Carlos Fuentes fue primero esa abstracción, un autor de novelas, al que yo, catedrática en la Sorbona, recortaba cruelmente en sub-abstracciones —narrador, sintaxis narrativa, tiempos de la narración,
etcétera—, para dar de leer a los estudiantes {La región más transparente} o {La muerte de Artemio Cruz} de tal manera que pudieran, el día del examen, recomponer fragmentos de su estructura.

Unos veinte años más tarde conocí durante una cena en casa de amigos al señor Carlos Fuentes. Buen gourmet, gran conversador, tenía esa simpatía natural,
mirada atenta y sonriente que me hizo pensar, inmediatamente, en lo que decía Proust de la duquesa de Guermantes: que se mostraba siempre amable y acogedora con los “plebeyos”, intentando minimizar la imborrable diferencia de clase. Entre Fuentes y los invitados sentados en la mesa, por lo menos así lo sentía yo, había la imborrable diferencia que separa al héroe de todos los demás.

Y llegó el día, día de hoy, en que escritor y señor se confunden, se funden: estoy traduciendo un libro de Fuentes, porque Carlos me lo ha pedido. Y traducir
es introducirse en la intimidad de un ser —ni abstracción ni héroe—, en su intimidad mental; es descubrir sus modales secretos, sus aventuras silenciosas,
a pesar de las resistencias pasivas —son las peores, las más duras de vencer— que él nos opone. ¿No se ha dicho que “El estilo es el hombre”? A través de {Todas las familias felices,} Carlos Fuentes me da la oportunidad inesperada de conocer, hasta en sus manías, al hombre que es. {{n}}