Con Carlos Fuentes siempre es día de gala. {Première}. Uno va a encontrarlo
con el ánimo de pasarla bien y de tributarle junto a quienes lo rodean una {standing ovation}. Tiene la capacidad de manejar sus conocimientos
no en la punta de los dedos, sino más bien en la oreja, pues mientras descarga su brillante locuacidad suele hacer el gesto de rascarse el lóbulo con la mano opuesta cruzando el brazo sobre el corazón. Es un intelectual que sabe mucho, que ha pensado todo, y cuando formula sus ideas o argumentos lo hace con la precisión de un dramaturgo. Es un astro para conectar imágenes y produciendo entre ellas fricción saltan matices que muestran la vida enriquecida. Más intensa, más excitante. Su inteligencia es rápida y descargada de cualquier asomo de pedantería. No es que sea sencillo, sino que él hace de la complejidad tal fiesta que sus escuchas o interlocutores lo siguen como llevados por el ritmo de un gracioso bailarín.

Lo he visto desplegar su talento en muchos países y en diversos idiomas. Me ha hecho sentir, oyéndolo en Estados Unidos o Francia, el orgullo de convivir con un hombre que ha contribuido sustancialmente a insertar el imaginario de América Latina en el mundo. Ha sido uno de los artífices de esa jugada maestra que puso en órbita la inteligencia y creatividad de nuestro continente dándonos a los escritores de generaciones más jóvenes un pasaporte para movernos con confianza en un mundo que no sólo recibíamos
de otros continentes sino que podíamos amañarlo y reinventarlo con nuestra fantasía y espontaneidad. Por decirlo deportivamente en este año de Olimpiadas, nos enseñó a pararnos sobre el ring.

Su conocimiento y disfrute de la literatura, la política local e internacional,
la pintura, el cine, la música culta y la popular, y la admirable energía de su vocación que lo lleva a escribir con ímpetu y belleza aun en tiempos muy arduos, hacen de Fuentes una de las personalidades más atractivas que he conocido.

Sólo me puedo permitir una pequeña crítica a este volcán polígloto que es Fuentes. Ésta nace de nuestro común entusiasmo por la literatura ucravina y en especial por la figura epónima de su máximo poeta Vladimir Dunka. Yo aprendí el ucravino con cierta facilidad por cierta base etimólogica
que me daba el origen dálmata de mi familia. Fuentes, en cambio, viajó varias veces a Kar y tomó en dos ocasiones cursos intensivos de ucravino en la universidad jesuita de esa ciudad. Lo suficiente para traducir un poema de Dunka al español (“Yasporoya”) que publicó hace algunos años justamente en {{nexos}}. Pero nunca pudo dominar la endiablada declinación de los verbos ucravinos de modo que suele confundir —cada vez que con placer hablamos en este idioma— el dativo con el acusativo.

Talvez con este ejemplo, ilustre colega, se te grabe la diferencia.

“Te deseo un feliz cumpleaños” se dice: {“Modje zè prodje”} y no como tú me dijiste en Colorado Springs cuando yo celebré mis 58 en un arriesgado bar contigo y el profesor Bizzarro: “{Modeje zè proska”}.

{¡Modje zè prodje}, Carlos Fuentes! {{n}}