L{a región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura}, los tres primeros libros que leí o más bien devoré de Carlos Fuentes, a comienzos de los años sesenta, en Madrid,
me acompañan aún en mi biblioteca terca, ahora frente al Sena. Y desde entonces no he dejado de frecuentar su obra. Los libros del novelista mexicano y de otros grandes escritores
latinoamericanos del explosivo {boom} abrían una brecha en el paredón de aquella España cerrada a cal y cánticos
por la que de pronto entraba el aire libre y el libre
pensamiento extinguido o acallado por la dictadura. Hace poco encontré un viejo
número de {Le Magazine Littéraire}, de 1979, dedicado
a los “Escritores de América Latina”, en el que me refería en un artículo al exilio americano de tantos intelectuales españoles a consecuencia de la guerra civil y a la importancia formativa
que tuvo la literatura hispanoamericana para los escritores españoles nacidos después de la guerra civil. Y concluía: “Visto desde la Península, el {boom} fue en cierto modo un {boom(erang}), el regreso de la cultura expulsada”. Carlos Fuentes, que tiene una visión amplia y generosa de la cultura hispánica, no ha dejado nunca de reconocer y agradecer la valiosa contribución de la España Peregrina a la cultura mexicana, en la creación, en la edición, en la universidad, con su maestro de juventud el jurista Manuel Pedroso a la cabeza. Desde mis primeras lecturas
de Fuentes iba descubriendo fuentes españolas, cegadas u ocultadas en mi país, y en muchas de sus páginas aparecía la marca de agua o de fuego, verdadera marca hispánica, de los mejores heterodoxos españoles.

Si la libertad de imaginar, como en Buñuel, es una de las libertades fundamentales en la obra de Fuentes, encontraba además
en ella que la imaginación se aliaba con las palabras para darles alas, liberarlas a su vez, y convertir las represiones de todo tipo en expresiones o libertad de expresión. Una libertad que excluía cualquier casticismo y donde la promiscuidad del lenguaje, el alto y el bajo, el grosero y el fino, tenía su asiento nada académico. Esa liberación del lenguaje, a veces de raíz sexual y erótica, me interesaba entonces especialmente. Y en 1970, cuando
vivía en Londres, no dejé de resaltarla en mi diálogo con Octavio Paz, {Solo a dos voces}. Por esa época, en Londres o en París, en casas de amigos comunes, estuve a punto de coincidir más de una vez con Carlos Fuentes. Pero tuvo que pasar bastante tiempo hasta que, una tarde de mediados de los ochenta, Octavio Paz nos presentó, en el muy literario hotel Palace de Madrid, alojamiento de tantos escritores de paso, que suelo llamar Palas Ateneo.
Desde entonces nos hemos visto muchas veces, en Madrid, en Cuenca, en El Escorial, en Londres, en Bruselas, en Guadalajara, Jalisco, y sobre todo en París durante estos últimos quince
años y puedo afirmar, con sus mismas palabras sobre Buñuel, que considero uno de los privilegios de mi vida
las horas pasadas junto a Carlos Fuentes.

Al disponerme a escribir esta celebración recordé a Roy Lichtenstein presentándose con una tarta en la fiesta de aniversario de un amigo común, hace años en Nueva York.Aquella tarta, con sus correspondientes
velas, sólo se podía comer con los ojos porque estaba dibujada. Estas líneas no pueden emular las del gran pintor norteamericano pero con ellas me gustaría enviarte una carta de felicitación, querido y admirado Carlos, en la que no han de faltar las consabidas velas que encenderemos tus lectores con destellos de tus novelas, cuentos, ensayos…, en compañía de Ixca Cienfuegos, Aura, Artemio Cruz, Hugo y Víctor Heredia,
George, Cristóbal, Polo Febo, fray Julián, el padre Ríos, Constancia, Laura Díaz, Inez, el gringo viejo, Tomás Arroyo, Nicolás Valdivia, y tantos otros viejos conocidos de {La edad del tiempo} por los que no pasan los años. Y ni siquiera tú has de apagarlas porque ya sopló sobre ellas ese viento que algunos llaman Paracleto y sabe Dios qué otros nombres raros para no pronunciar la palabra prohibida: Inspiración. {{n}}