He llegado a creer que Carlos Fuentes no es sólo el autor de los libros que ha publicado sino de varias novelas por escribirse, cuya apasionada transcripción
prosigue. Quiero decir que la cronología de sus obras visibles no corresponde
a la temporalidad que ellas anticipan. Sospecho que Fuentes escribió de joven sus libros adultos para escribir de mayor sus libros juveniles.

Su obra, en efecto, es una vasta novelización de la temporalidad, de sus tiempos
y destiempos. Al reordenar sus libros bajo el rubro {La edad del tiempo} (Alfaguara),
nos propuso la ligera paradoja de una lectura que siendo histórica (temporal) es también cíclica (mítica).

La novela vendría a ser la figura de una espiral: pone al día el pasado y manifiesta el porvenir. Por ello, esta Edad del Tiempo comienza con {Aura} (con el joven historiador
que reescribe las memorias de un viejo militar) y llega a {El naranjo} (con Cristóbal Colón, que reescribe la fábula del descubrimiento). Las varias etapas del pasado acontecen como distintas formas del presente. Pero si la obra narrativa de Fuentes no se ordena por la cronología de su escritura, ni tampoco por la de su publicación, es porque organiza otra temporalidad, entre anticipaciones
de una comedia apocalíptica y anacronismos de una historia ucronista. En esa dinámica de canjes y permutaciones,
el tiempo de la fábula circula forjando su propio registro, entre escenarios proteicos de traza barroca.

Al editar las {Obras reunidas de Fuentes} (Fondo de Cultura
Económica) me he propuesto ensayar otro orden, libre de la cronología, para postular que sus narraciones ocurren en el presente de la lectura. Porque es la lectura la fuerza desencadenante que establece un campo asociativo, un espacio reverberante y gozoso.

Pero si leer es retener la temporalidad (edad cíclica), es también recorrerla críticamente
(ciclo histórica). Releídas, estas obras nos revelan sus anticipaciones, que alargan la orilla del presente. Así, {La región más transparente} es la partida de nacimiento de la ciudad de México contemporáneo; {Cristóbal Nonato}, la visión postapocalíptica de la ciudad rendida a las hordas. Si García Márquez necesitó de cien años para escribir, como si fuese leída en unas horas, su novela milagrosa; si Joyce necesitó de un día para probar la banalidad del bueno de Leopold Bloom (aunque Umberto Eco dice que {Finnegans Wake} requiere un “lector ideal afectado
por un ideal insomnio”); Fuentes ha necesitado las últimas horas de Artemio Cruz para escribir el obituario del poder milenario, leído por todas las personas narrativas en los tres tiempos de la lectura. Leer esta novela es una ceremonia política: desmontamos con ella la fatalidad del mal gobierno.

Releemos, por eso, los libros de Carlos Fuentes como si estuviésemos leyendo el pasado en clave futura, y a nosotros mismos en un libro siempre por venir. Fuentes le ha dado actualidad a nuestra historia, al recuperar sus voces como si fuesen de mañana.

Todavía sigue escribiendo su primer libro. {{n}}