Quién sabe. Tal vez escribir consista en inventar una familia
de escritores que no existe, una familia de autores que solamente viven en nuestra imaginación siempre necesitada
y soñadora. Atalaya feliz del escritor es el espacio fingido
del deseo que le permite alcanzar algunos de sus sueños anhelados. Por eso escribimos, para que se cumplan nuestros deseos más secretos. Leer y escribir tiene mucho que ver con la entrega que un monje pone en el momento más exaltado del rezo. Seguramente, el acto de leer, tal y como se ha entendido
hasta ahora, sea otra ilusión con fecha de caducidad establecida. De ahí, supongo, las bibliotecas-fantasma que invento en mis novelas donde aparecen muchos de los autores
vivos y muertos que he admirado. ¿Tuvo la culpa de esta insolencia literaria mi importante y, ya lejano en el tiempo, encuentro con Samuel Beckett? Es posible. Desde entonces, siempre he querido pensar que la buena literatura se aprende por contagio, gracias a la lectura, sin duda alguna, y también, con suerte, gracias a la proximidad con los autores geniales de estos libros. La posibilidad que he tenido de acercarme a grandísimos escritores como George Steiner, Gabriel García Márquez, Juan Goytisolo, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes
cobra un sentido que sólo se puede explicar bajo el enigma de las propias leyes secretas de la literatura. Es mucho más que una bonita anécdota de infancia la historia de Carlos Fuentes, niño, sentado en las rodillas de Alfonso Reyes. ¿Nació
el escritor en este feliz encuentro? Quiero pensar que éste fue uno de sus hermosos y sonados nacimientos. Además, los libros actúan como señuelos mágicos. Algunos traen de vuelta como regalo un escritor que admiro. Algún país que amo. Otro lector querido.

Para conocer a Carlos Fuentes, dos importantes intermediarios
lo hicieron posible. La brillante y generosa Carmen Balcells y mi editor de entonces Juan Cruz. Aquella era una cena más, como las incontables que mis anfitriones han hecho
en la historia familiar de la literatura. Fuentes y Carmen juntos en una sobremesa son una fiesta de ingenio y agudeza memorística. A la mañana siguiente, seguí el consejo de Juan Cruz: “Déjale tu novela en el hotel”. Se refería a {La intimidad.} ¡Cuántos libros se habrán perdido en las labores de echar cebo a mares invisibles! Obedecí a mi editor. ¿Sabía mi destinatario que yo había leído todas sus novelas y que por razones de vida y obra siempre me he sentido escritora a medias latinoamericana?
Claro que no. Lo único que contaba era ese libro en el que la locura y otras perversiones del ejercicio literario convertían
al personaje principal en la esposa de Pedro Páramo. Lo más importante de aquel o cualquier libro que merezca su atención (ahora que conozco a Fuentes puedo decirlo claramente)
era, y sigue siendo, su lenguaje literario. La voz personalísima de un texto y el mundo poético que se desprende de este resultado
son las cualidades que el maestro mexicano ha logrado en su obra literaria y que busca y disfruta en sus contemporáneos. Pocas veces he escuchado hablar a un escritor con la sabiduría, genialidad y entusiasmo con la que Carlos Fuentes es capaz de exponer desde las metáforas que sobre el libro hay en Cervantes
a los disfraces ingeniosos o transformaciones librescas de Borges. No solamente es el autor universalmente reconocido de unas de las mejores novelas de nuestras literaturas. Fuentes es, además, uno de los intelectuales y humanistas más importantes
de nuestro tiempo. Pero su pasión por la lectura no se limita a celebrar y analizar a los grandes. Receloso ante la cultura efímera, también ofrece palabras de aplauso a aquellos autores más jóvenes que le parecen seguidores de la gran cultura.
A los pocos días de conocernos me llegaron noticias de que Carlos Fuentes, en sus viajes por el mundo, había hablado en la prensa de mi novela. Luego, volvimos a encontrarnos y la amistad fue fluyendo sola, como suele suceder cuando así lo deciden las sabias tejedoras del tiempo.

Carlos Fuentes habla constantemente de los libros que le gustan, comenta sus hallazgos, comparte su entusiasmo lector y es un enamorado absoluto de la buena literatura. Quiere y cuida a sus amigos escritores con una generosidad que no he conocido en ningún otro escritor. Los elige porque admira sus libros y el compromiso que mantienen ante la vida. Él mismo es un héroe de la gran literatura para el que escribir consiste en emprender un viaje de América hacia Europa y lejos de ella “hasta que tú, viajero, habrás llegado a la región más transparente
del aire”, la América de la naturaleza, de la libertad, del color y de la muerte, la América de Carlos Fuentes.

Carlos y su esposa, la periodista Silvia Lemus, me han enseñado
a amar América Latina de un modo absoluto, en el que tradición y universalidad se dan fraternalmente la mano. Si no hubiera sido por su insistencia jamás me habría atrevido a escribir la biografía de Juan Rulfo, otro de mis grandes admirados.
Si no hubiera sido por su amistad, que cultivan con mirada
atenta, me habría faltado uno de los afectos imborrables de mi vida. Cuando nos encontramos le sigo pidiendo que me hable de libros y escritores, porque cuando Fuentes habla tiene algo que resulta contagioso: te estimula a escribir la novela total que él ya ha conseguido y a la que te invita a participar con la misma pasión que siente por la literatura. {{n}}