Hoy no escribiré sobre el deslumbrante talento de Carlos como tantas otras veces, mencionaré tan sólo su generosidad.
Algo no muy común en nuestros intelectuales y tan desbordante en él. Fuentes, sí, haciendo honor a su nombre a todo caudal. Lo conocí junto con Silvia en el París del 73 en casa de Fernando Botero. Quedamos en volver a vernos, cuando llamé me conminó a tomar un taxi, rápido, rápido, porque Ionesco estaba con ellos. Silvia acababa de entrevistarlo
para su programa de televisión y me lo quería presentar. Me intención era encontrarme y conversar con los Fuentes, Carlos me ofrecía un {bonus}, porque sí, porque es su manera de ser en la vida y en la literatura. Desde lo más profundo de su naturaleza, como bien pude vivir en carne propia unos diez años más tarde cuando nos invitaron a ambos a leer en la {92nd Street} Y de Nueva York. Yo leería primero, especie de telonera, Carlos como corresponde cerraría el acto con todas las luces. Pero él no lo quiso así, y rompiendo con la tradición sugirió que juntos escribiéramos un diálogo. Lo sentí como un verdadero honor, intimidante al máximo. Nos habíamos visto pocas veces, sólo compartíamos editor: el recordado Roger Straus. En la última semana organizamos el texto y ahí estaba yo, en bambalinas, espiando una sala repleta —900 butacas, entradas a buen pecio— y queriendo que la tierra me tragara. Pero llegó el momento de salir a escena y de hacer
la presentación tal como había propuesto el gran Fuentes: Ladies, dijo él, and Gentlemen, agregué yo, para luego decir al unísono Welcome to the North-South Dialogue. Y se dio la magia, y así largó lo que fue para mí la más maravillosa experiencia escénica, porque la energía que manaba de ese hombre me iba llegando como un espaldarazo y me izó a su altura, la de alguien que ama al público y está dispuesto a brindarle siempre lo mejor de sí.

He ahí uno de los tantos secretos de Carlos Fuentes, el más multifacético de los escritores actuales, alguien que a mi opinión
pudo hacer una perfecta carrera presidencial pero optó por mantener ese lugar transformativo y arriesgado del verdadero
creador, que siempre pone en juego su propio cuerpo. Y que con toda felicidad y dedicación se entrega en cada página de su vasta obra, en sus llamados
al diálogo político, en sus presentaciones públicas y hasta en sus encuentros más simples
y amistosos. Siempre allí, siempre presente
con todo lo que tiene para dar. Y por eso cierro mis requeridas 500 palabras con una sola: gracias. {{n}}