Carlos Fuentes está siempre en Chile mediante sus libros, que son leídos y releídos con entusiasmo y admiración.

Mi preferido es {La muerte de Artemio Cruz}, pero esta afición no ha impedido que me interese en los demás, los de antes y los que lo siguen. Al contrario que obstaculizar
las ganas, ese poderoso libro alimenta expectativas de lectura e ilusiones. Tal vez otro como ése, un segundo favorito, aunque suene ilógico. Podría ser. Pero además de su extensa obra Carlos Fuentes pone en práctica otras formas de presencia entre nosotros. Viene acá y, para suerte nuestra, suele quedarse unos días, tal vez una semana, durante la cual nos envuelve en un torbellino de actividades insólitas debido a que nuestro amigo es un especialista en variedad e intensidad. Por fin, además de venir a Chile, Carlos Fuentes pasa por aquí, y esto ya es más difícil de describir, sobre todo debido a la velocidad. Si cuando viene los días de su estadía alcanzan a adquirir una fisonomía recordable, cuando pasa habría que inscribirlos rápidamente en un diario de vida con todos sus detalles para que no quedaran reducidos a la alegría pasajera de verlo y de escucharlo de nuevo.

Una vez aquí, Carlos Fuentes encuentra abiertas todas las puertas y transitables todas las veredas. ¿Quién no entrará en la competencia por encontrarse con él? Esta pregunta retórica ni admite respuesta ni tampoco la necesita. Durante tales pasadas y a medida que transcurre el día, Carlos Fuentes va recogiendo a los amigos alertados de su presencia que se le unen y que ya no se separarán de él. Hemos almorzado en el Palacio de La Moneda una única vez en la vida, gracias a una de estas apariciones breves del escritor en Chile, invitados en nuestra calidad de amigos de Carlos Fuentes por el presidente Lagos y su esposa.

Después que él parte, recuperamos nuestra condición mermada de meros ciudadanos chilenos que almuerzan prosaicamente en sus casas.

Pero no olvido la mejor manera de llegar a Chile de Carlos Fuentes, que es su visita en compañía de Silvia Lemus. Algo les faltaba a sus tres formas de presencia en este país, que no eran ni libros ni lectores, ni eran banquetes y homenajes.

Era Silvia, que con su elegancia, su habla pausada y musical, le imprime un ritmo más apacible a sus estadías aquí, no importa su extensión. Los celebramos a ambos como amigos incomparables y nos gustaría retenerlos mágicamente en Chile sin que por ello faltaran en México. {{n}}