Mantengo con los personajes de Carlos Fuentes una relación diferente a la que tengo con él. Esto me ha sucedido con frecuencia, sobre todo con Elio Vittorini y Alejo Carpentier —este último y yo fuimos amigos íntimos algunos años—. Los personajes de mis novelas favoritas han sido toda mi vida compañeros cuyo papel he prolongado con frecuencia. Si hiciera la lista de mis amigos, es decir, la de aquellos cuya presencia me hace más falta en ciertos momentos, los personajes de novela o los héroes de tragedia, así como de la canción o del cine, forman la mitad de la lista. Pero en cuanto a los autores es distinto. Cuando veo a Carlos no pienso en {Aura}, en el {Gringo viejo}, en Laura Díaz, en {Cristóbal Nonato} ni en ninguno de los personajes burlescos, épicos, truculentos o trágicos que pueblan {Terra Nostra}. Ni siquiera pienso en la suave desesperanza que traducen dos citas rabiosamente bien escogidas por Carlos, una de Baudelaire (“{Le Goût du néant}”: “El gusto de la nada”) y otra de W. B. Yeats (“{When you are old}”: “Cuando estás viejo”).

Cuando me encuentro con Carlos, junto con Milan Kundera, Juan Goytisolo o Pierre Nora, veo a otro hombre: olímpico como ya no se permite, aristócrata no por impudicia
sino por audacia, con una apariencia casi demasiado cuidada, un bigote digno de Adolphe Menjou (¿quién se acuerda de este actor?), cantante de ópera como lo hubieran sido Rachel y Sarah Bernhardt si hubieran cantado, cinéfilo infalible, narrador incansable, actor de sus historias, y de cuando en cuando dejando ver en su mirada una luz incierta
que no engaña y es a la vez tímida y vulnerable. La luz de una herida jamás cerrada, a punto de abrirse otra vez. Veo a un hombre infinitamente más cortés, más atento, más disponible, más fino y en suma más civilizado que la mayor parte de sus personajes. Y de pronto los colores le suben a la cara, los pómulos se le saltan y Carlos hace volar todo por los aires. Entonces trazo un puente entre el hombre y el autor, entre el creador y las criaturas, pues es el momento en que habla, a galope entre los idiomas y atreviéndose a todos los neologismos, de todos los desafíos gloriosos del mestizaje. ¡Ah, el mestizaje es la panacea, el ideal, la salvación! Rara vez he visto a alguien tan embriagado por la multiplicidad de sus culturas y la diversidad de sus herencias. Léopold Sédar Senghor, otro amigo, era sin lugar a dudas un militante del mestizaje y hablaba con elocuencia de su deseo de hacer de la civilización una “negra rubia”. Pero su ímpetu era refrenado por la mística incantatoria de la negritud. En cambio, Carlos plantea a cada instante esta síntesis de las riquezas universales que su familia, su pasado, su trayectoria y sus obras ilustran. Él es íntimo de todos los que hoy en día cuentan en el mundo y los llama a cada uno por su nombre, mientras que en sus obras no hay más que anónimos. Pero desde que se trata directa o indirectamente de pensar en el mestizaje, vuelve sin decirlo ni quererlo al pueblo bullicioso, sufriente, voraz y orgulloso de sus personajes que encarnan las figuras auténticas en la comedia humana de la historia de México. {{n}}

Traducción de Alberto Román