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Una noche de hace tiempo en casa de José María Pérez Gay, en la colonia Roma, la conversación espiral alrededor de la mesa de la cena se prolongaba
en busca del amanecer, y ahora Fuentes sostenía que los libros verdaderos de cabecera son aquellos de los que uno puede recitar la primera línea y entonces yo me acordé de que vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre,
un tal Pedro Páramo, y me atajó Héctor Aguilar Camín: porque acá vivía mi padre, y entonces Fuentes citó con el aplomo de sir Lawrence Olivier en las tablas del {Old Vic It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness}, y siguió adelante con todo el párrafo y luego con toda la página a ver quién se le atravesaba con Dickens, y dijo Gabo que mejor memoria había que tener para la letra de los boleros y con precisión de relojero suizo que no equivoca ni bielas ni contrapesos melódicos entonó T{ú, que llenas todo de alegría y juventud y ves fantasmas en la noche de tras luz, vete de mí,} y miró a todos desafiante en busca de alguien que adivinara el nombre del compositor, los compositores, dijo Fuentes, Homero y Virgilio Espósito, y Álvaro Mutis entonces, que siempre hablaba de guapos de tiempos idos, te acordás, Carlos, que cuando te presenté a Gabito que acababa de llegar desde Nueva York con Mercedes bien apaleados en un bus de la Greyhound me dijiste: me parece raro este tipo, y estalló Álvaro en una carcajada capaz de espantar el sueño de los vecinos de los otros pisos en la alta madrugada, y Chema, al que yo recordaba de pelo largo hasta los hombros en nuestros días de Berlín, citó otra vez a Heimito von Doderer, y entonces Álvaro, llamando cariñosamente Jaimito a Heimito, expresó con otra carcajada la opinión de que se necesitaba el aliento de un atleta de pentatlón para subir {Las escaleras de Strudlhof,} la novela más célebre de Jaimito, y preguntó Fuentes cómo Álvaro y yo nos habíamos conocido, y fue que Álvaro me visitó en Managua en los años de la revolución para cobrar al gobierno en nombre de la Paramount la deuda por unas películas pasadas por el Sistema Sandinista de Televisión y más bien terminamos hablando de la zarina Alejandra Fiódorovna, y propuso Fuentes ahora que cada quien dijera cuál era su poema preferido de Rubén Darío ya que se hablaba de Nicaragua, y Gabo que estaba con la barba en la mano meditabundo dijo que el poema más grande que se había escrito en lengua castellana era {Lo fatal}, y entonces yo recité {Y la carne que tienta con sus verdes racimos, y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos}, y Gabo me corrigió: {con sus frescos racimos}, y hubo una discusión de si eran frescos o verdes racimos, y fue Chema a la biblioteca por el libro correspondiente y Gabo tenía razón, frescos racimos, y Héctor me miró con desconsuelo, un nicaragüense no debería nunca equivocarse al citar a Rubén Darío, y yo dije entonces que en Nicaragua los bohemios en las cantinas creían que {El brindis del bohemio} que le gusta tanto a Carlos Monsiváis era obra de Rubén Darío, pero quien verdaderamente lo escribió es Guillermo
Aguirre Fierro, mexicano, dijo Fuentes, y yo dije que también pensaban esos bohemios empedernidos orgullosos de ser colegas de Rubén Darío que era suyo aquel otro poema sobre guapos que igual recitan los declamadores, {Conversaban unos criollos de guapos de tiempos idos, ayer hombres, hoy leyendas con temblor de aparecidos}, parece de Borges, dijo Gabo, pero es de Luis Escagria, dijo Fuentes, quién más en el mundo conoce a un poeta que se llama Luis Escagria, carajo, dijo Álvaro, y volvió a estallar su carcajada y ya clareaba el día. {{n}}