Hay varias imágenes de Carlos Fuentes, cientos de ellas, y la primera es ese hombre con su camisa blanca. Está en el Palace de Madrid, puntual; ha hecho gimnasia, ha nadado, o ha corrido, está esperando, sonríe, se levanta y da la mano como si abrazara un tronco, con fuerza, está hecho un brazo de mar. Luego se sienta y responde;
estamos en una entrevista. Entrecierra los ojos, escucha, está pensando; de vez en cuando
levanta la mano, subraya, y lo hace con ese dedo curvo de tanta escritura. Lo levanta en el aire, lo deja ahí, y es como si dejara el testimonio manual de su esfuerzo.

Después le veo en la casa, en Londres; sube a buscar algunos libros, pone música, está vestido
de azul y de blanco, de nuevo
tiene esa camisa perfecta, recién planchada, le observo ir y venir, de vez en cuando Carlos
Fuentes da saltitos, como si quisiera llegar antes, o recordar caminando. Sobre la mesa hay una manzana, la toca y no se la come, está enfrascado en un cuaderno que señala con su dedo curvo, ahí escribe un libro, lo tiene mediado, está a punto de terminar una frase, que ha interrumpido para recibirme. Luego ese libro será gozoso, para él, para nosotros,
los que le leemos desde {Cambio de piel}, y es {La silla del Águila}. Está aquí, en Londres, y está también en Veracruz. Se lo digo, y él me dice:

—Escribir es desplazarse. Corriendo.

Su escritura es la agilidad, como una gimnasia en la que responden todos los músculos, y en su caso la mano (el dedo curvo) es tan sólo el pararrayos, el lugar en el que se concentra la energía. Es su símbolo, le digo.

—¿El qué, el dedo?

Se ríe. Está feliz de que una parte de su cuerpo sea, aun más que los propios volúmenes en una estantería, la metáfora
material de su trabajo. Incansable, ahí está, mostrando
el dedo curvo que (él lo dice) quedó así después de escribir y escribir y escribir a mano {Cristóbal Nonato}. ¿O fue otra novela la que le puso el dedo así? El dedo no lo dice: lo único que dice el dedo es que él no cesa, y ahí lo dejo, en Londres, alzando el dedo como el apéndice más productivo (se lo digo, él ríe, lanza una carcajada, abre la puerta, nos estamos yendo) de su cuerpo.

—¡Aparte de mi cerebro, ja ja!

Y finalmente le veo en Asturias, recibiendo en 1993 el premio Príncipe de Asturias
de las Letras. Aquí, en el vestíbulo del hotel, lo espera una chica solícita, que hace guardia hasta que el maestro termine otros compromisos. Antes hemos estado (yo soy su editor, su edecán feliz, lo acompaño) en la calle, ante una librería, firmando libros. Le ofrecen mesa, silla, bolígrafos
de todos los colores, pero él renuncia. Él es un hombre de pie. Lleva la corbata en el bolsillo, la camisa blanca desabrochada,
y con el bolígrafo en ristre, de pie derecho, Carlos
Fuentes firma ejemplares de {Diana o la cazadora solitaria}, un libro en el que rasga su autobiografía como si se quitara un antifaz y mostrara desnuda la mirada de lo que recuerda.

Hasta que deja el esfuerzo de firmar, su dedo curvo cumpliendo hasta la extenuación el requerimiento de los que pasan por allí, y entonces él regresa al hotel; la muchacha
lo mira con su magnetófono en el regazo, y entonces él repara (“Ah, pero si llevas ahí tanto tiempo”) y se queda junto a ella, “ya vamos a hacer la entrevista”.

Hace unos años le envié (de nuevo) el recorte que produjo
esa conversación entre el maestro y la aprendiz de periodista, que luego fue una periodista de cuerpo entero y que ahora está casada con el príncipe de Asturias. Se llama Letizia Ortiz, es periodista y será reina de España.

Su primera entrevista, parece, fue a Carlos Fuentes, el incansable escritor que firma de pie con su dedo curvo. {{n}}