Tantas veces he contado cómo conocí a Carlos Fuentes en un balcón de Buenos Aires, a fines de la primavera austral de 1962, que ya la anécdota se ha convertido en una leyenda con la que el tiempo hace lo que quiere. A veces la descubro transfigurada en alguno de los blogs que circulan por los arrabales de los suplementos literarios argentinos y me pregunto si de verdad estuve en ese balcón, y si todos los que coincidimos allí éramos tan jóvenes y felices como se empeña en creer nuestra memoria.

Cuando Fuentes volvió sobre los pasos de esa historia en una bella columna que publicó {El País} de Madrid hace ya seis años, me propuse recuperar algunas de las huellas verdaderas que el balcón había dejado en mi vida, a sabiendas de que lo mejor era dejarlas como estaban: imperfectas, melancólicas, empañadas por el aura de una Buenos Aires que ya no existe.

La casa del balcón —en verdad, el séptimo piso de un lujoso edificio de apartamentos en la zona de la Recoleta— estuvo para mí siempre en la calle Arenales. Ahora sé que era en la avenida Quintana, a pocos pasos del hotel Alvear —refugio favorito de Fuentes en sus viajes a la Argentina—, y que los invitados éramos unos quince o veinte: escritores, músicos, actores de cine. Yo carecía de méritos para estar entre ellos: desde hacía un año ya no era crítico de cine del diario {La Nación}, sobrevivía colaborando con Augusto Roa Bastos en los diálogos de sus películas y escribía desde la medianoche hasta el amanecer una novela que nunca terminé. Supongo que fue Roa Bastos quien me llevó al balcón, aunque José Bianco me dijo, la última vez que lo vi, que fue él quien llamó esa mañana por teléfono a mi casa de Adrogué para que no olvidara la invitación.

No sé por qué la memoria insiste en que el balcón estaba deteriorado y podía precipitarse sobre la calle, abrumado por el peso de tanta inteligencia. He vuelto a pasar muchas veces por aquella casa y el balcón sigue allí todavía, con la salud entera, sin grietas y sin que los materiales revelen el menor cansancio.

Llegué al departamento de la avenida Quintana cuando caía la tarde. Aunque Carlos Fuentes era el centro de atención, advertí que la conversación fluía distraída, como si la dispersaran otros imanes que no estaban a la vista. Todos los invitados habíamos leído y admirado {La región más transparente} en la única edición que circulaba entonces en Buenos Aires —la de la Colección Popular del Fondo de Cultura Económica—, y aún puedo oír la voz de Enrique Pezzoni repitiendo algunas frases del monólogo inicial de Ixca Cienfuegos con artificial entonación mexicana: “Tus héroes no regresarán a ayudarte. Has venido a dar conmigo, sin saberlo, a esta meseta de joyas fúnebres. Aquí vivimos”.

La conversación de Fuentes era ingeniosa, deslumbrante, llena de fuego político, de pasión por la justicia y de una sabiduría intelectual asombrosa para sus años. En las reuniones de Buenos Aires era habitual entonces lanzar al aire citas de Sartre, de Breton, de Jean Genet, de las grandes películas que amábamos —Fellini, Billy Wilder, Ingmar Bergman—: Fuentes nos las devolvía todas, enriquecidas siempre con algún detalle que no conocíamos. Nos habló con entusiasmo de {Pedro Páramo} y nos deslumbró entretejiendo al azar versos de juventud de José Gorostiza, Salvador Novo y Jaime Torres Bodet hasta componer la música de un poema que era de ninguno de los tres pero que en modo alguno los desmerecía.

En el balcón coincidimos Roa Bastos, Enrique Pezzoni, José Bianco y el gran actor Francisco Petrone, al que Fuentes admiraba desde que lo vio en el film {Pampa bárbara}. Yo apenas abrí la boca. A pocos pasos, en el enorme living, Ernesto Sábato se afanaba explicándole a la dueña de casa las teorías del {nouveau roman} reflejadas en las novelas de Alain Robbe-Grillet. Ella daba la impresión de no entender una sola palabra, pero Sábato lograba mantenerla suspendida en el éxtasis de un lenguaje lleno de citas francesas y de referencias científicas.

Casi enseguida advertí que Petrone, hipnotizado por la belleza celestial de aquella mujer, trazaba en el aire la silueta de su nuca perfecta, del lánguido pelo esponjoso que le caía hasta la cintura, suspiraba sin recato, y muy pronto todos, incluyendo a Fuentes, clavamos nuestros ojos en ella. Luego la vimos perderse en la penumbra de la tarde, guiada por un Sábato solícito. Eso fue todo.

