Traducir a Carlos Fuentes es acceder
a un universo multiforme, multidimensional, en ocasiones multilingüístico.
Es viajar por el tiempo y el espacio. Viajar a través de las culturas.
Hay que saber cómo seguirlo (intelectual y estilísticamente) a través
de civilizaciones desaparecidas, a través del más puro clasicismo, lo mismo que por las invenciones lingüísticas
más desbocadas. Hay que identificar las innumerables alusiones
a personajes históricos o figuras literarias, acontecimientos políticos, mitos, fantasmas.

Traducir se vuelve entonces no sólo el dejarse llevar a lo largo de todos
esos viajes, sino encontrar cómo transcribir el trayecto de una escritura
pensada, sentida, amada, inventada
en una lengua (la castellana) a otra (la francesa) cuyo sistema gramatical,
modo de pensar, sensibilidad y sonoridad verbal no son los mismos. Cada vez, con cada obra, el milagro del “traslado” debe producirse.

En fin, diré que en el curso de este dilatado viaje a través de las lenguas algo precioso nos ha acompañado
sin falta: la amistad duradera,
constante, íntima, iluminando nuestros pasos. {{n}}

Traducción
de Alberto
Román