Cuando hace años, al finalizar la década de los sesenta, estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional, el énfasis de mis maestros estaba puesto en que pudiéramos descifrar los secretos de la escritura. Eran los años en que el estructuralismo se había puesto de moda y el término “crítica objetiva”
rodaba por los pasillos de la Facultad para ver quién era el guapo que se atrevía a atraparlo. La crítica personal, que se dio en llamar “impresionista”, había caído al más bajo de los peldaños, y defenderla era, más que un desatino, arriesgarse
a reprobar fulminantemente. ¿Qué obtuvimos de aquel sesudo esfuerzo de crítica objetiva? Nada, o bueno sí, algo: un alejamiento paulatino del placer de la lectura. Recuerdo que entonces casi todos comprábamos libros de ensayos, y que las editoriales de moda tenían alguna colección de crítica literaria. Mas de veinte años de vida editorial me han convencido que el ejercicio crítico es, finalmente, la expresión de una experiencia con la lectura, y que aquello que pretendíamos objetivo
al tratar de descifrar la escritura de un autor, es una quimera. Cuando uno lee sólo es capaz de descifrar su propio mundo, o dicho de otra manera, leer es poner en contacto el mundo interior del lector con el mundo mágico de la escritura, y hacer crítica literaria es ir en pos de la cifra que represente ese contacto.

Soy lector de Carlos Fuentes desde mi muy lejana adolescencia e inicié mi carrera literaria bajo la poderosa influencia de su novela {Zona Sagrada}. No voy a contar aquí los detalles de todo lo que significó aquella lectura, pero sí me gustaría comentar que parte de lo que hoy creo que es la lectura me viene de aquel encuentro con la novela de Fuentes. Es {vox populi} que el personaje central, una tal Claudia Nervo, está inspirado
en María Félix, y desde que abrí el libro me pregunté cómo le hace uno para ser objetivo con una novela que se inmiscuye en los sueños personales. La Claudia Nervo de la que yo me hice tenía las facciones de la María Félix que durante noches y noches había evocado en la soledad de mi habitación de púber atormentado, y finalmente, esa zona sagrada de la que habla la novela, era tanto el sitio recóndito donde vive el narrador como mi propio círculo de soledad. La literatura, eso que llamamos el hecho literario, lo entendí entonces, radicaba en permitir que mis sueños se nutrieran con el poderoso lenguaje de un autor, en este caso, del de Carlos Fuentes.

Pocos escritores han concebido tan claramente su vocación literaria como Fuentes.
Leyéndolo, uno se percata que no podría haber elegido otra profesión. Él mismo lo ha dicho muchas veces: “Todas las mañanas me despierto contento porque sé que voy a volver a escribir. Escribir no es lo único que sé hacer, sino lo único que me gusta”. Este narrador vehemente que parece no conocer el cansancio, ha querido que todo lo que toca, todo lo que piensa y desea, se vuelva literatura, y desde muy joven emprendió la creación de una obra narrativa que poco a poco va reuniéndose bajo el nombre de {La edad del tiempo.}

Fuentes publicó su primer libro de cuentos, {Los días enmascarados}, en 1954, a la edad de 26 años, obteniendo un éxito de crítica que lo colocó de inmediato como uno de los grandes escritores mexicanos. El relato principal del libro, “Chac Mool”, ha sido incluido en gran cantidad de antologías y ha servido para ilustrar la constante presencia que el pasado —aun el pasado más remoto-— tiene en la vida de los mexicanos. Quizás a partir de ese cuento se pueden comprender algunas características esenciales del estilo narrativo de Fuentes: la obsesión por la fuerza del destino, el papel que juega la identidad nacional en la vida cotidiana, y la puerta que cifran nuestros mitos para acceder a la realidad. Como los grandes maestros del siglo XIX, Carlos Fuentes ha recorrido una y otra vez la historia, las creencias, el futuro, los placeres, los complejos del pueblo mexicano, para hacer de la suya una literatura que desborde los trasnochados conceptos nacionalistas
y enraíce en el universo de lo profundamente humano.