Creí que el encantamiento se había disipado para siempre hasta que muchos años después, hacia 1998, la historia salió de su letargo y reapareció con las mismas melodías del pasado. Una mañana de otoño, cuando caminábamos con Fuentes por una calle cercana a Gramercy Park, en Manhattan, descubrimos al mismo tiempo, en el décimo piso de un edificio de los años veinte, varios balcones abombados, de mampostería, que parecían colgar peligrosamente sobre el abismo.

“Esos balcones —dijo Fuentes—, ¿no son exactamente iguales al balcón de Buenos Aires donde toda la literatura latinoamericana se enamoró al mismo tiempo de las espaldas de la mujer más hermosa del mundo?”. No eran iguales (los de la avenida Quintana son rectangulares), pero la invocación bastaba para que la escena de treinta y seis años antes volviera intacta a mi memoria. Recordé el lugar, recordé la luz dorada del atardecer, la tierna brisa de noviembre que acariciaba la ciudad.

Declinaba, como dije, la primavera de 1962. Fuentes acababa de llegar a Buenos Aires luego de asistir al Congreso de Intelectuales organizado por la Universidad de Concepción, en Chile, donde había deslumbrado a colegas cuyo lenguaje habitual —entonces como ahora— es el lenguaje del desdén. Serían las siete, tal vez las ocho de la tarde. El crepúsculo tardaba en volverse noche. Fue entonces cuando vimos pasar, bajo esa luz imprecisa, a la mujer con las espaldas más hermosas del mundo. Éramos (yo no lo sabía) huéspedes de su casa. La mujer había enviudado un año antes del investigador médico Carlos Galli Mainini, discípulo del fisiólogo Bernardo Houssay. Galli se había hecho famoso al crear un nuevo método para el diagnóstico precoz del embarazo, inyectando orina de mujer en batracios machos. Lo que ahora suena vetusto y anacrónico entonces era revolucionario. El investigador estuvo casado menos de dos años con aquella diosa inolvidable. Murió cuando acababa de cumplir cuarenta y siete. Las fotos que han quedado de él lo revelan guapo y feliz.

Fuentes recuerda las espaldas de la viuda con tanta nitidez como yo: el dibujo suave de las venas bajo la piel traslúcida, el coqueteo de los bucles dorados sobre las orejas. Tenía un pelo largo, fino y melodioso, que se plegaba y desplegaba al compás de sus movimientos, como el telón de un teatro prodigioso. Las espaldas, que el vestido dejaba al descubierto, son difíciles de describir: sensuales, cálidas, inolvidables como tal vez lo son las praderas donde pacen los ángeles.

Bianco reveló entonces su nombre: “Se llama Laura”, dijo (o Beatrice, o Francesca, cualquier apelativo mítico da lo mismo). Y a continuación enunció un apellido que no supimos retener. “Es famosa por su belleza”, nos dijo Bianco. “Más de una vez las revistas de modas de París han enviado corresponsales para tomarle fotos, pero ella siempre se ha negado”.

Todos sentimos unos deseos irreprimibles de verla y quizá la hubiéramos perseguido por aquellos salones espaciosos si la pintora Lea Lublin, que andaba por allí y la conocía desde la adolescencia, no nos hubiera dicho: “Se ha encerrado en su cuarto. Todas las tardes, a esta hora, tiene un ataque de pena. Nunca vuelve hasta que se le pasa la melancolía”.

Fue lo último que supimos de ella. Culpamos a Sábato por habérnosla arrebatado y durante algún tiempo no se lo perdonamos. Antes de escribir estas líneas, en julio de 2008, caminé las pocas cuadras que separan mi casa porteña del balcón. Alcé los ojos, volví a ver las luces de aquella tarde de primavera, y detrás de las celosías reconocí la espalda que regresaba de su largo exilio en el paraíso. Reconocí el pelo de lluvia de la viuda bellísima, las nubes tiernas de su nuca, el perfil huidizo que temí perdido para siempre. Y en silencio le di las gracias por los dones de una memoria que seguía dentro de mí, por los amigos de aquel día, por las novelas con que me enriquecieron la vida.

La historia de los hombres se escribe con esos fragmentos hechos de viento. Siempre hay un instante de la vida en el que volvemos a ser lo que fuimos o en el que somos, misterio-samente, lo que nunca pudimos ser. {{n}}