En 1984 trabajaba en la Agencia Notimex y visité al Dr. Ruy Pérez Tamayo en su Unidad de Medicina Experimental
para solicitarle un artículo. Recuerdo la ascensión hasta el piso superior de un edificio que tal vez pertenecía a la Facultad de Medicina. Entré en los dominios del legendario autor de {El concepto de enfermedad} deseoso de encontrar ahí una escenografía más cercana a H. G. Wells, un lugar de inventos raros. Vi a una hermosa científica en bata blanca, macetas con cactus y un retrato de Marx hecho por computadora.
Estaba predispuesto a sacar alguna lección moral de esa visita y no olvidé un consejo que me dijo el célebre patólogo: “Nunca le encargue un trabajo a la gente que tiene tiempo; ésa nunca hace nada: pídale cosas a los que no tienen tiempo”. Así zanjó mis disculpas por importunarlo.

La escena viene a cuento por la forma en que trabaja Carlos Fuentes. Es el hombre sin tiempo que escribe {La edad del tiempo}. Varias veces se ha referido a su infancia en Estados Unidos, donde la escuela le inculcó una mística
de la energía y el rendimiento que conserva a sus 80 años. A contrapelo del ideal latinoamericano,
que simpatiza con el romántico deterioro del artista, el iluminado que se quema
en su propia luz, derrocha sus facultades y realza su irrecuperable pasado con los descalabros del que “ya no da más”, Fuentes rechazó las diversas variantes que la cultura
vernácula ofrece para el suicidio a plazos: el alcoholismo, la Siberia de los cargos públicos o el silencio. Nunca dejó de fustigar su teclado con el dedo que ya se le torció al modo de un garfio o la cola de un escorpión, su signo tutelar.

La ética protestante con que trabaja Fuentes puede parecer
sospechosa en un territorio donde el hombre crudo es un animal sagrado, y la calma chicha, la pretemporada que el ser nacional hace para el nirvana de la {hueva.}

Entre los modos que los escritores mexicanos tienen para relacionarse con el trabajo sin tregua, registro el benedictino de Vicente Leñero y el protestante de Carlos Fuentes. Para el autor de {Los albañiles} el trabajo es una forma de la plegaria; para el autor de {Terra Nostra} es una derrota del tiempo (no es casual que su obra de conjunto lleve un título de relojería: {La edad del tiempo}). Leñero es proclive a las parábolas (el velador Jesús en la improbable Galilea de una construcción), Fuentes a las tesis (la novela como explicación razonada del mundo). Ambos creen en el valor moral del trabajo duro.

En los tres años en que estuve al frente de {La Jornada Semanal},
Leñero y Fuentes fueron los colaboradores de más asombrosa
entrega. Leñero solía modificar sus plazos de entrega, pidiendo llevar el texto ¡antes! “Si no se enfría”, explicaba con incontrovertible pasión por la panadería literaria. Por su parte, Fuentes aprovechaba alguno de sus veloces pasos por el país para llamar, enterarse de nuestras fatigas y preguntar en qué podía ser útil. Ninguno de los dos reclamó para sí el menor trato preferente ni dramatizó las erratas con que los distinguimos.
Colaboradores ideales, trabajaban con el tesón de los grandes artesanos que no se preocupan por posar de lo que verdaderamente son: artistas.

Cuando se cumplieron 20 años del golpe de Echeverría a {Excélsior,} le pedí a Leñero una crónica sobre el tema. Desde la publicación de {Los periodistas} no dejaba de recibir solicitudes de ese tipo. El asunto lo abrumaba, pero confié en la receta del Dr. Pérez Tamayo. Dos días después, Leñero entregó
una crónica impar sobre el momento en que el presidente Salinas sugirió que, así como Regino Díaz Redondo había “trascendido”
a Scherer en Excélsior, Leñero podría, con la ayuda adecuada, “trascender” a Scherer
en {Proceso.}

Dos años más tarde, en 1998, importuné a Fuentes con otro aniversario: se cumplían 40 años de la publicación
de {La región más transparente}; ¿no sería bueno que escribiera sobre la visión que ahora tenía de la ciudad? En el tono jovial en que comunica un problema, Fuentes me dijo que Julio Scherer le había hablado cinco minutos antes para pedirle exactamente lo mismo. Como no pertenezco ni a la escuela benedictina ni a la protestante, me di por vencido y me resigné a leer en {Proceso} el texto que había pedido. Ensayé una despedida, en el tono de una tribu acostumbrada a fallar penaltis, pero Fuentes dijo: “¿Qué te pasa? Puedo hacer dos textos distintos”. A los dos días —que por lo visto es el plazo religioso del esfuerzo—, me envió el texto y dio la razón a Pérez Tamayo por partida doble.

Cesare Pavese reunió poemas tempranos, la melancolía de un hombre joven, bajo el título de {Trabajar cansa}. El imparable
Fuentes trabaja para descansar y ha encontrado la forma, sin apartarse del teclado, de que su rostro parezca bronceado en Chinameca. A los 80 años tiene el porte de un general que ya ganó suficientes batallas pero anda en pos de un nuevo caballo.

Que otros descansen mientras él cabalga. {{n}}