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PRIMERA. Cenábamos en casa. Silvia y Carlos, Cristina y Carlos Payán, Beatriz por supuesto. Noche animada a principios de los años noventa. Fuentes (para distinguirlos me referiré a los apellidos) dijo algo de un relato en gestación que se desarrollaba en Acapulco,* territorio que ya le resultaba desconocido. Necesitaba recorrer prostíbulos, la zona roja, vamos, los bajos mundos. Me ofrecí de guía, no por ser experto, pero tampoco novato. Iríamos los dos, Carlos y yo. Era una gira antropológica, por los antros que habríamos de recorrer.

Próxima escena: Payán y yo lo recibimos en el aeropuerto. Cenamos para establecer la metodología
de la investigación. Mañanas de trabajo, lecturas, redacción de notas, la defensa de tres individualidades
sin ánimo de negociación. Tarde de siesta para tener fuerzas para el recorrido nocturno. Mi viejo Maverick sería nuestro transporte. Cena frugal para soportar la juerga. Primer día, once y media de la noche, “Tabares”, era el nombre del lugar. La nueva modalidad de {table dance}. Se vale ver, dice semioculto el hombre del micrófono, se vale oler, pero {nooo} se vale tocar. Los pechos pasean en las narices, las piernas bronceadas se abren insinuantes,
las tangas caen al piso. Mujeres jóvenes, algunas de “importación”, así las anuncian, son rusas, rumanas, qué sé yo. Tomamos cerveza. Las chicas desnudas terminan caminando a la regadera más iluminada que he visto en mi vida. Aparece la espuma y unas manos que frotan incansables. La gritería pospone nuestros comentarios. Hay mucha energía. Hay vida.

Quinta Rebeca. El lugar está vacío. Somos los únicos “clientes” potenciales. Las palmeras tristes se enseñan iluminadas de verde, azul, rojo. Los arbustos ocultan todo. La decadencia es la gran anfitriona. Nos ofrecen de beber, pedimos agua mineral, y por favor que venga cerrada y sin hielos. La higiene no era la constante del lugar. Cinco o seis auténticas brujas aparecen entre los arbustos, se nos dejan venir. Promedio aproximado de edad: dos siglos y medio. A ver güerito, qué se te ofrece. Y usted, el del bigotote, en qué lo puedo servir. Nos repegamos (entre nosotros) para evitar el contacto. Las excesivas carnes rebasan los extraños velos. La abundante pintura desnuda el abandono. Párpados lilas, morados, con brillantina. Un horror. Emprendemos la huida. Una de ellas lanza en plan de reto, y tan machitos que se veían.

Las botas de trabajo son el anclaje de los cuerpos de trabajador: pieles blancas, cabellos descuidados,
uñas ennegrecidas. La cerveza corre junto con trozos de {roast beef.} El origen es un vuelo {charter} directo desde Londres que arroja a trabajadores ingleses a Acapulco, todo por pocas libras. Las mujeres
están desbocadas, los varones borrachos. Imaginemos salir de una mina en invierno y llegar a los treinta grados, con la coqueta bahía esperando, todo en tan sólo doce horas. Decidimos el nombre del lugar: {The working class got to heaven}. Salimos en busca de un mundo para nosotros ajeno. La mujer se contonea en el escenario en un vestido dorado de lentejuelas. Le contiene las carnes, como si estuvieran enlatadas. Es nada menos que Toña la Negra en versión travesti. Fuentes cae subyugado frente a la atrocidad. Payán, mudo, se acaricia el bigote. Esa Toña es insuperable. De regreso los dos Carlos cantan, tarareamos las melodías por las calles vacías de un Acapulco que amanece.

Las noches se imponen repletas de imágenes. Son varias, el sitio es inacabable. Los cometarios matutinos se vuelven tan sabrosos como las experiencias nocturnas. Las libretas se llenan. Finalmente la bahía está a nuestros pies. Es la discoteca de moda en una buena noche. Una pareja destaca, baila sin pena. Están en un preámbulo muy evidente. Ella es espigada, elegante y muy suelta. El está a la altura. Son un espectáculo bello, atractivo, retador. Ella sabe que juega con nosotros. Los tres contemplamos
el nuevo erotismo. Callados gozamos.

