Me maravilla Carlos Fuentes. Con cada novela otra vez: vertiginoso y libre, desafiante y apasionado. ¿Cuántos personajes de los creados por la imaginación aventurera y despiadada de Carlos Fuentes se han vuelto parte de nuestra imaginación? De chica se me aparecían en sueños sus mujeres desbordadas, sus hombres incandescentes.

El paisaje, las casas, los patios, los caminos, el polvo y los amores de sus libros se acomodan en nuestro ánimo y nuestra memoria como en el fondo de un acantilado. Pero no sólo el polvo y el aire de México, no sólo muchos de sus hombres y mujeres, no sólo su idioma más ruin, su palabra más suave, son personajes vivísimos, sino Fuentes mismo, el narrador como testigo incansable, como el más ávido de los escuchas, como el más vehemente de los que hablan, termina por convertirse en uno de sus mejores personajes.

Siempre, en el fondo preciso de la historia, igual en los detalles y en los guiños, aparece tramado el escritor con su voz como una espada, como una alegoría, como un ruego: aquí estoy, este soy yo, de estas urgencias estoy hecho y con estas historias quiero acercarme al mundo para tratar de comprenderlo y trastocarlo.

Muchas veces es mejor leer a un escritor que lidiarlo, casi siempre es más fácil quererlo por su palabra escrita que por su voz. No es el caso de Fuentes. Tratar y querer a Fuentes son dos cosas en una.

¿Qué cualidades y desvaríos, qué pasiones y olvidos convierten al escritor Fuentes en el personaje Fuentes? Creo yo que por sobre todo la vehemencia con que vive cada día como si fuera el último.

No puedo olvidar la tarde, hará como diez años, en que conversando en torno al tiempo, Carlos detuvo el gesto de avidez con que acostumbra mirar el mundo y dijo como si hablara consigo mismo:

—Yo lo que temo del tiempo es que no me alcance para escribir todo lo que me falta.

—¿Pero cuánto te falta? —le pregunté.

—Muchísimo —contestó.

—¿No te basta? —le pregunté pensando en las más de diez mil cuartillas que entonces había puesto por el mundo para contarlo de una manera ferviente, intrépida, inagotable.

—No creo que algún día me baste —dijo mirando al mar frente al que conversábamos.

Fuentes tiene torcido el dedo índice de la mano derecha porque algo de sí mismo se ha negado a la modernidad implacable de su vida viajera. Así que no sólo ha escrito más de diez mil cuartillas, sino que las ha escrito en una vieja máquina mecánica y con un único dedo.

—Ya no recuerdo lo que he escrito —dijo—. Sólo pienso en lo que me falta escribir.

Yo no imaginaba qué podría faltarle, pero entonces no había escrito El naranjo ni todos los libros que le siguieron y seguirán.

Casi siempre, las palabras de Fuentes invocan su obsesión por el tiempo, pero yo sólo hasta esa tarde me di cuenta de qué manera carga este hombre con un reloj sobre los hombros. Tiene muchas historias apretándole el corazón y ha de alcanzarle la vida para contarlas. Y no se cansa, o no lo vemos cansarse. Está siempre inventando algo nuevo y atándose a proyectos y sueños como un adolescente. Anda con ellos metidos en el equipaje con que va de un país a otro despertando en cada amigo al diablo de la curiosidad que contagia.

Mientras escribe libros cada vez más llenos de sí, de amores y trifulcas brillantes, sube y baja las montañas de la vida como quien se va de pinta. Y escribe como un joven muy joven, urgido de contarlo todo, como si fuera la primera vez que lo cuenta. Además, el tiempo que le hace falta le alcanza para no perder a sus amigos, para procurarlos y reunirlos.

Así las cosas, escribirá unos treinta años más. Lo que asegura por lo menos otras diez mil cuartillas.

¿Cuál de sus personajes ha sido capaz de una fortaleza comparable? No Artemio Cruz y eso que fue de piedra, ni Aura que en su afán por asir el tiempo fue capaz de matar lo que más amó, ni siquiera Ixca Cienfuegos que era eterno. Tampoco la luminosa Laura Díaz. Ningún personaje alcanza a ser tan ávido como Carlos, tan urgido de rendirle tributos a la vida, tan incandescente como Carlos.

Los personajes son seres que se graban en la esperanza y fecundan los recuerdos de otros. Carlos es un personaje.

Para conseguir esto ha sabido estar cerca de sus sueños, como están cerca de nosotros los hombres y mujeres que duermen o reviven en los libros. Fuentes es un hombre que no puede separar su trabajo literario de su intensa aventura personal. Para su fortuna y la nuestra hay una alianza ineludible entre el Fuentes creador y el Fuentes ser humano. Por eso es el más bravío de sus personajes. Su pasión por las palabras es la más intensa de todas las pasiones que ha sabido contarnos. Carlos ha recorrido con celo y avidez cada círculo de su tiempo, ha logrado quedarse como un lujo en el ímpetu y la memoria de otros. Sin embargo, hay que verlo en sus ojos, sigue necesitando el absoluto como cuando tenía veinte años. Por eso es fascinante verlo vivir. n