Soy testigo directo de la pasión de Carlos Fuentes por Cervantes,
pues compartimos juntos con José Saramago y Arturo Pérez Reverte la filmación del programa la {Ruta del Quijote} en Sevilla. Esta pasión lo ha llevado nada menos que a emprender la reescritura del {Quijote,} ese libro que confiesa releer con unción cuasi-religiosa cada Pascua de Resurrección.
En {Cervantes o la crítica de la lectura} Fuentes postula que don Quijote aún lee como si su lectura obedeciera al código unitario y consagrado de Homero, de la épica y de la escolástica: por eso interpreta las novelas de caballerías de manera literal. Pero el hidalgo vive en una época en la que Erasmo ha roto ya con la lengua literaria unívoca que lo precedió, para postular la ambigüedad que respaldan a su vez Marsilio Ficino —quien se atreve con un novel “todo es posible”— y John Donne, quien propone que “todo está
en duda”. Otro tanto Bruno, Nicolás de Cusa y Petrarca, que deconstruye su propio neoplatonismo en el {Secretum}: el discurso del mundo antiguo se rompe en una nueva pluralidad
de perspectivas. {El Quijote} constituye para Fuentes un proyecto crítico contestatario frente al monolitismo de la España tridentina.

En un homenaje sin precedentes a Cervantes, nuestro novelista emprende una nueva crítica de la lectura, de la escritura y aun de la realidad en su ambiciosa {Terra Nostra}. Sabiéndose hijo de la relatividad de Einstein y Heisenberg, de Picasso y del cubismo, de Joyce y del cine moderno, rompe la voz unívoca de los que creen poseer una verdad única —desde el nazismo y el marxismo hasta el discurso bélico de Bush— para fraguar un mundo verbal que se refracta en una multiplicidad simultánea de perspectivas. Otro tanto don Quijote, a quien se le subvertían las coordenadas del tiempo —creía vivir en la Edad Media— y del espacio —veía gigantes en vez de castillos— y aun las de su propia identidad
—oscilaba entre ser Quijano, don Quijote, Valdovinos, los doce pares de Francia y los nueve de la fama—. En {Terra
Nostra} Fuentes reescribe con su verba incomparable un mundo en el que, como quería Ficino, “todo es posible”, y, como proponía don Quijote, “todo puede ser”. Coexisten las épocas y los espacios en la magia de la página escrita: Felipe II, el protagonista central, cohabita con la Celestina; el París moderno alterna con las profecías joaquinitas; Kafka y Góngora
se dan la mano; Jean Valjean se codea con Maximiliano y Carlota, mantean a don Quijote en vez de a Sancho, Jesús es Judas, la marca ominosa de una cruz roja en la espalda y de seis dedos en los pies canjea de dueño una y otra vez. La vejez y la juventud se alternan: Celestina es joven y vieja, Felipe II asciende, espejo en mano, una misteriosa escalera en cada uno de cuyos peldaños el espejo le devuelve su rostro cada vez más enfermo y agusanado. Son los mismos peldaños que ascienden a una pirámide mexicana, es el mismo espejo que un náufrago europeo ofrece a los aborígenes de América. La escritura es de todos: Miguel de Cervantes lanza al mar de Lepanto un manuscrito insertado en una botella verde, que es el mismo que lanza al mar Teodoro, timbrado con el sello de Tiberio en la antigua Roma. La identidad estalla en mil pedazos: “¿Quién soy?, ¿Quién eres?”, se pregunta un personaje
aturdido, que se germina con el lector, aludido en la segunda
persona del “tú”, que para colmo también se le otorga al narrador. Al cierre de la novela un personaje (¿el autor?) ama a Celestina con tal pasión que termina por transformarse
en ella y por devenir andrógino: los límites ontológicos se borran y se muerden la cola. Como otrora los narradores múltiples del Quijote —Cide Hamete, el morisco traductor, el{ tal de Saavedra}— los de {Terra Nostra} se suceden en nervioso
caleidoscopio: Guzmán (¿Ibn Quzman? ¿Guzmán de Alfarache?), Teodoro, Julián el cronista, incluso Bocanegra, un perro pensante al uso de Cipión y Berganza.

Es precisamente el lenguaje el que hace espejear estos mundos posibles donde Fuentes reescribe la realidad y la literatura.
El autor ha querido homenajear en su {opus magnus} tres libros cumbres de la literatura española: {La Celestina}, el {Quijote} y el del burlador don Juan. Al final de la obra, un personaje dialoga con el ensimismado Felipe II, que se cree dueño de un imperio a salvo de la duda y del tiempo: “Créeme,
Felipe, sólo allí, en los tres libros, encontré de verdad el destino de nuestra historia. ¿Encontrarás tú el tuyo, Felipe?”. Pienso que el rey sí ha encontrado su libro: es la {Terra Nostra},
con la que Fuentes dinamita el lenguaje totalitario del monarca, oponiéndole un mundo ambiguo donde todo se canjea y donde todo tiene en potencia una nueva oportunidad
de ser vivido. Fuentes logra su hazaña esgrimiendo precisamente
la {terra nostra} de la lengua española que comparte con su protagonista el rey Felipe, la misma que a partir de 1492 convirtió al Atlántico en íntimo {mare nostrum.} España y América terminan homologándose en uno merced a la magia de la palabra hermanada, ésa que sonaba a {trino de pájaros}
en una orilla y a {rumor de botas} en la otra. {Terra Nostra} cierra pues el círculo de antiguos enfrentamientos históricos y hace que el Viejo y el Nuevo mundos se miren en el espejo del lenguaje. Del lenguaje proteico y fecundo que es nuestra mejor herencia y que Carlos Fuentes, novel {Caballero de los Espejos}, desentierra y pule para todos. {{n}}