado la palabra {performance}. Algo iba a {acontecer} que no se limitaba a las palabras, ni bastaría una transcripción para documentarlo. Una cosa es sentarse a dictar una conferencia y otra alzarse a invocar y alebrestar demonios a golpe de conjuro. Distraerse apuntando lo recién oído era perder el hilo del hechizo. Hacer trampa, quedar fuera del juego.
Una idea que se iba tiñendo de angustia conforme la actuación del autor ganaba altura, urgencia y contundencia. La angustia deleitosa de quien ya se enganchó a la narración y paladea el entuerto de confundir al juglar con su historia.

Más que una {performance}, era aquella la recreación de un ritual. Un acto de endorcismo apalabrado. El autor se ha propuesto la gesta de narrar
el acto inenarrable de narrar, y al hacerlo en voz alta debe echar mano de cuantos recursos le sean concebibles. Uñas, dientes, rodillas, hay que matar al león a como dé lugar. Ante los asistentes, el autor se convierte
en personaje. Sabe que al fin lo dicho, lo narrado, forma asimismo parte de lo acontecido, y en ciertas ocasiones lo suplanta. Nos suplanta. Nos urge. Nos arrastra. Quien era espectador se ha transformado en cómplice. El dicho ya es el hecho. Fin.

A saber cuántos fuimos los intrépidos que regresamos de uno de esos viajes convencidos de que la vida sería una miseria si un día no intentábamos
darle la cara así a nuestros fantasmas. Recuerdo, sin embargo, que de vuelta en la calle de Donceles la nada parecía un bicho inimaginable.{{n}}