Este retrato magnífico que ha dibujado Carlos Fuentes de don Manuel Martínez de Pedroso se desprende del prólogo de {La aventura del hombre natural y civil}, del maestro:

Imaginada por Velázquez, pero realizada por El Greco, la figura concentraba, en el fuego alerta de los ojos, la pasión gualda y solar de Goya. Un perfil  de paisaje toledano; las pupilas mediterráneas. Y las manos, ¿no recordaban, en el reposo, las célebres del Marqués de Montemayor, y en la acción, las del bailarín flamenco? Encuentro de meseta y olivar, de torre y océano, de paño negro y vino rojo, don Manuel Pedroso —madrileño, andaluz, heleno, europeo y americano— era el estilo exacto de la gracia profunda. Unidad diversificada, intensidad de las facetas, alegría para lo alegre, inteligencia para lo inteligente, su sabiduría parecía gratuita, y era necesaria, sobrepasaba la ocasión sin dejarse percibir fuera de ella. Y jamás —¡Dios lo librara, y si no, Cervantes!— solemnidad.

Era nuestro amigo, el de todos los que pasamos por su cátedra. Las masas amorfas no existían para Pedroso: él tenía amigos.

Al muchacho atiborrado y listas fácticas, don Manuel le ponía {La República, Rojo y negro, El capital.} No admitía la simulación; exigía el trabajo,  el discurso y la crítica. Y abandonaba sus tareas personales por enseñar, ¡tantas veces!, la lección al alumno que era siempre el amigo y el objeto vital de toda su sabiduría.

En 1950 llegué para estudiar en la Facultad de Derecho a México. El primer año me disgustó, las materias eran incomprensibles, tanto que pensaba dejar la carrera. El segundo año descubrí un amplio espacio en la universidad, debido concretamente a un gran maestro, don Manuel Martínez de Pedroso, catedrático de Teoría del Estado.

Al final de la clase, unos cuatro o cinco estudiantes rodeábamos su sillón para conversar con don Manuel. Una vez llegó y con él venía un joven que no conocíamos. Se sentó cerca de él, y al terminar la clase se encaminó a nuestro grupo. Ese día casi sólo hablaron el maestro y “el desconocido” de viajes, de libros, de museos, de escritores que habían conocido en Europa y de mexicanos famosos que vivían allí. Me parece que el joven hablaba de sus estudios de derecho internacional en Ginebra y sé que su cultura era extraordinaria. Era, sí, Carlos Fuentes. Recuerdo que después lo acompañé a buscar libros viejos de las inmensas bodegas a la librería de Porrúa y salíamos con tesoros.

En un cena en casa de Fuentes, luego de alguna conferencia, un grupo tuvo la idea de una revista, {Medio Siglo}, donde vi por primera vez en letra de imprenta unas páginas
mías sobre literatura mexicana, quizás sobre los Contemporáneos, que deben ser horrendas. En 1975 en París, fui agregado cultural, en la embajada dirigida con excelencia
por Carlos Fuentes y su maravillosa esposa Silvia Lemus. Con frecuencia hablábamos con orgullo de don Manuel Martínez de Pedroso y su extraordinaria paideia. Fue uno de los encuentros con el humanismo que me resultan definitivos.

