Retrato de un desconocido, imagen del otro, revés del tapiz: conozco a muchos escritores generosos pero a ninguno como Carlos Fuentes. No concibo a nadie que en 1958 y en su primera condición de joven novelista triunfante se dé tiempo para ir al café Sorrento y revisar los balbuceos narrativos de ese otro más que era yo. Es el mismo Fuentes que por esos tiempos celebra Pedro Páramo y nos insta a leer a Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán y Salvador Novo en vez de cancelar toda la literatura mexicana anterior a su aparición fulgurante.

Poco después me salva en circunstancias apremiantes y le pide a Fernando Benítez que me haga primero secretario de redacción de México en la Cultura y, cuando nos expulsan de Novedades y José Pagés Llergo nos recibe en Siempre!, jefe de redacción de La Cultura en México durante diez años. Fue pura generosidad: no podía esperar nada de mí y tampoco hubiera podido darle nada a cambio.

En 1965 y en la Casa del Lago lee la conferencia fundadora, más tarde ampliada en La nueva novela hispanoamericana, en que por vez primera se plantea que los jóvenes novelistas de entonces no son autores de libros aislados sino forman un movimiento.

Para Fuentes no existe la envidia, enfermedad profesional de los practicantes de la literatura, mal que a veces no remedian ni los mayores éxitos ni las grandes victorias. A él le gustaría que todos escribieran bien y tuviesen notas, entrevistas, ventas y traducciones.

Es 1967 y en su casa de Hampstead en Londres veo formarse un movimiento que trasciende las fronteras nacionales y me recuerda a los poetas modernistas agrupados en torno de Rubén Darío en el París del 900. Esto será para la prosa en lengua española lo que el modernismo fue para la novela, me digo y lo escribo en una crónica enviada al Suplemento como lo llamábamos sin más. Un domingo comemos con Mario Vargas Llosa, se hacen grandes elogios de Cien años de soledad y a Fuentes se le ocurre un libro colectivo en que cada uno de esos novelistas hará un relato sobre un dictador de su país.

No me da tiempo aquí para hablar de la experiencia del 68 en Essex, el Berkeley de Inglaterra, y sobre todo en su otra casa de la isla Saint Louis, alquilada a James Jones, el novelista de From Here to Eternity, y del regreso a un México por completo distinto al que habíamos dejado años atrás.

Et in Arcadia ego: yo también, aunque en un rincón opaco y secundario, estuve en Arcadia, pero ese imperio de la juventud y el talento, la amistad y el esfuerzo compartido es, cuándo no, asaltado por el dragón de la política.

De pronto me veo enfrentado sin querer a mis grandes amigos y protectores. Ellos creen en Echeverría, yo no (ver el número 13 de Plural, octubre de 1972). Pero, buena lección para estos tiempos, aceptan la absoluta discrepancia y la amistad y el afecto continúan.

El que hayan salido triunfantes en aquel tsunami de los primeros setenta me parece una prueba irrefutable: Carlos Fuentes es un amigo sin par y un modelo único e inalcanzable de generosidad. n