Se trata, sobre todo, de la voz. Para ser más precisos: se trata del efecto de intimidad que producen a veces ciertos tonos de voz.

Es primavera en algún lejano lugar del norte y hay, dentro de un auditorio, un generoso grupo
de personas. Hay expectativa. Hay murmullos.
El aroma a cosa viva sobre todo eso. Ecos de un nacimiento.

Carlos Fuentes está leyendo fragmentos de ese abecedario personal que se llama {En esto creo}. Y todo sería como cualquier otra lectura en cualquier otro lugar del mundo, incluso si ese mundo pasara también por los exabruptos verdes de la primavera, si no fuera porque la voz con la que enuncia las palabras que le dirige a Silvia, sentada ella en la primera fila de la sala, ha logrado que, de repente, por obra y gracia del lenguaje, por obra y gracia del sonido en el que se produce ese lenguaje, sólo existan ellos dos.

A todo eso le llamo {una isla}.

No sé si me explico.

El volumen baja hasta ser casi inaudible pero,
en lugar de expulsar o excluir, la voz convierte
a todos los otros, a todos los que no son ellos dos, en cómplices. Un lazo. Los murmullos
han cesado. Es el momento de la inclusión. Sólo después, leyendo el libro ya a solas, me doy cuenta que en verdad he sido testigo de la manera honda delicada entera en que están juntos.
Sólo después entiendo. A todo eso le llamo {historia de amor}. {{n}}