Cuando en 1958 apareció su primera novela, {La región más transparente}, el personaje de Ixca Cienfuegos consolidó el estilo
narrativo de Fuentes, pues Ixca desplaza su conciencia desde un trasfondo mágico a la reflexión revolucionaria del presente de su país, y siendo tan mexicano es posiblemente el personaje más entrañable para los lectores no mexicanos de Carlos Fuentes. {La región.}.., por otro lado, abrió el camino de su éxito internacional: inmediatamente fue aclamada como
una de las grandes novelas del medio siglo, y mostró la compleja realidad de la ciudad de México. Tengo que confesar que leí {La región}… años después de {Zona Sagrada}, y que desde el principio me atrajo una circunstancia: tenía
la sensación de encontrarme frente a un mural de Diego de Rivera. Era como si Fuentes me presentara la historia mexicana
de los años posrevolucionarios con un estilo de muralista, y que, finalmente, convivían
en mi mirada los años de Zapata con los de Calles, los ideales cardenistas con el pragmatismo alemanista, o que los poetas de la generación de los Contemporáneos se veían al fin las caras con los escritores del fin de siglo. Un mural de Rivera —el que está en Palacio Nacional, por ejemplo— provoca la sensación de que la historia entera de México convive en el presente, o que todo nuestro presente vive en el pasado. Es, dijéramos, una experiencia de tipo cubista, donde al ver el rostro de un personaje de Picasso estamos presenciando varios instantes de su vida: una mujer que llora nos entrega al mismo tiempo sus instantes de alegría; y un músico que se aferra a su guitarra encuentra su futuro en el instrumento, al tiempo que es un ser que se aburre con la música que éste produce. Si el cubismo nos entrega la simultaneidad del tiempo (ojo, no de los tiempos,
sino del tiempo) los murales de Rivera desvelan esa suerte de experiencia en la que el hijo de una india es, a la vez, el primer mestizo de ojos azules, y el niño Diego autorretratado como hijo de Frida Kahlo. {La región}… me dio esa instantánea en que era posible convertir a Ixca en un niño Diego, quien es a la vez hijo de Teódula, la vieja bruja, y su esposo, cuyos huesos guarda en una urna enterrada en el piso de su jacal.

Me volvería a encontrar con esta sensación de simultaneidad
leyendo {Los años con Laura Díaz}. Me dirán que me equivoco,
pues si algo define a esta novela es su estructura lineal, el paso lento, lentísimo de los acontecimientos, que los hace perfectamente diferenciables uno del otro. Se podría decir que {Los años}… es en realidad la primera novela realmente histórica
de Fuentes. Nos encontramos muy lejos del mundo de {Terra Nostra}, o de la visión de {Artemio Cruz}, donde, a partir del cambio de narradores y de un juego temporal, uno tiene la sensación de que todo sucede en el presente, o, como dije sirviendo
del ejemplo de un cuadro cubista, que uno es capaz de observar el anverso y el reverso de un objeto o una persona. En el recorrido que Carlos Fuentes hace de la vida de Laura Díaz todo está ordenado, se diría, que obsesivamente, y sin embargo
no pude evitar que su lectura me produjera la sensación de simultaneidad que observo en los murales de Rivera. Hasta el día de hoy tengo la impresión de que {Los años}… desmonta el estilo de Fuentes, y que ordenados como un mecanismo de reloj, los hechos de la novela son los grandes momentos de la historia del siglo XX mexicano. La vida de Laura Díaz, su historia, es la Historia de México, y ante nuestros ojos va desfilando el siglo como si viéramos un proceso de acumulación. Por ello, tal vez, el capitulo central de la novela cuenta la forma en que Rivera pintó uno de sus murales; por ello, también, la novela se inicia con la descripción de ese mural, y termina, de la misma manera, con el mural frente a nuestros ojos.

Vuelvo a la idea del desmontaje, si {La región}… nos da este gran fresco de la vida
mexicana reduciendo el tiempo real a unos cuantos días pero narrando el primer medio siglo de nuestra historia, {Los años con Laura Díaz} parten de un mural para irnos dando, paso a paso, cada uno de los muchos instantes concentrados en ese mural. Si volviese a utilizar la imagen del cubismo diría que {Los años}… nos ofrecen primero el cuadro total, y después cada uno de los estudios que comprenden ese gran fresco. Es como si pudiésemos ver el Guernica y todos los estudios previos que de él hizo Picasso.

Vuelvo al principio: con este breve texto no trato de desentrañar
la escritura de Carlos Fuentes, sino —en este año de su aniversario número 80— descifrar un puñado de imágenes que me han dejado sus novelas. Leyendo {Los años con Laura Díaz} he recordado la primera vez que mi padre me llevó a desayunar al Sanborns de los azulejos y me dijo que después me enseñaría una pintura maravillosa. Cuando salimos a la calle me tomó de la mano, nos dirigimos lentamente a avenida Juárez, y me condujo a la recepción del desaparecido Hotel del Prado: ahí estaba el mural con que Diego retrató la vida en la Alameda Central. Me pareció que, escondida entre la multitud
de figuras, se encontraba mi familia, y que de ahí surgían los colores con que empezaba a aprehender mi ciudad. Laura Díaz me recordó aquella lejana mañana de mi infancia, reviví mis emociones, y me hice eco del siglo que se desliza entre las páginas donde se narra su vida entrañable. {{n}}