Hacia julio de 1962, yo tenía diecisiete años y visitaba con Héctor Aguilar Camín la Casa del Lago del bosque de Chapultepec, único centro cultural que valía la pena en la ciudad de México. Por ese entonces, la prensa mexicana se ensañaba con las autoridades de la Casa del Lago, “el coto favorito
del poeta Jaime García Terrés y sus seguidores ‘rojillos’ —escribía el diario {Novedades}— para envenenar a la juventud con obras ‘disolventes’ y películas ‘malditas’ como {Viridiana}, {El perro andaluz} o la {Dolce vita}, que intoxican el espíritu y ofenden la moral cristiana”.

Asistimos a un ciclo de conferencias en la Casa del Lago, y escuché a Carlos Fuentes hablar de tres escritores latinoamericanos:
Julio Cortázar, argentino, autor de {Las armas secretas}; un joven peruano, Mario Vargas Llosa, autor de la novela {La ciudad y los perros}, y Alejo Carpentier, cubano, que había escrito
{Los pasos perdidos}. Entre todas las maravillosas historias de esa conferencia, el novelista abría las ventanas de México, dejaba que el mundo entrase por ellas.

Carlos Fuentes se empeñaba en destruir los hábitos de un nacionalismo ciego, analfabeta y rencoroso, un mundo de periodistas
desvergonzados, mercenarios de la pluma y políticos
venales menos perversos que ignorantes y menos cínicos que temerosos. Un lodazal de mezquindades. Carlos Fuentes iniciaba entonces una revuelta de la imaginación contra el pecado original de la cultura mexicana: su provincianismo más ingenuo que distante, más sumiso que torpe.

Ahora recuerdo la primera vez que vi a Carlos Fuentes, a los treinta y cuatro años de su edad, bajando las escaleras de la Casa del Lago, vestido con un suéter azul, pantalones de pana y un ejemplar de {La muerte de Artemio Cruz}, su última novela, en las manos, sonriendo entre un grupo de lectores que le pedían autógrafos, le preguntaban por sus artículos en la revista {Política}, por el destino de la revolución cubana, el asesinato del líder agrarista Rubén Jaramillo y por sus críticas
a los estalinistas del Partido Comunista Mexicano.

Yo había leído {La muerte de Artemio Cruz} de un tirón, me gustaba el ritmo arrebatado de su prosa, los riesgos de que estaba hecha su obra, los beneficios de su sensibilidad, de su temperamento, de su imaginación intelectual. La claridad de Fuentes era, para nosotros, los jóvenes de entonces, una forma crítica de la libertad. La historia nacional y la vida de sus personajes se transfiguraban en una metáfora de la desdicha mexicana.

Paralizado por la admiración, ese mediodía de abril de 1962, en la Casa del Lago del bosque de Chapultepec, no me atreví a conocer a Fuentes, sino que preferí verlo desde el jardín. Hoy, cuarenta y tantos después, por la generosidad
de su amistad, por cada uno de sus libros, por todo esto y más, quiero darle las gracias. Decía Balzac: “Volvamos a la realidad, hablemos de {Eugénie Grandet}”. Volvamos pues a la realidad: hablemos de la {Edad del tiempo}, la obra de Carlos Fuentes. {{n}}