Es cosa sabida: lo que hace grandes a las grandes novelas es la capacidad de producir efectos de verdad que escapan a todos
los otros sistemas de representación o de interpretación.

Tal es la tesis de Hermann Broch que Carlos Fuentes no ha dejado de retomar y amplificar.

Por mi parte, sin duda yo no habría comprendido gran cosa de México (de sus paradojas, de sus ambigüedades, de su violencia fundadora oculta y sin embargo siempre presente, de su memoria plural y enmarañada) si no hubiera leído, más que discursos históricos, filosóficos, políticos o sociológicos, novelas
como {La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cristóbal Nonato} o {La frontera de cristal.}

Hace diez años Carlos Fuentes me hizo el inapreciable
regalo, con el pretexto de una película sobre él que yo dirigía, de acompañarme en México a algunos
de los lugares magnéticos en que sitúa sus ficciones; así viajé en su compañía de la ciudad de México a Veracruz, pasando por Puebla, Cholula, Tonanzintla, Jalapa. Es a través de su palabra y de su mirada, por decirlo así, que pude penetrar, mucho más que en el espacio mexicano, en su estratificación temporal, su genealogía conflictual, su entrelazamiento de violencia y esplendor.

Durante casi una semana no nos separamos. Y en esta especie de intimidad forzosa, relacionada con las condiciones
del rodaje, a veces me pareció distinguir, más allá de la imagen oficial que el propio Fuentes puede dar de sí mismo (la de un escritor contenido, refinado, “diplomático”, lúcido, hipercultivado, cosmopolita, de una mecánica intelectual deslumbrante), la aparición fugitiva, casi inconsciente, de algo
mucho más enigmático, sombrío, salvaje, irracional. Me gustaba pensar entonces que se trataba de su imaginario indígena
que se hacía evidente de esta manera, en esos contados momentos de abandono.

Hay que ver en Carlos Fuentes a un militante de la novela. Como si para él la novela fuera también una causa que defender.
Un arte cuya visión es tan heterodoxa, en nuestro mundo sometido a la doble tiranía del espectáculo y el mercado, que merece que uno se bata por ella. De ahí la sorprendente red de solidaridades que Fuentes ha sabido tejer en su rededor, sus vínculos con la mayor parte de los verdaderos novelistas de la actualidad, en todos los países. Una especie de complicidad a distancia, ignorante de las fronteras, internacional clandestina de todos los que saben que la novela es mucho más que un género
literario entre otros: más bien una instancia de resistencia esencial frente a las visiones del mundo dominantes. Y me parece que Fuentes despliega ahí una cualidad poco extendida, por lo general, en los medios literarios convencionales: la de un ser excepcionalmente {fraternal.}

Por lo demás, es lo que han ratificado con frecuencia nuestros
amigos comunes, sobre todo Susan Sontag, Milan Kundera,
Juan Goytisolo…

Un día sostuvo en mi presencia la idea de que la condición indispensable para convertirse en novelista
(no suficiente, sino rigurosamente indispensable)
era haber gozado en la infancia de la presencia
de una verdadera abuela, capaz de contar un sinfín de historias y de despertar en uno el gusto por ellas. Esto me confortó, pues resulta que ése también fue mi caso.

Una tarde en Veracruz, al final del rodaje, tuvimos la fantasía, con objeto de comparar los méritos de Hemingway y de Faulkner, de probar sus bebidas preferidas, que para nosotros
constituían su principal fuente de inspiración: el {mojito} para el primero, y el {mint julep} para el segundo (que no es otra cosa que una especie de versión del mojito en la cual el ron es reemplazado por bourbon). Resultó más que arduo decidir nada en la primera ronda, así que pedimos otra. Pero la indecisión
se apoderó de nosotros. Y volvimos a pedir otra ronda, y otra más y varias más. Seguimos sin saber quién de los dos, Hemingway o Faulkner, resultó vencedor, pues de manera extraña
ninguno de los dos recuerda cómo acabó la noche.

En definitiva, hay muy pocos libros de los que se pueda decir que le transformaron la vida a uno. Que uno no es el mismo después de haberlos leído, no sólo porque han ampliado o transformado la inteligencia del mundo que uno tenía hasta entonces, sino porque le han revelado también los abismos que insospechadamente guardaba. Por lo que me concierne, yo diría que de esa clase de libros no hay más de siete u ocho. Y estoy seguro de que uno de ellos es {Terra Nostra}. {{n}}

Traducción de Alberto Román