La gira ha terminado. Es tiempo de regresar. La vida erótica de finales del siglo XX es otra. Festejamos
antes de la despedida. Fuentes dispara la cena, elegante, con buen vino blanco. ¿Cuándo volvemos a Acapulco mis queridos Carlos? No podemos perder la práctica.

SEGUNDA. Nos vamos solos a Veracruz. Yo manejo. Carlos escribía {Los años con Laura Díaz.} Descendemos a la niebla de Jalapa. En el trayecto hemos estado envueltos de música francesa de mi cosecha: La Piaf, Moustaki, Le Forestier, algo de clásica. Carlos canta Don Giovanni cuya letra recuerda a la perfección. ¡Increíble! Las horas propician conversaciones más íntimas y pausadas. Hablamos mucho de literatura. Serán varios días de conversaciones fantásticas. Tenemos tiempo, mucho tiempo. Nadie interrumpe, no hay compromisos ni normas sociales a las cuales atenerse. Llegamos al Puerto. Alcanzamos el sol de la tarde. Carlos se asolea, tiene una enorme debilidad por el sol. Con los años me he convencido de que lleva un gen de lagartija. Cenamos italiano. Noche larga de intimidad sin prisa.

Carlos desayuna opíparamente, tamales, huevos, frijoles, de todo. ¡Qué envidia! Los próximos días iremos a Tlacotalpan, a Alvarado, a Los Tuxtlas, comeremos lo que se nos atraviese, pescado frito y unas tortillas, y beberemos refrescos, sobre todo cerveza. Tlacotalpan como siempre intriga. El río es su voz. Los changos se nos niegan en Los Tuxtlas. La neblina abraza. Ganado
devorador, árboles bellísimos, destrucción evidente, de todo somos testigos. Los días pasan entre calor, lluvia, ríos, una flora exuberante y conversaciones largas e intensas. Carlos toma notas un minuto sí y al otro también. Estamos solos, con nosotros. Ha llegado el momento de volver.

Cenamos con Sergio Pitol en Jalapa, mejor dicho en Coatepec, nos hospedamos en la bella posada que lleva el nombre del lugar. La ciudad se apaga, la conversación
va de lo político a la literatura. Sus miradas expresan la larga relación. A la mañana siguiente trepamos a la camioneta y nos disponemos a emprender el regreso.

Carlos exclama con tristeza, me hubiera gustado ir a La Orduña. Lo miro a los ojos, le digo pues vamos, está a media hora de aquí. Los ojos se le iluminan. Beatriz, mi compañera de vida, trabajó allí durante meses. Yo la visitaba con frecuencia. Pregunto al gerente de la posada por la ruta que he olvidado. Recorremos el largo camino de laureles, si no mal recuerdo. También hay hayas en el lugar. Llegamos al viejo ingenio y beneficio de café.

El sitio está abandonado. Miramos de lejos. Nos acercamos. Tocamos el portón más bien por no dejar. Se abre lentamente, misterioso, buenos días nos dice un hombre calavérico, ya sabía que andaban aquí. Pasen ustedes. El asombro cae sobre nosotros. ¿Cómo lo sabe? Soy cuñado del gerente
de la posada, nos dice. No necesitamos más explicaciones. Recorremos los pasillos vacíos y decrépitos. Caminamos por los jardines que invitan a pensar en sus mejores días. Subimos la enorme
escalera que conduce al larguísimo porche. La mirada de Carlos se pierde en los muros, la mía en una fantástica ceiba que abraza la casona. El silencio es nuestro anfitrión. Carlos está ido.

De nuevo al camino. ¿Por qué La Orduña?, le pregunto con curiosidad. Mis padres pasaron su luna de miel allí. Yo fui concebido en La Orduña.

Con Carlos he guaseado, reído sin límites. Nos ponemos serios cuando así lo merece la situación.
Hemos cantado y también por desgracia llorado. Al toparnos nos abrazamos sin recato sabiendo que es difícil explicar lo que es ir de las putas a la semilla. La amistad no tiene explicación. Simplemente es. ¡Felicidades querido Carlos! {{n}}

* “Apolo y las putas”, en {El naranjo}, Alfaguara, 1993.