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Nos conocimos en casa de Ben Jakober y desde entonces
nuestra conversación evoca, matiza o perfecciona lo hablado aquel día. La celebración de las obras maestras de la biblioteca universal; la complicidad con el hombre libre de tapujos, servidumbres y tinieblas; un admirado asombro por la lealtad; una incondicional veneración por la belleza de las mujeres y la nobleza de los hombres; un sentido profundo de la ofensa; el valor a batirse en duelos de honor; un sentido sensual
y trascendente de la historia, el combate y la derrota; una conciencia del deber y una apetencia del querer; la elocuencia de la palabra dicha; un singular aprecio por la perecedera coincidencia
de los afectos; la trágica certeza de estar viéndolo todo por última vez; la humanidad como encarnación olímpica
de dioses errantes; la humanidad como desdicha; el cuerpo como templo del alma fornida; el cuerpo como cuerpo mortal del erotismo divino; la conversación como única oportunidad
de la inteligencia fugaz; la taberna como eucaristía de los olvidados; la ignorancia como castigo a los estúpidos; la necedad como destino de los miserables; la aristocracia del espíritu; ocultar emociones, no negarlas; la misión del escritor obligado a desacralizar el misterio de la existencia; conciliar el pensamiento crítico y la diplomacia; la gran novela americana; la obra literaria como única justificación de la vida; si Jacob es el hombre, el ángel es el tiempo.

Años más tarde, Carlos me metió en su novela {Los años con Laura Díaz}. No digo que bautizase a un personaje con mi nombre, pues en su historia hay motivos que han pasado por mi vida. Y en la charla que en las páginas de su novela tengo con Laura hay una melancolía que no me resulta tan ajena como para creer que Basilio Baltasar sea un personaje de ficción.

Haber sido editor de Carlos, o su compañero de viaje, con Silvia e Isabel, paseando por las ruinas de Monte Albán o recorriendo las calles de Oaxaca, haber visto brotar
su fértil narrativa en Formentor, Londres o Madrid, haberle visto culminar con su pletórica creatividad tantos aniversarios, haber festejado, una tras otra, sus enérgicas creaciones literarias, ver cómo sus novelas dan forma a la experiencia de sus deslumbrados lectores, todo ello me permite dar a este homenaje un doble sentido. Celebrar al gran escritor y al incondicional amigo. ¡Salud y larga vida, Carlos! {{n}}