La memoria me devuelve a una sesión de todos los sábados, en una larga mesa al fondo del café Viena en la calle Amberes, abajo de un inmenso espejo rectangular. La preside don Manuel Pedroso, rodeado de una parvada de muchachos entre los veinte y los veinticuatro años. Un interés real por lo que escuchan y una intensa alegría de vivir. Embebidos, oyen a su maestro hablar de Góngora, de Balzac, de Hobbes y Dostoievski, de sus tiempos de maestro en Sevilla y Madrid, de episodios y personajes de la República española, de las teorías sobre el amor en Stendhal y Proust, de sus estudios de filosofía y derecho en Alemania, del auge del expresionismo, del Bauhaus, de Rilke y las {Elegías de Duino}, de la Italia de Burckhardt, de la de Goethe, de la de Bernard Berenson, los encantos de las mujeres eslavas, francesas, andaluzas, mexicanas. Invitaba a sus amigos españoles desterrados a conversar con nosotros; un día lleva a Américo Castro que está de paso en México, él comienza a hablar de Cervantes y de Tirso de Molina, y declara que está en total desacuerdo con las tesis que había expuesto sobre Tirso en su prólogo juvenil a las comedias incluidas en los Clásicos Castellanos de Espasa, que sus ideas sobre el Siglo de Oro habían cambiado radicalmente, y no sólo sobre el Siglo de Oro sobre la entera formación cultural de España. Fue el visitante más importante que tuvo nuestra tertulia y, ante el enojo de nuestro maestro, lo oíamos más bien con sorna y con desapego por la ridiculización a la que Borges lo somete en {Otras inquisiciones} (“Las alarmas del doctor Américo Castro”). En la tertulia de Pedroso el logos y sus rigores conviven en plena armonía con la trivia; Alicia Osorio, Lupina Mendoza, Ivonne Loyola, Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea, Luis Prieto y el que esto escribe oyen, absortos, al maestro, celebran sus agudezas, asienten, lo interrogan, se atreven a manifestar alguna objeción, incitados por el propio maestro los incita. Luego, se despiden, conscientes de que la vida es portentosa, entre otras cosas porque el sábado siguiente se volverán a reunir en ese café donde sin que ellos lo sepan se incuba su destino.

Los alumnos más comprometidos con la carrera, los más ordenados, los de óptimas calificaciones en todas las asignaturas, desorientados ante la ausencia de un programa
previamente establecido, y la resistencia del maestro a señalar un libro de texto, desertaron a las dos o tres semanas de iniciado el curso. Don Manuel Pedroso fue una de las personas más cultivadas que he conocido y, quizás por eso, nada había en él de libresco. Su sentido del orden se manifestaba de la manera más oblicua que pueda uno imaginar. Cuando en el salón no quedó sino un puñado de fieles, el maestro sevillano inició realmente su paideia. Pedroso solía hablarnos del dilema ético encarnado en {El gran inquisidor}, de Dostoievski; del antagonismo entre obediencia al poder y el libre albedrío en Sófocles; de las nociones de teoría política expresadas por los Enriques y los Ricardos de los dramas históricos de Shakespeare; de Balzac y su concepción dinámica de la historia; de los puntos de contacto entre los utopistas del Renacimiento con sus antagonistas —para Pedroso sólo aparentes—, los teóricos del pensamiento político, los primeros visionarios del Estado Moderno: Juan Bodino y Thomas Hobbes. A veces en clase discurría ampliamente sobre su juventud en Alemania, donde había realizado la primera traducción al español de {El capital}, editado en 1931 al nacimiento de la Segunda República de España y también la de {Despertar de primavera,} de Franz Wedekind, uno de los primeros dramas expresionistas que circuló en el ámbito hispánico; de sus actividades durante la guerra civil, cuando su título de Conde de Pedroso y Marqués de Garro no le impidió ponerse, desde el primer momento, al servicio de la República; de sus experiencias en el sobrecogedor Moscú de las grandes purgas, donde fue el último embajador de la República española. A menudo nos vapuleaba con cáustico sarcasmo, pero igual celebraba nuestras victorias. Pedroso nos incitaba a leer, a estudiar idiomas, pero también a vivir. Disfrutaba de los relatos que le hacíamos, inventándole algunos detalles y exagerando otros, de nuestros recorridos nocturnos por un circuito de antros de los que parecía un milagro salir ilesos. Los halagos del mundo convivían en Pedroso de manera perfecta con los rigores del conocimiento. El humor era uno de sus componentes fundamentales. Aun los episodios más dramáticos de la guerra civil podían transformarse en el momento de estar a punto de alcanzar su {pathos} más alto en un desfile de escenas de comicidad indescriptible. Al terminar el curso
uno sabía Teoría del Estado con mayor claridad que aquellos alumnos que desertaron para abrevar en fuentes más canónicas.

Evoco a don Manuel Pedroso y sus enseñanzas, y al hacerlo tengo presente la energía, la juventud, la voluntad de conocimiento de Carlos Fuentes, seguramente fue su mejor discípulo, el que aplicó de modo más conveniente sus enseñanzas en el ensayo y la narrativa. Uno es también la relación con sus maestros, uno pertenece a tradiciones que se inician y culminan en la lectura. {{n}}